‘Monoimi’, poesía desde la hojarasca, por Leandro Diego

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos Autoras y autores comparten textos de su producción. Leandro Diego nos presenta poemas de su libro ‘Monoimi’, de próxima publicación.

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Selección: Mirtha Caré (mirtha.care@elcafediario.com)

Cuenta el autor

«La pana es del cole» es una pintada real, que miré durante mil mañanas desde la ventana del 71, camino al trabajo. Está en el cruce de Blas Parera con Ramón B. Castro, a metros de la Panamericana. Según Google Maps, la frase existe por lo menos desde 2013 y se la pudo ver íntegra hasta 2018. Ahora está tapada. Le pintaron encima unas letras rosas que parecen globos de Bubbaloo. A una cuadra hay una esquina muy rara, extremadamente pobre, de casas de ladrillo hueco sin revocar, que en verano se llena de piletas Pelopincho y en invierno de tachos de lata.

Monoimi

#50

quizás

si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales

si el clima no hubiese sido como el de Corrientes

si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:

Taragüi

es el sabor

que no cambia

#2

si le fuera posible desear

desearía ser el pibe

que está abajo de la Panamericana

en medio de la noche

y del frío

calentándose las manos

en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas

un cajón de verduras

húmedo

y la hojarasca que

todavía

crepita

la campera azul,

el zumbido de las moscas que

-depende del viento-

a veces se escucha

y a veces no;

como el aliento

entrecortado

de dos o tres boludos

que pintan una frase

en la pared de la concesionaria

no la frase

la pana es del cole

porque esa ya estaba escrita de antes

días, meses: años 

no

los boludos -dos, tres-

pintan una frase en la pared de la concesionaria

mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata

y las frota

hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos

el olor a pelo quemado que,

atrás de la ventana,

se linkea con otro que está allá

en un antes de la cocina,

cuando la madre quemaba el pelo del cuero

de las alitas en la hornalla

antes de meterlas a la olla

para cocerlas con arroz, cebolla y,

cuando había,

morrón

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Portada del nuevo libro de Leandro Diego.

#3

el blend que emerge del tacho le trae

de pronto

la ansiedad de una nada que no tuvo:

porque siempre tuvo

algo,

por lo menos arroz con alitas

como le decía la madre

al guiso menemista

algo, siempre

y no nada

nunca

nunca una nada como la que allá,

abajo

le toca la nuca al pibe,

asediado

por el futuro breve que le imponen otros

los dolientes

los que en pocos años

sitiaron -no, ya,

la cuadra, el ghetto,

el barrio

sino- la ciudad toda

entera

cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo

al tiempo

van a querer empujarlo

para que pase más rápido

y traiga las cosas que perdieron;

para que pase más rápido

y se lleve, otra vez, las cosas de los otros

o mejor

van a empujarlo para que

directamente

-si el contexto ayuda-

se lleve a los otros

y quién pudiera

entonces

aferrarse

-no a las cosas, no al fuego

ni al tacho

de lata-

sino al humo contenido

de un cigarrillo

fumado precisamente para verlo

al humo

para sentirlo

al humo

para largarlo, despacito, por la nariz

y mirar cómo se lleva

y cómo trae

una frase que -todavía-

los boludos -dos, tres-

no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca

y mirar cómo se lleva

y cómo trae, también,

al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver

ni sentir

nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse

y en la fuga de la nada

hacerse uno con las cosas

para irse

y en el saba de la especie

volverse parte de la roña

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#41

negro

negro, negro

blanco

blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,

solidificándose

en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

#70

en el departamento tercermundista,

cosas:

un cenicero

un colchón

papeles sueltos con frases rotas

y él

pensando que el gordo,

abajo, pidiendo,

doliendo con los que se aferran a las ausencias

para extraerles un culpable,

la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®

no es más que un restaurador

escribe

alguien que exige la vuelta del orden

y la tradición

como vendetta racial

escribe

pero no, gordo:

ya no hay pampa, ni vino

escribe

ni, mucho menos,

flan

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Leandro Diego. (Foto: Romina Guarda)

Acerca del autor

Leandro Diego (Buenos Aires, 1984). Es periodista -Licenciado por el Instituto Grafotécnico- y escritor de narrativa y poesía. Publicó ‘Restos Nocturnos’ (cuentos, Editorial Galmort, 2011), ‘Trece’ (poesía, autoedición, 2016) y ‘Monoimi’ (AñosLuz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa entre otros medios.

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