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«Santos lugares», un relato de Darío Andrés Ruido

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos Autoras y autores comparten textos breves de su producción. En «Santos lugares», Darío Ruido pone en cuestión el espacio más sagrado de la pareja constituida.

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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Selección: Mirtha Caré (mirtha.care@elcafediario.com)

Cuenta el autor

Como siempre, mis textos surgen de alguna charla, posiblemente en la cumbre de una borrachera, un conflicto entre lo que se debe y lo que no se debe. Cuando escribo -casi siempre- intento desterrar fantasmas, poner en evidencia la falacia de una prohibición o un tabú. No recuerdo con quién hablé sobre la pertinencia o no de utilizar la cama matrimonial para la concreción de amores clandestinos. Seguramente no nos pusimos de acuerdo y el texto puede ser una protesta, un recurso de queja, algo que a veces resulta simpático y otras, incómodo.

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Santos lugares

Dicen que la casa es sagrada, que no se puede invitar a extraños en ausencia de uno de los socios fundantes, dicen que constituye una conducta desleal que está sobreentendida, que si bien ningún artículo del acta de constitución lo menciona, es una norma tácita que desde tiempos inmemoriales rige la existencia de las sociedades, sobre todo, donde establece domicilio. Los miembros, aseguran, deben estar en pleno conocimiento de lo que se cuece en las entrañas de la empresa. La casa es un lugar intocable. Un punto del universo que debe permanecer impoluto, ajeno a las indecencias a las que los individuos son propensos. Como la pelota, dicen, la casa no se mancha.

La cama matrimonial, dicen, es un altar. Una estructura bendecida. Ninguno de los usufructuarios legales debería arrogarse el derecho de propiciar actividades non sanctas con terceros. O cuartos. O quintos. Ni festividades masivas que podrían estropearla. Descuajeringarla. Llamar la atención de los vecinos, tan acostumbrados a noches mansas, silenciosas. Las treguas determinadas por la extenuación que imprime la rutina, y el tedio. La historia de la cama siempre es oficial. Llama amorosa, germen de los hijos, cuna, bálsamo, nido, lecho de muerte y nicho.

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Pero la cama tiene un lado oscuro. Igual que el corazón. No accesible al entendimiento. Quizá se encuentre debajo de la almohada o del colchón, o adentro mismo, u ocupe una dimensión impensada. Algo similar a un susurro en un rincón que los durmientes no perciben sino hasta el día en que la casa se queda vacía, la cama a la deriva y una insinuación sutil pero no menos perturbadora, inocula el veneno de la tentación. El susurro, el huevo de la serpiente. Así empieza lo malo.

Es posible cambiar las sábanas, elucubra el solitario, regular la intensidad de las luces, para ver un poco menos e intuir un poco más, una fragancia oriental provista por sahumerios, una frescura en el piso, un espejo, no tan excesivo, y la música, hace tanto desterrada de la vida marital. Es posible convocar, piensa, gemidos, un socio compasivo que ocupe el espacio, que cumpla las funciones circunstancialmente abandonadas, aunque no medie asamblea, una figura simbólica pero activa, que disimule la emergencia que se vive disimulando con trámites, obligaciones, dolores y otros pretextos.

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Dicen que la casa es sagrada, que la cama lo es. Una regla que de cumplirse modificaría el tamaño de la culpa, de la pena, del castigo. Hay sitios dispuestos para el caso. La jurisdicción en la que se perpetra el crimen sería, entonces, agravante si se tratase de región matrimonial, atenuante si el deseo se desplazara a los telos o bulines precarios, aunque existan tantas historias de esposos despechados que agujerean a balazos a los amantes y por lo tanto, desmientan la norma. El problema, por supuesto, sigue siendo la propiedad. Un acta de matrimonio pretende ser un Título que aúlla “esto es mío”. Pero ni así. Familias felices encarnan los spots publicitarios de bancos que venden el sueño de la casa propia. Las casas se desmoronan. Los anuncios de albergues transitorios son menos elocuentes. Conscientes de la fugacidad de sus clientes agitados. Los cuerpos colapsan. Por deseo, o porque la impronta capitalista determina las condiciones estrictas del consumo.

Acerca del autor

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Darío Andrés Ruido (Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco, 1970). Reside en Resistencia desde pequeño. Es padre de cuatro hijos. Trabaja en la Administración Tributaria Provincial, donde es Jefe de Departamento. Se recibió en la Universidad Nacional del Nordeste como Licenciado en Letras. Realizó Talleres de Escritura con Mariano Quirós y Miguel Molfino. Obtuvo un premio en poesía y otro en cuento en concursos provinciales de la SADE y Federico Veiravé. En 2019, el Primer lugar en el Premio Bienal de Novela Breve organizado por el CFI.

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