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Sesenta días sin abrazos

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos Las lecciones que vino a dar el coronavirus entre la catástrofe que se lleva vidas y aleja los abrazos. La política debe tomar nota del mapa de prioridades.

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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por Federico Esteban (federicoeest@gmail.com)

Se cumplen sesenta días de cuarentena en Argentina. Ocho semanas y media encerrados. Dos meses limitados de movimientos. Período que llegó para evitar la propagación del virus COVID-19, para enseñarnos y para indicarnos lo que debe priorizarse en la planificación de un país.

Los últimos conteos sobre infectados y muertes en el país y de acuerdo a lo expresado por las autoridades políticas y sanitarias, muestran que el objetivo de la cuarentena se ha cumplido en gran parte. El aplanamiento de la curva de contagios no ha sido exponencial, sino lineal, con una fuerte suba de casos detectados en los últimos días producto del ingreso del virus en los barrios carenciados por la carencia de agua, un recurso vital (en cualquier circunstancia y contexto), y en donde el distanciamiento social es algo difícil de lograr por las condiciones habitacionales.

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El registro internacional de casos de COVID-19 respecto a Argentina, con fecha
17 de mayo de 2020, a las 23 horas.

A partir de datos brindados por el Gobierno de la Ciudad, hay alrededor de 1.200 personas contagiadas en dichas zonas, de las cuales 851 viven en la Villa 31, ubicada en Retiro, y 287 en la 1.11.14, en el Bajo Flores. Es, a las claras, uno de los focos de circulación comunitaria más fuerte, de manera que los testeos realizados por las autoridades -hasta ahora, 103.220 en todo el país- deberían dirigirse allí como así también en las instituciones geriátricas, establecimientos donde se ha demostrado la impericia de una gran parte del personal responsable del cuidado de los adultos mayores.

Un acierto, y dos mundos

A pesar del fuerte incremento de casos diarios observados en los últimos días -los reportes informan más de 300 cada 24 horas a diferencia del poco más del centenar de afectados como promedio diario-, la tasa de mortalidad se ha mantenido constante. Mientras que, hasta el momento, se han producido 7.805 contagios, ha habido 373 víctimas mortales del coronavirus.

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Si tomamos en cuenta los 60 días de cuarentena, observamos que han ocurrido 6 decesos por día. Un número que no deja de doler pero que, en comparación con la experiencia de otros países, legitima la medida de poner en cuarentena a toda la población.

En estos 60 días en los que los hábitos de vida se han sido modificados en algún punto, las bocas han dejado de estar desnudas. Los barbijos reclamaron el protagonismo para hacerle frente al virus. Hoy circulamos con medio rostro descubierto por la calle y esto provoca que casi no nos reconozcamos entre nosotros. Que nos encontremos a alguien conocido por la vereda y no lo registremos. Que no podamos modular como queremos. Que no nos hagamos entender. Que no nos escuchen. Que nos cueste respirar. Que nos acaloremos.

El barbijo se ha vuelto un objeto de primera necesidad y ha llegado para salvarnos la vida. O al menos, a salvar la vida de otros. Después de que los especialistas médicos desaconsejasen el uso del tapabocas para que sólo lo utilizaran los pacientes enfermos, desde mediados de abril ocultar las bocas y narices a la hora de salir de casa pasó a ser una obligación. Se hizo visible desde entonces la pandemia en la calle, fuera de los hospitales, que es donde se libra la verdadera batalla.

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La lección de la catástrofe

De los 7.805 pacientes diagnosticados de COVID-19, 3.026 han sido registrados en la Ciudad de Buenos Aires, cuyo jefe de gobierno es Horacio Rodríguez Larreta, mientras que 2.594 residen en territorio bonaerense, a cargo del gobernador Axel Kicillof. Luego, lejos de tales números, aparecen Chaco (559), Córdoba (378) y Río Negro (321) como las provincias con más infectados.

De estos datos se desprende una obviedad: poner el foco de atención en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) sin desatender lo que pase en el resto del país, donde pareciera que la circulación comunitaria del virus continúa a la baja. No ha habido desatención en los sistemas de salud durante estos 60 extraños días. Sí, antes de que el virus ingresara al país.

Las áreas de Salud, Ciencia y Tecnología han sido bastardeadas. Sobre todo entre 2015 y 2019. Basta con considerar la rebaja de Ministerio a Secretaría del campo de la sanidad durante el gobierno de Mauricio Macri. Ahora, la pandemia muestra el carácter indispensable de este organismo y la necesidad de dotarlo de recursos genuinos.

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Y si hablamos de necesidad, Argentina necesita que las necesidades básicas sean satisfechas. Hace años que esto no sucede en Argentina y la gente en situación de calle ha sido condenada al padecimiento. El coronavirus se alimenta de la falta de agua potable en las villas. Se trata de una catástrofe. Nadie lo discute. Aunque, con perdón de las personas afectadas, bienvenido sea el virus para dejar claro cuáles son y deben ser las prioridades a la hora de tomar decisiones y dictar medidas.

La puesta a punto de hospitales, unidades modulares de atención, centros médicos y reacondicionamiento de lugares como polideportivos, hoteles y estadios demuestra el estado del sistema de salud previo a la llegada del COVID-19. La inversión en la compra de insumos, la construcción de hospitales modulares, entre otras medidas, era (es) una necesidad y una obligación. Acción que no debiera ser coyuntural.

Poner atención en la Salud tiene que ser cotidiano y no obligado. Lo mismo para áreas como Ciencia y Tecnología, Desarrollo Social y Espacio Urbano. Campos que han cobrado protagonismo en estos 60 días para bien y para mal. Porque esta cuarentena, este período de aislamiento social, preventivo y obligatorio, ha sacado lo peor y lo mejor de cada uno. Ha revelado falencias y fortalezas. Ha venido a darnos una paliza tanto sanitaria como social. Y sobre todo, a dejar una enseñanza política.

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