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La característica caminata a paso sincronizado, una imitación clásica entre amigos

Por qué amamos a ‘Los Simuladores’

La serie que cautivó a los argentinos llega a Netflix, apostando a lo masivo y a la recuperación de la nostalgia de una generación bisagra.

Por Toto Plibersek
totopliber@gmail.com

Medina. Santos. Lamponne. Ravenna. Cuatro apellidos. Dos de nuestras raíces españolas. Dos de nuestras raíces italianas.

Podrían ser cuatro apellidos comunes de cuatro argentinos comunes. Pero no, no son sólo cuatro apellidos. Claro, ninguno de los cuatro existe en el mundo de los vivos. Sin embargo, seguro que todos -o casi todos- todavía recordamos aquella frase de Santos con el habano colgando de sus labios:
—¿Fuego tiene?

O esa caminata a paso sincronizado de los cuatro debajo de la lluvia con un tango de fondo. ¿Quién no la imitó con sus amigos en el patio del colegio?

Un equipo que se las trae

‘Los Simuladores‘ fue una serie de televisión escrita y dirigida por Damián Szifron, y transmitida por Canal 11 –Telefé– entre marzo de 2002 y enero de 2004. Hoy está en el catálogo de Netflix. Consistía en cuatro tipos, los que mencioné antes, que eran ni más ni menos que un grupo de, justamente, simuladores.

El argumento era sencillo. En principio, un cliente acudía a ellos, únicamente a través de la recomendación boca a boca de algún cliente anterior, con un problema a resolver. Entonces armaban un “operativo” en el que básicamente engañaban a quienes fuese necesario para solucionarlo. Siempre a través del engaño, nunca con otros métodos. Si el cliente no podía pagar el “costo” del operativo, pues se las ingeniaban para obtener la plata en cuestión, engañando a la “víctima” para que se las dé.

Los cuatro jinetes de la simulación

Cada uno tenía un rol y una personalidad única. Gabriel David Medina (Martín Seefeld), investigación: un tipo sensible, educado, romántico y metrosexual; Pablo Lamponne (Alejandro Fiore), técnica y movilidad: un tipo rudo y callado pero atormentado por sus inseguridades; Emilio Ravenna (Diego Peretti), caracterización: el típico playboy argento, mujeriego y entrador; Mario Santos (Federico D’Elía), logística y planificación: algo así como un intelectual incomprendido, una suerte de Sherlock Holmes o Hércules Poirot.

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Cuatro personajes con roles y personalidades únicos

¡Santos engaños, Batman!

El elemento interesante que introducía la trama era que, si bien sus acciones no eran moralmente correctas porque trabajaban de engañar a la gente, ‘Los Simuladores’ nunca atendían un caso que afectase la vida de una persona “de bien” y ayudaban a damnificados de estafas, aprietes, infidelidades, violencia de género. Como una especie de justicia divina o un sicario con un código. Cuatro ‘batmanes‘ argentinos. Cuatro mercenarios que están ahí cuando el Estado no está.

Los operativos eran de todo tipo y los engaños muchas veces pecaban de inverosímiles. No sé si antes nos conformábamos con cualquier cosa o a la tele argentina le perdonamos todo. Pero infiltrarse en el FBI para sacar a miembros del equipo -como hicieron en uno de los capítulos- no parece tan realizable para cuatro argentinos anónimos en la vida real. Ni hablar de la calidad de la imagen, que en esa época era muy buena, pero hoy nos parece malísima.

La serie, espejo de una generación

Hace un par de días, en un juego de tweets con el elenco original, Netflix anunció discretamente que está produciendo un “último caso”. No se sabe nada de formatos. Ni siquiera si Szifron va a ser quien escriba este “último caso” o si ya lo escribió. Meses atrás se rumoreaba que se estaba “craneando” una película sobre los cuatro: lo había dicho Alejandro Fiore en diàlogo con el diario Clarín. Igual las redes estallaron.

¿Por qué? ¿De dónde surge tanta emoción por una serie argentina que ya es vieja y de baja calidad y que tuvo un tiempo de vida corto en nuestra televisión? ¿Por qué recordamos frases, gestos y momentos de cuatro personajes de una serie que fue un éxito hace tanto tiempo? ¿Qué pasó en esos dos años y veinticuatro capítulos?

Ni Diego ni la Coca: Ginóbili y Cromañón

La explicación es la siguiente. Los nombres de ‘Los Simuladores‘ están grabados en la retina, el recuerdo, la memoria, el corazón de una generación de argentinos. Una generación que nació en los 90 y creció en los 2000. Pibas y pibes que no vieron a la Argentina campeón del mundo, la caída del muro de Berlín, Maradona rompiéndola en el Napoli, el erotismo de la Coca Isabel Sarli.

Una generación que vio la caída de las Torres Gemelas, el doble de Manu Ginóbili en el último segundo contra Serbia en Atenas 2004, la represión de 2001, la tragedia en Cromañón, ‘Poné a Francella‘, ‘Casados con hijos‘ y ‘Los Simpsons‘ por algún canal de aire porque sus padres no tenían plata para pagar el cable. Pibes y pibas que no tenían smartphones ni redes sociales y los conocieron de adolescentes, que se criaron con el teléfono pero adolecieron de lo instantáneo. Una generación que no es ni una ni otra. El cambio de época.

Los fanáticos y la nostalgia

Esa generación de pibes y pibas –entre los que estoy también yo– ahora tiene veintitantos y va a la facultad o tiene un laburo con sueldo precarizado. Esa juventud hoy está en Twitter y en Instagram. Aprendió con Facebook a hacer memes, y con ellos se relaciona con su entorno. Para esa juventud, Los Simuladores es el recuerdo de su infancia. O por lo menos de una parte de ella. Y ni siquiera nuestros recuerdos más sagrados, esos que recuperamos cada tanto con una sonrisa disimulada, están exentos de volverse meme. Eso es lo que pasó: Medina, Lamponne, Santos y Ravenna se volvieron meme entre quienes los recuerdan, los siempre fanáticos.

Alguna vez alguien dijo que los recuerdos de la infancia no se borran y por eso cada tanto nos decimos “Loco, ¿te acordás de esto?”, dándole lugar a la nostalgia. La nostalgia vende bien, y Netflix quiere vender. Pero hay que saber hacerlo o se puede transformar en un gran fracaso.

Por eso hoy, con celulares, streaming en vivo, teles a 4k, YouTube, Netflix y la mar en coche, es posible que una serie de hace casi veinte años reaparezca apostando a lo masivo. Porque Szifron hizo lo que hacen los genios: tocó un nervio en la cabeza de miles de argentinos. Y cuando uno toca un nervio se queda para siempre en la memoria. Somos pibes y pibas que hoy, con la expansión de las redes sociales y los servicios on demand, estamos hambrientos de contenidos y dispuestos a saciarnos con la nostalgia. Porque todos somos un poco lo que recordamos.

Y una de las cosas que recordamos es esa frase de Santos con el habano colgando de sus labios:
—¿Fuego tiene?

Y esa caminata de los cuatro simuladores a paso sincronizado debajo de la lluvia y con un tango de fondo.

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