Union Berlin, el humilde equipo de barrio que mandó a la B al club de la Mercedes-Benz

Hizo historia al clasificar para la Bundesliga derrotando al poderoso VfB Stuttgart, y será el representante de la vieja Alemania del Este en la élite del fútbol alemán.

Por Rodolfo Chisleanschi (rechis2@yahoo.es)

Diciembre de 2011. El FC Union Berlin, el hermano pobre de la capital alemana, la institución del Este que desafiaba al régimen comunista en tiempos de la DDR y gambetea como puede la brutal mercantilización de estos tiempos, atraviesa una severa crisis económica que amenaza su supervivencia.

La directiva convoca a un referéndum, como siempre que deben tomarse determinaciones trascendentes en un club donde la democracia participativa se ejerce de manera concreta. La decisión que se toma es vender el estadio.

Campaña para salvar el club de la quiebra

El Alte Försterei, situado en un bosque a orillas del río Spree, no es uno de esos monstruosos templos operísticos del fútbol europeo del siglo XXI, sino una cancha que recuerda al fútbol de antaño. Pequeño y cerrado, apenas unos 20.000 hinchas caben apiñados en sus gradas bajas y pegadas al campo de juego, pero aun así tiene prosapia y en 2008 fue noticia mundial: el equipo había subido a Segunda, y la Federación obligaba a repararlo y ampliarlo.

Por supuesto no había fondos para hacerlo, y 2.000 socios emplearon 140.000 horas de trabajo gratuito para cumplir con el pedido. Su venta, pensaban allá por 2011, es la manera de conseguir liquidez y tapar los agujeros que pueden obligar a bajar definitivamente la persiana.

Berlín se llena entonces de avisos publicitarios con rostros conocidos: Silvio Berlusconi, el histórico dueño del Milan; Joseph Blatter, por entonces presidente de la FIFA, y otros magnates del fútbol. El texto no deja lugar a dudas: “Estamos vendiendo nuestra alma… pero no a cualquiera“.

El anuncio tiene trampa: el Union, el club de los trabajadores del hierro del barrio de Köpenick, no busca un multimillonario, ni una empresa transnacional, ni a un jeque del Golfo Pérsico. Busca a sus propios hinchas, porque les venderá el estadio a ellos, dividido en trozos. Es decir, en 10.000 participaciones de €500 cada una, y nadie podrá comprar más de diez. Solo en la primera semana se venden 4.000; el resto, un tiempo más tarde.

Stuttgart, EL rival

Mayo de 2019. El FC Union Berlin llega a la última fecha de la Bundesliga 2, la segunda división alemana, en la tercera posición, a un punto del Paderborn. Los dos primeros suben directamente a la máxima categoría (el Colonia fue campeón); el tercero deberá jugar una promoción contra el antepenúltimo de Primera. El Paderborn pierde en Dresde, pero el equipo de la capital apenas empata en Bochum y por diferencia de goles se condena a jugar la promoción.

No le toca un rival cualquiera. Se trata del poderoso Stuttgart, el club de la Mercedes-Benz que en 2017 pasó de ser una institución social a una mercantil con una cotización superior a los 350 millones de euros. Solo el Grupo Daimler aporta €41,5 millones para armar un gran equipo.

En sus filas hay varias figuras de primer nivel: los veteranos locales Mario Gómez y Holger Badstuber, el francés Benjamin Pavard (el mismo que clavó una volea imponente en el ángulo de Armani el día en que Argentina se despidió de Rusia 2018), y también nuestros compatriotas Santiago Ascacíbar, Nicolás González y Emiliano Insúa.

La promoción se convierte casi en una lucha de clases. Juegan por un lugar en Primera, pero de fondo se escucha el rumor de otros enfrentamientos: los jugadores serán los representantes de dos ideologías, dos filosofías de vida, dos maneras bien diferentes de ver y entender el deporte. De alguna manera, la vieja rivalidad entre el Este y el Oeste de Alemania sale otra vez a la cancha.

Berlín de fiesta

27 de mayo de 2019. El fútbol vuelve a demostrar que es prácticamente el único juego en el que los milagros no son tan inusuales. El partido de ida, en el Mercedes-Benz Stadion, había terminado 2-2. Por dos veces se adelantaron los de la marca de autos de alta gama; por dos veces igualaron los que en tiempos de Erich Hönecker cantaban con ironía “El Muro va a caer” cuando su equipo se disponía a ejecutar un tiro libre cerca del área rival y los adversarios armaban la barrera.

Por los goles marcados como visitantes, a los berlineses les vale el 0-0 en la vuelta. Y es 0-0 el resultado final.

Por primera vez en su larga y humilde historia, el Union jugará la Bundesliga. Berlín es una fiesta teñida de rojo. Stuttgart llora el descenso: su buque insignia, la Mercedes-Benz, acaba de ser humillada por un club fundado por los trabajadores metalúrgicos y sostenido por obreros de clase baja y media baja.

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Los festejos por el triunfo iluminaron el campo de juego y ganaron la ciudad (Foto: Cuenta oficial en Twitter del Union Berlin)

Un club muy particular detrás del Muro

Como ya puede adivinarse, el Union es especial. Nació en 1966, sobre lo que hasta la guerra había sido el Olympia Ober Shöneweide, cuando la ciudad estaba partida en dos y en el sector oriental gobernaba el Partido Socialista Unificado y marcaba el paso la tenebrosa Stasi, la policía secreta del régimen.

Desde el principio, el club se situó en la vereda de enfrente. No necesariamente contraria al comunismo pero sí a muchas de sus prácticas y sus prohibiciones.

La ciudad sabía que ser hincha del Union implicaba ser crítico; también la Stasi, que en numerosas ocasiones detenía o interrogaba a quienes iban o venían del Alte Försterei los días de partido, y en otras les negaba puestos de trabajo a los simpatizantes más destacados.

Ser opositor tenía desde ya su precio deportivo. Hasta la caída del Muro el equipo vivió a la sombra del Dynamo, el representante del Ejército y de la Stasi, que ganó la Liga de la Alemania Democrática diez años seguidos y llegó a ser semifinalista de la vieja Recopa europea. La unificación del país trajo aires nuevos pero la esencia contestataria y rebelde ya estaba incorporada a la genética del Union.

El espíritu punkie se había hecho carne en los socios e hinchas, y Nina Hagen, ícono de la música reivindicativa alemana, se convirtió en la voz cantante. Hasta hoy, su versión del Eisern Union‘ (‘Unión de hierro’), el himno del club, suena en los parlantes del estadio cuando el equipo sale a la cancha.

Icono antisistema frente al capitalismo salvaje

En todos estos años, el club conoció más penurias que alegrías. Ser antisistema, luchar por mantener un carácter social y una identidad propia, manejarse con normas de participación democrática efectiva en un mundo donde rigen las leyes del capitalismo salvaje es muy romántico, pero difícilmente logra resultados concretos sobre el césped.

Llegar a la final de la Copa alemana de 2001 (la perdió contra el Schalke) había sido el máximo logro del Union. Hasta ayer, cuando incluso el moderno y tecnológico VAR se puso de su lado: gracias a su intervención y por un discutible off side de Nico González, el árbitro anuló un golazo de tiro libre del Stuttgart que pudo haber arruinado la historia.

Bienvenidos a la élite

En la temporada 2019-2020, el Union Berlin jugará por fin la Bundesliga. Seguramente, sus dirigentes y sus socios no tirarán la casa por la ventana para hacerlo, no renunciarán a sus principios, y en Nochebuena seguirán llenando el estadio para cantar villancicos durante 90 minutos, tal como si fuera un partido.

Los más grandes –el Bayern, el Dortmund, el Leverkusen, el Schalke– visitarán el Alte Försterei en el bosque de Köpenick y escucharán a Nina Hagen. También revivirá el viejo clásico frente al Hertha, el club del oeste de la capital. Nadie puede anticipar cómo le irá en su nueva aventura; sí está garantizado que en el sufrido Este de Berlín comienza un año de fiesta continua.

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