Rubén Gómez, de futbolista reconocido a chofer de colectivo

Tiempo estimado de lectura: 9 minutos Rubén Gómez narra de qué manera debe reinventarse un futbolista que no ha podido hacer dinero en su carrera y cómo siente un exjugador profesional.

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Tiempo estimado de lectura: 9 minutos

Por Julio Jerusewich (jjerusewich@hotmail.com)

Rubén Gómez hoy es chofer de una línea de colectivos del conurbano, pero cuando mira por el espejo retrovisor, además de tomar distancias y hacer cálculos para esquivar autos y a otros colectivos, observa el jugador de ascenso que dejó atrás. El fútbol le corre por las venas. Tanto, que después de retirarse como futbolista profesional, buscó continuar ligado a él tomando el camino del arbitraje. Dirigió en algunos torneos amateurs, y entre racimos de anécdotas brotan historias con Matías Almeyda, exjugador y entrenador de River Plate.

«No reniego de mi etapa de futbolista. Pasa que la vida es eso, etapas, y yo llegué a una en mi vida en la que había conformado una familia y tenía una edad. Un día me detuve a pensar en que no iba a jugar toda la vida. Pude acomodarme. Cobrar el cuarto día hábil, todos los meses, me dio una estabilidad que el fútbol quizás no me la daba, porque si bien el sueldo era más o menos el mismo siempre, me lo pagaban en cuotas», cuenta el exdefensor de clubes como Excursionistas, Defensores Unidos de Zárate, Argentino de Merlo y Fénix.

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Nostalgia de un querer. Rubén Gómez se prepara para centrar con su pierna zurda.

«A la mayoría de los clubes en donde estuve se les complicaba hacer frente a sus obligaciones y pagaban en dos o tres veces. Y hasta ha sucedido que en algunos clubes nos pagaban la mitad del sueldo en un mes, y el resto en el siguiente. Y era jodido porque te quedabas un mes abajo. Si estaba solo quizá lo hubiera tomado de otra manera, pero al tener familia, eso ya conllevaba un desgaste que al principio toleras, pero después, cuando estás más grande, te provoca un desgaste. Es lo único malo, porque el jugar, el compartir vestuario, es lo mejor», rememora en diálogo con El Café Diario.

Rubén Gómez subraya que tuvo «la suerte» mientras era soltero de vivir del salario de futbolista, Después, tras formar su familia, debió hacer actividades paralelas. «Trabajé en carpintería 6 meses cuando estuve lesionado mientras jugaba en Deportivo Español. Además, en el taller de la fábrica de un amigo (entre 2007 y 2014) de 15 a 21 horas. Armaba de cero las baterías de autos separando plomo de plaquetas viejas. Llenaba de ácido las plaquetas viejas y las ponía a cargar. También, en los ratos libres salía en bicicleta a cortar pasto con mi señora y la nena».

Un tiempo después, un amigo que hoy juega en el club de barrio con él, y que trabajaba en la empresa de colectivos 350, gestionó con su delegado para que se presentara a dar la prueba. «De paso, ya podía jugar para ellos el campeonato de la UTA. Pero no aprobé el examen psicotécnico por desconocer algunos de los patrones que pude entender cuando me los explicó uno de los chicos que organizaba el torneo en Pilar donde fui árbitro, y que se estaba por recibir de psicólogo». Gómez dejó currículums en la empresa La Perlita y en la 203, desde donde lo llamaron una semana después de haber pasado por allí.

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Rubén Gómez en la actualidad.

Las bondades del arbitraje

«Entre 2015 y 2017 aproveché varias chances para ganar unos pesos como árbitro. Imaginate lo empapado que estaba del fútbol, que lo jugué toda una vida. Y de todo lo que giraba en torno al fútbol, también». Pero su mujer no lo estaba. Un sábado le tocó ir a un dirigir un partido en General Rodríguez. «Mientras íbamos llegando le pregunto a un vecino de la zona por un campeonato en La Roca. ‘Ah no, vos buscas la pepa, amigo’ me dice. Y me indica. Cuando nos acercábamos, no sabes lo que era la cancha. Menos de cigarrillos, había humo de todo, parecía Transilvania». Gómez estaba con su mujer y sus dos hijos. El pánico se hizo presente. «Mi nene que tenía 8 años y mi nena tenía 3. Le prometí a mi mujer que iba a dirigir un sólo partido».

El diálogo ilustra mejor la escena..

-Si se llega a armar lío vos no me conocés. Agarrá a los chicos, te metés en la camioneta y te quedás ahí.

-Pero, ¿dónde me trajiste?

-Vos hacéme caso.

El partido es de patadas desde la altura de la rodilla hacia arriba. «Antes de que terminara el primer tiempo, un grandote le mete una murra a uno que lo hace caer con la patas para arriba y de espaldas. Patada de atrás. Le saco roja. El tipo me putea de arriba abajo. Mientras sale me dice que me va a matar, que esto que lo otro. En eso la miro a mi mujer y con la cabeza le hago la seña. Desaparecen».

Arranca el segundo tiempo, el equipo que estaba con uno menos empata el partido. «Cuando faltaba poco para terminar, la veo a mi señora. A todo esto el tipo al que había expulsado me seguía amenazando. Mi mujer saca un Tramontina y me dice, cuando termine el partido lo sacudimos, jajaja. Le dije que se vaya de nuevo a la camioneta». El partido lo termina ganando 2 a 1 el equipo que estaba en desventaja numérica. «Finaliza el partido y pensé ¿Qué hago? Me saqué la remera y lo fui a buscar. Él se metió en el vestuario, pero ¿vos te pensás que lo seguí? Cobré el dinero y me fui… Pero no quedé como cagón, je».

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Junto al legendario René Houseman.

De un extremo al otro

En otro momento le tocó ir a dirigir al costado del peaje de Luján. Fútbol de 9. Uno de los equipos estaba integrado por patovicas de boliche. «Puntualmente no me olvido más de uno que se llamaba Santi, y jugaba de 4. El rival lo conformaban pibes de barrio, más normales, muchos flaquitos. En un momento del partido meten un pase cruzado que queda entre el volante por la izquierda y el 4, que era Santi».

«El pibe estaba tan sobrado que fue a buscar la pelota de manera cansina, como sabiendo que iba a llegar antes, y en los últimos dos o tres pasos aceleró y se la punteó. Y Santi que venía embalado como una locomotora, lo arrolló. En el curso de esa jugada recordé que alguien me dijo que tuviera cuidado porque era común que en esos partidos te metan un cabezazo. Si tenía que sacar alguna tarjeta, lo tenía que hacer de lejos«, explica Gómez que asegura que fue una obstrucción desmedida, como un camión que embiste a un grillo.

«El flaquito voló tres metros, rodó, saltó, y cayó un metro y medio más. Entonces, nos ponemos cara a cara con Santi, saco la tarjeta amarilla desde 7 metros más o menos y le digo ésta es para usted. El abrió los ojos, giró con todo su cuerpo de armatoste y empezó a trotar hacia mí. Yo lo único que pensé fue que Dios me acompañe. Vino corriendo, se acercó y me dijo ‘bien, bien juez disculpá, le fui fuerte, no va a volver a pasar’ con una de esas voces finitas que tenemos antes de la pubertad. Y se fue corriendo. Me di vuelta y me persigné», relata evocando el recuerdo con el mismo suspiro de alivio de aquella tarde.

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Argentino de Merlo, uno de los clubes en los que fue feliz.

«En ese mismo campeonato, dirigiendo otro partido, expulsé a uno que me tiró una piña. Seguí el juego pero después dejé de ir porque me conecté con gente que tenía injerencias en torneos de country en la zona norte. Para mí, seguir era importante porque eran 200 pesos que me venían bien». En la zona norte, el Rubén Gómez referí, experimentó el contraste de lo vivido en las arenas del oeste. «El primer día me pasó algo muy gracioso en Tortuguitas. Un enganche va llevando la pelota, le tira una finta al cinco rival, lo pasa, pero éste lo agarra de la camiseta y…

-¡Soltáme, ridículo!

-¿Yo ridículo? Vos sos el ridículo, que jugás con vinchita…

-¡Juego con vinchita porque tengo con qué!

Y le movió el pelito al cinco, que era pelado.

«Me tuve que dar vuelta porque no me aguanté la risa. Me sentí en el otro extremo de lo que había pasado la semana anterior en General Rodríguez. Pasé de insultos y cuidarme de piñas y cabezazos a escuchar un ‘sory’ o un ‘mala mía’ ante un mal pase de un compañero a otro».

Fútbol en el alma

«En este tiempo de cuarentena me picó el bichito de volver. Pasó que cuando me retiré, me alejé totalmente del ámbito del futbol. Me aislé, no mandé más mensajes a ningún otro ex compañero». Gómez se concentró en el manejo del colectivo. No obstante, ese escape para jugar en el club de barrio, fue el antídoto del que se sirvió tras dejar la actividad. Para no extrañar tanto. Aunque hay días que resulta ineludible no rememorarlos. «En el Día del Futbolista, hace unas semanas, hicimos unas videollamadas con mi ex compañeros del CADU y de Argentino de Merlo. Ahí surgieron anécdotas. Casi cuarenta minutos con ambos. Ni bien corté la última llamada, me empezaron a doler la cabeza y el pecho. Era como una angustia por lo que extrañaba jugar».

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Luciendo la casaca de Fénix, en familia.

«Nunca había tenido nada de eso. Se ve que lo tenía bien guardado, y canalizaba esa angustia jugando en el barrio. Con todas estas restricciones por la pandemia, al no poder jugar, salieron a flote después de esas videollamadas». Muchos de sus excompañeros ya son técnicos y están dirigiendo. Tal vez algo le haya despertado.

«Me veo más perfilado como ayudante de campo por ahora. Varios que tienen ese temple para ser cabeza de grupo me repitieron lo que me habían aconsejado cuando jugaba. Que podría ser un buen ayudante. Es que no me siento cómodo al tomar decisiones del tipo ‘vos jugás, vos no’. O ‘vos no vas a poder seguir en el club’. Si algo rompe la atmósfera buena, creo que me sentiría tan mal que dejaría el club donde estuviera trabajando».

Gómez era un buen nexo entre los jugadores y el técnico. Era de los que hacían grupo y cohesionaban las personalidades distintas del plantel. «Jamás tuve una pelea con un compañero o un técnico en 13 años y 11 clubes donde jugué», aclara. Gómez, alude al vestuario como quien añora los buenos viejos tiempos. «No te niego que a alguien que jugó al futbol le hace falta esa convivencia con sus compañeros. Vos podés jugar en el club de barrio y saciar esas ganas, pero el vestuario y el día a día no se compran con nada. El buen clima de vestuario es lo mejor que le puede pasar a un futbolista. Recuerdo una nota que le hicieron a Batistuta, que ni bien cerró su carrera se desligó de todo lo que tenía que ver con el fútbol pero a la vez extrañaba muchísimo el vestuario. Refleja lo que nos pasa a todos».

Pelado glamour

«A Almeyda lo llamaron para jugar showbol y justo se inauguraron las luces de la cancha de Fénix en un partido organizado por el Beto Acosta, entre veteranos de San Lorenzo y el equipo de showbol. La cuestión es que jugó un partidazo. Le dan un pase y él, jugando de cinco, y con un mismo control la para con el pie izquierdo, la deja perfilada con la derecha y desde la mitad de cancha clava un golazo. Ahí todos dijimos, ‘¿Por qué no los invitamos a jugar?«. La idea le gustó y estuvo seis meses jugando en la C.

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Matías Almeyda (izqda.) y el Beto Alberto Acosta (der.) celebrando un gol.

«Siempre sabía lo que tenía que hacer antes de que le llegue la pelota. Metía pelotazos de primera que, en comparación con lo que hace cualquier otro jugador de la categoría, que necesita parar la pelota para ver luego qué decisión tomar, era de una jerarquía notable. Siempre estaba bien ubicado, tan bien se sintió, que desde acá se fue directo a River», describe.

Sobre el temperamento reconocido del ex volante de Sevilla de España, Lazio, Parma, Inter de Milán y Brescia de Italia, Gómez trae una anécdota. «Recuerdo un partido que jugamos contra Argentino de Merlo y había un rival de ellos, el ‘Toti’ Iglesias, que al tiempo fue mi compañero. El punto es que en ese partido Toti le pegó una patada y además le dijo un par de cosas. Almeyda no se bancó ese trato y después de algunos insultos le metió un manotazo en la cara. Ambos fueron expulsados. Almeyda estaba haciendo un partido de 9 puntos. Con el tiempo, cuando fui compañero de Iglesias, le pregunté cómo puede ser que ese día salió de la cancha riéndose. Me respondió que él era un patadura pero Almeyda era el mejor de ustedes. En el vestuario el técnico me felicitó por lo que hice».

Pero una de las historias más graciosas pasó tras uno de esos entrenamientos que generalmente se extendían cerca de 40 minutos entre charlas y mates. Hubo una vez que no pudo quedarse. «Una vez se tuvo que ir rápido. ‘Dejemos los mates para otro día, que me tengo que ir’, dijo. Mientras, nosotros estábamos en el vestuario charlando, él salió de la ducha, sacó de su bolsito su perfume y tsssss, tsssss, tsssss. Luego lo levantó, lo miró y como percibió que casi no tenía más, lo tiró. Cuando cayó hizo tal sonido que se hizo un silencio en el ambiente. Ni bien cerró la puerta, nos paramos entre los 5 o 6 que éramos y empezamos a correr para buscar el perfume, tironeamos un buen rato y lo solucionamos con un tsssss para todos. Así que nos bañamos y luego nos tiramos un poquito cada uno. No sabes… tres días nos duró la fragancia del perfume. Cuando llego a casa le conté a mi mujer que, mientras me olfateaba el cuello decía en voz alta, Almeyyyda, Almeyyyda, ja, ja».

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7 comentarios

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Muy buena la nota. Me rei mucho. La verdad que es mas complejo de lo que parece. Jugar al fútbol toda la vida y de un momento a otro se termina. Y es difícil. Te preparan para jugar. Pero nadie te prepara para dejar de hacerlo.

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