Storytelling: Jesús Cabral y la cara oculta de la Policía

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos El sociólogo Jesús Cabral destripa historias en primera persona de la violencia y complicidad policial con el hampa, en tiempo de debate por los presos.

¿Te gusta? Compartilo
Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Julio Jerusewich (jjerusewich@hotmail.com)

El COVID-19 ha desencadenado un efecto dominó que impacta en todos los ámbitos, incluso en las cárceles. En medio de la polémica por la liberación de presos para evitar contagios, Jesús Cabral le cuenta a El Café Diario lo que considera injusto dentro de las cárceles tras haberlo vivido en primera persona. Él representa uno de los casos de reinserción social, después de haber estado preso, una y otra vez, tras reincidir en diversos delitos.

Las medidas que tomaron algunos jueces respecto de la prisión domiciliaria otorgada a presos en especiales condiciones han levantado la tapa de una olla cuyo contenido, fogoneado por intereses distintos, ha sumido a la sociedad en un debate global. Por el contrario, abre fisuras en una grieta que parecía estar cerrándose en el amanecer de un (nuevo) país unido contra el avance de la pandemia.

Más allá de las indignaciones y los cacerolazos, una de las aristas de la problemática son las condiciones de hacinamiento y el trato -o mal trato- al que son sometidos muchos de los reclusos en todo el país. La actual coyuntura le quita el velo a esta situación, la deja expuesta.

Institutos de menores y cárceles

Hijo de madre soltera y con tres hermanos, Cabral nació y se crió en el barrio Los Tilos, en la localidad de Pilar. Creció en un contexto de carencias. Desde temprano la realidad le daba sopapos para entender la diferencia entre lo que se podía hacer y lo que no. Tuvo una infancia dura, y a los 8 años registró su primera causa penal por fuga de hogar.

tags

«Pasé mi adolescencia en institutos de menores de La Plata y Azul. Cuando tenía 18 años, en enero de 2002, volví a quedar detenido, pero esta vez en una cárcel, el penal de Olmos. Desde allí recorrí casi todas las cárceles de Buenos Aires«, relata Cabral, y explica que no tenía un móvil definido para efectuar los robos, sino que lo hacía en distintas modalidades.

Estuvo preso por 10 años y seis meses, tiempo repartido en tres condenas por robos. «De las instituciones de encierro siempre me llevé torturas físicas y psicológicas. Hambre y frío. Es por eso que me volvía cada vez más malo. Hasta que la educación me hizo libre», reflexiona.

Cambio de rumbo

Todos los cambios traen consigo un precio, y también su premio. El Jesús Cabral de hoy está a dos materias de transformarse en licenciado en sociología, con una diplomatura en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de San Martín en sus espaldas.  Su preparación fortaleció la vocación que había sembrado en las unidades carcelarias.

«Un colectivo de personas dictaba un taller de periodismo, del cual formaba parte. Había empezado a escribir para la Agencia de noticias Rodolfo Walsh y para la Agencia para la Libertad, que son parte de la red de medios alternativos digitales», relata Cabral. En estos espacios expresaba todo lo que sucedía, desde denuncias a los policías y violaciones a los derechos humanos, hasta la precariedad institucional de los servicios penitenciarios. Hacerlo le costó un sinfín de torturas.

Según Cabral, los vejámenes que sufren las personas detenidas, son moneda corriente a nivel nacional. «Cuando tienen que trasladar a los presos por cualquier motivo, para ir a un juzgado por ejemplo, te desnudan, te hacen levantar un pie, luego el otro, lo mismo con cada uno de los brazos. O sea, un vejamen, porque te obligan a que muestres tu desnudez frente a muchas personas, así sean miembros del servicio penitenciario u otros presos», explica. Acto seguido, le abre las puertas a un caso del pasado que lo involucró.

tags

Doble crimen, torturas y juicio

A fines de 2005, dos integrantes de la Policía Bonaerense asesinaron en la ciudad de Del Viso al dirigente de la Unión Docente de la provincia de Buenos Aires, Ángel Alberto Marcos y a Nancy Nolasco, su novia, también docente. “Mi denuncia los llevó a juicio oral «, destaca Cabral. A partir de ella se condenó a cadena perpetua al oficial Hernán Arguello Pomar. «El otro (el suboficial Marcelo Arriola) murió antes del juicio, durante una persecución mientras intentaban atraparlo», relata.

«Fui a declarar como testigo estando detenido, contexto en el cual era amenazado. Los policías me pinchaban con cuchillos en el control del penal con el objeto que yo cambiase mi declaración en el juicio. Me habían hecho un simulacro de fusilamiento dentro de una leonera. Allí, un oficial del servicio penitenciario me gatilló en la cabeza con una pistola 9 milímetros. Hicieron de todo para amedrentarme. Yo jamás dudé de lo que debía hacer, los señalé a todos», sostiene.

La condena fue sentenciada por el Tribunal Oral en lo Criminal 2 de San Isidro, que determinó como autor del delito de homicidio calificado criminis causa al ex policía Argüello Pomar. A Arriola no se le pudo comprobar su presunta complicidad en el hecho por su fallecimiento en 2008.

Cabral  reconoce que la jueza de San Martin, Maria del Carmen Rodríguez Melluso, quien tenía su tutela, lo cuidó mucho. «Sé que hay muchas personas malas dentro del Poder Judicial, pero también hay buena gente. Esta mujer es buena, de lo contrario estaría muerto», afirma.

El plan del robo

Cabral salió en libertad en julio de 2005 tras una causa por robo. Una tarde fue a cobrar un dinero que le debía una persona que compraba autos y camionetas robadas. «Me pagó y también me ofreció para hacer un hecho y llevarme una astilla que en ese tiempo eran unos 60 mil pesos. Como íbamos a ser tres, eran 60 mil para cada uno”, cuenta.

«Se trataba de robar en la casa de Ángel Marcos. A todo esto, yo no sabía nada, no sabía quién era Marcos. Hacía poco salía en libertad. La cuestión es que me cité con ellos en una confitería en el centro de Del Viso. Allí me detallaron el procedimiento. Habíamos quedado en eso», narra.

«Cuando volví al barrio me crucé con una piba que trabajaba en la calle, que me dijo que estuvo con uno de esos milicos, que me cuide porque ellos eran policías. Entonces me abrí del hecho y perdí comunicación con ambos porque me deshice del número de teléfono que tenía, ya que pensé que me estaban haciendo una cama. De hecho, no estaba equivocado, porque la movida iba para ese lado», agrega.

Regreso a la cárcel

Pasados unos meses, el 22 de octubre de 2005, Cabral fue detenido por gendarmería tras robar una fábrica de ojotas en Pablo Nogués. Al mes de estar preso, en diciembre de ese mismo año, la noticia explotó en los medios. «No había testigos e investigaban a la policía. Entonces lo que hice fue pedir traslado desde la comisaría de Pablo Nogués hacia una unidad carcelaria, ya que no me sentía seguro”, recuerda.

«Mi cabeza no paraba. En todo momento pensaba en que esos tipos me iban a mandar a matar, dado que era el único que tenía detalles del hecho. Pasó un tiempo y yo estaba cerca de recuperar la libertad, pero a la vez sabía que estos tipos me la iban a dar, por eso fui y conté el plan con los datos específicos del día, del dinero a repartir, y lo que me había contado esta chica que me crucé. Fue muy loco porque Marcos era una persona muy conocida en Pilar y, por ejemplo, Nolasco había sido maestra de mi hermana más chica», explica.

Cabral expuso hace poco menos de cuatro años su posición respecto de un modelo importado de Nueva York que parece vomitar policías sin vocación. Un arquetipo que se constituye en terreno fértil para fomentar las estigmatizaciones y no hace más que encastrarse, como un rompecabezas, en las injusticias.

¿Te gusta? Compartilo

Deja una respuesta