Isabel Sarli en Carne con Juan Carlos Altavista

Isabel Sarli en Carne con Juan Carlos Altavista

Yo abracé a Isabel Sarli

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Relato en primera persona de quien resultó clave para masificar el éxito cinematográfico de la dupla Armando Bo-Isabel Sarli.

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Rodrigo Briones

Isabel Sarli. La sex symbol de la década del ’60 en cine argentino con proyección universal. Cuya voluptuosidad era mucho mas imaginada que realmente vista. De la que se hablaba en los corrillos de niñez y primera adolescencia en cuchicheos, y sólo el Juan y el Rolo habían podido ver, de escondidas entre las cortinas del cine de barrio.

La que cada tanto iba a su oficina de calle Lavalle, que siempre estaba clausurada por la policía por las denuncias que recibía la productora de cine de su esposo Armando Bo. En esa calle Lavalle de la ciudad de Buenos Aires estaban las distribuidoras de películas. Pequeños locales que eran una rémora pobre de los estudios de Hollywood.

En esas pocas manzanas de la ciudad era posible encontrar todo el cine italiano, francés y alemán, y también las películas de clase B del cine norteamericano. Extramuros de ese pequeño circuito estaban los representantes de los grandes de Hollywood: Metro, Universal, Disney.

Alex, magia, censura y denuncia

Los míticos estudios Alex, donde se procesaba todo el celuloide producido localmente, y que para principios de la década del ’70 era muy poco el trabajo que hacía, sólo dos o tres películas por año, sin contar con el cine publicitario que permitía un robusto día a día de subsistencia. La administración de Alex estaba también allí, a la vuelta de la esquina de la oficina de Isabel Sarli.

Hacia fines de los sesentas el hijo de un industrial pionero del hilado artificial quiso incursionar en la industria del cine y compró películas que nadie quería distribuir, ‘El salario del miedo’ entre ellas. Y de ese tenor muchas otras, junto a unas italianas que nunca pasaron la censura de los gobiernos de turno en la Argentina del militar Lanusse. Máximo exponente fue Miguel Paulino Tato poco tiempo después. El joven Forti Glori alquiló un local en calle Lavalle lindero con el de los Bo y allí estableció Glori Art.

El cine de Isabel y Armando Bo era provocativo, con desnudos osados para la época y con una trama de fuerte contenido social”

El cine de Isabel y Armando Bo era provocativo, con desnudos osados para la época y con una trama de fuerte contenido social. Una buena combinación, no original. Provocaba la ira de los censores oficiales y oficiosos. El matrimonio ponía todo su dinero en un filme, se estrenaba y al otro día había una faja de la policía impidiendo la entrada al local. Alguien había presentado una denuncia judicial.

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Community de los ’70s en Glori Art

En 1972 conseguí que me trasladaran de la administración de la fábrica a la distribuidora coqueta de calle Lavalle. Amante del cine, me sentía a mis anchas en mi doble función de cadete todo terreno y encargado de publicidad de la agencia Glori Art. Cuando fue necesario mostrar lo bien que se hablaba en la prensa de una película que habíamos comprado en España, Adiós Cigüeña, Adiós; la tarea quedó a mi cargo.

El matrimonio ponía todo su dinero en un filme, se estrenaba y al otro día había una faja de la policía impidiendo la entrada al local. Alguien había presentado una denuncia judicial”

En una época en que no había social media se hacía muy difícil compartir lo que otros hablaban de las películas. Sólo aquellos que leían diarios podían acceder a la crítica. Y aun así no siempre se acertaba con la que era favorable. De ahí que se me ocurrió hacer una copia de la crónica tamaño puerta del cine, y dejar que las puertas hablaran por si solas. El costo fue tremendo. Una fotocopia Xerox del diario que no distorsionara y que fuera de calidad. De ahí, hacer una ampliación usando la técnica usada para planos, con plancha de aluminio y revelado, y fijación con amoníaco hasta llegar al tamaño gigante. Costo alto, velocidad de producción de tortuga, ceños fruncidos en la gerencia de la agencia. El contador que autorizó el gasto me anticipó que bien podría ser lo último que hiciera en la agencia. A la semana, los números de entradas vendidas rozaban el de las distribuidoras norteamericanas. Éxito total. Gracias a ese efímero éxito logré abrazar a Isabel Sarli.

En una época en que no había social media se hacía muy difícil compartir lo que otros hablaban de las películas Se me ocurrió hacer una copia de la crónica tamaño puerta del cine, y dejar que las puertas hablaran por si solas”

Alicia, una compañera de trabajo, la que estaba en el sótano revisando los kilómetros de celuloide, cortando pedazos viejos, recomponiendo lo posible y dando de baja a viejas películas; ella siempre me hablaba de Isabel Sarli. Compartíamos un cigarrillo apoyados sobre la vidriera -siempre clausurada-, del local de al lado. Fumar en el sótano era suicida. Todos los rollos de películas guardados allí podían entrar en combustión en un santiamén. Ella trabajaba con esas cintas con un respeto religioso.

Nos llamaba a los gritos cuando descubría que un rollo que acababa de ser devuelto de un cine de provincia venía en trozos, desordenado. Masticando la bronca, rearmaba el filme que volvía a la caja de lata, y de ahí al estante, hasta que mi amigo el Oso llegaba a buscar el paquete completo que salía en el tren al norte del país por una semana.

Costo alto, velocidad de producción de tortuga, ceños fruncidos en la gerencia de la agencia. El contador que autorizó el gasto me anticipó que bien podría ser lo último que hiciera en la agencia. A la semana, los números de entradas vendidas rozaban el de las distribuidoras norteamericanas. Éxito total”

El Oso manejaba un viejo bus al que le habían quitado los asientos y allí, con un cuidado sublime, acomodaba los paquetes en bolsas de lona, alguna vez blanca, de rollos que distribuía entre la terminal de ómnibus, las de tren o los cines cercanos a la ciudad. Entre los cines, un aceitado circuito de motocicletas llevaba los rollos numerados de a uno por vez, quince minutos antes de empezar la función diferida entre los cines de barrio.

Una ingeniería a cargo de Nestor, el encargado de tráfico de la agencia que tenía su tablero frente a mi escritorio, y al que descubría cada tanto mirándome a través de sus anteojos de carey desmesuradamente inmensos por un rato largo, como tratando de encontrar en mí la solución al intríngulis de encajar funciones, películas, horarios, traslados, días y semanas.

Una mañana de verano Alicia subió atropellada la escalera del sótano gritando: “…¡¡vení conmigo, Rodrigo!!…”.
Desde mi escritorio le dije que no, que ahora no podía ir a por nuestro habitual cigarrillo, que tenía que terminar la planilla con los números de la semana, que Don Julio, el director de la agencia, vendría por la tarde sólo para mirar esos números. Se volvió desde la puerta del local, con el guardapolvo blanco volando al viento, dejando ver sus largas piernas que bajaban firmes desde su minifalda y se paró al costado de mi escritorio. Mirándome fijamente a los ojos me dijo: “…son pocas las veces que esto pasa. Es ahora o nunca…”.

Sus largas piernas bajaban firmes desde su minifalda y se paró al costado de mi escritorio. Mirándome fijamente a los ojos me dijo: “…son pocas las veces que esto pasa. Es ahora o nunca…”.

Alcancé a entender y en medio de mi turbación, vino a la memoria el día en que Alicia me dijo que ella me podía presentar a Isabel Sarli, que ellas eran muy amigas. Mi memoria se fundía con las imágenes de Isabel en blanco y negro, nadando desnuda, con sus senos perfectos, en el remanso de un río en la selva paraguaya, en ese mítico filme que con guion de Augusto Roa Bastos fue la meca del despertar sexual en la adolescencia de una generación de argentinos.

Salí a la vereda de la mano de Alicia y ella, dirigiéndose a Isabel, le dijo: “… mira, quiero presentarte al pibe del que te hablé, él es Rodrigo, el que invento lo de las crónicas en las vidrieras de los cines…”.

Extendí mi mano tembleque como esperando el choque, que anticipaba eléctrico. Ella hizo caso omiso y me abrazo con su voluptuosidad y quedé inmerso en su físico impecable de mujer de cuarenta, intacta en su belleza y sensualidad, con un aroma que perdura en mí.

Mira, quiero presentarte al pibe del que te hablé, él es Rodrigo, el que invento lo de las crónicas en las vidrieras de los cines…”. Su llama aún quema el recuerdo de los que soñamos con ella”

A los noventa años agonizando en un hospital de Buenos aires, acompañada de su hija y su yerno, se apagó para siempre Isabel Sarli. Su llama aún quema el recuerdo de los que soñamos con ella. Para mí, quedó por siempre el suave calor de su abrazo en la vereda de calle Lavalle.

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