Miguel Graziano: «Jorge Julio López merece Justicia y la causa lleva 15 años paralizada»
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Miguel Graziano: «Jorge Julio López merece Justicia y la causa lleva 15 años paralizada»

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Por Inés Tiphaine (chinisst@gmail.com)

Editado por Cecilia Oliveros (ceci_oliveros@yahoo.com.ar)

A 15 años de la desaparición de Jorge Julio López, albañil y ex militante, la causa que indaga en el hecho continúa paralizada, el investigador Miguel Graziano y los familiares de la víctima solicitan un cambio que la reactive. Su hijo Rubén reclama el cambio de carátula a la Justicia para que pase a ser considerada «desaparición forzada de persona».

Tras la querella de la organización Justicia Ya La Plata hace 7 años, el episodio fue llevado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero aún no hay respuestas. Ha habido movimientos en busca de una sanción al Estado argentino por la inacción respecto a este caso, pero la causa por la desaparición forzada de Jorge Julio López se mantiene cajoneada bajo un tupido velo de desidia y burocracia que no hacen otra cosa que encubrir la verdad.

«Solicitamos a la CIDH que dé por cerrada la instancia de solución amistosa, que es una especie de mediación, y que pase a tratar el caso como contencioso con el objetivo de llegar a la Corte; planteamos que los organismos que somos parte de la querella tenemos interés legítimo en el esclarecimiento del caso por las implicancias sociales que tiene», ha declarado la abogada Luz Santos Morón, de Justicia Ya La Plata, al diario Página12.

La investigación que espera ser resuelta

Miguel Graziano, periodista formado en el Taller Escuela Agencia (TEA), además de ser el escritor y autor del libro ‘En el cielo nos vemos’, revela en diálogo con El Café Diario cómo realizó la investigación para su libro sobre lo que le ocurrió a Jorge Julio López.

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Jorge Julio López.

Se cumplió un nuevo aniversario de la desaparición forzada de Jorge Julio López, ¿cómo sigue la causa?

La novedad de este año, entre comillas, es la misma de hace unos años atrás. Están analizando las llamadas telefónicas que hubo en La Plata aquella madrugada del 18 de septiembre. Esto ya se había anunciado en su momento, pero evidentemente no se hizo.

Podría servir, porque si bien en aquella época se podía tener números telefónicos de manera anónima, son datos que no se pierden. De todas maneras, poco se avanza sobre los sospechosos señalados por los organismos de Derechos Humanos casi desde el primer día: Miguel Osvaldo Etchecolatz y todos los represores que nombró Jorge Julio López en su testimonio.

Especialmente quienes no habían sido nombrados todavía por ningún sobreviviente, como Julio César Garachico -quién recién ahora está siendo juzgado por el testimonio de López–, y los que fueron apareciendo después: los que visitaban a Etchecolatz en la cárcel de Marcos Paz, por ejemplo.

También hay testigos que dicen haberlo visto frente a la casa de Susana Gopar, ex secretaria de Etchecolatz, la mañana del 18 de septiembre; u Oscar Raúl Chicano, un exfuncionario del ministerio de Seguridad, que fue fotografiado detrás de Julio López pocos días antes de su desaparición, durante un acto por el cumpleaños de Clara Anahí Mariani, un beba apropiada -cuya identidad aún no fue recuperada-, en un operativo del que participaron los grupos de tareas que secuestraron a López en 1976.

¿Qué cree que se debe esperar de la Justicia? ¿Cuáles son las diferencias que encuentra con otros casos de desaparecidos actuales hoy en día, y cómo actúa el Estado en estos casos?

La Justicia siempre tiene tiempo de reivindicarse. Así que lo que se debería esperar es que cumpla su función e investigue el caso con la seriedad que requiere.

Es paradójico el caso de Garachico, quien en 2006 era gerente de un casino en Puerto Madryn y fue señalado por López como uno de sus torturadores en el centro clandestino de detención de Arana.

A partir de allí, el represor se fue de la ciudad y se mantuvo prófugo hasta 2012, cuando fue detenido en Mar del Plata.

Yendo a la investigación del libro que escribió ‘En el cielo nos vemos’,  ¿cómo surgen las ganas de investigar el caso de Jorge Julio López?

Las cosas se fueron dando, tenía un compromiso conmigo mismo y algunas ideas relacionadas con los derechos humanos con las que trabajar. Pero un día me crucé con el hijo de López en un colectivo y me di cuenta que no necesitaba buscar.

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Miguel Graziano, autor de ‘En el cielo nos vemos’.

A pocas cuadras de mi casa transcurría una historia extraordinaria: un desaparecido de la dictadura que había vuelto a desaparecer, ahora en democracia. Nilda Eloy mencionó entonces las desapariciones simbólicas, de la prensa, del discurso político, de la justicia, que no daba respuestas, y se me ocurrió que escribir su historia era una manera de hacerlo presente.

¿Qué fue lo que más le impactó de la vida de Jorge Julio López? ¿Qué dificultades tuvo para poder completar su historia?

El silencio. El silencio y las maneras que encontró para ejercer la memoria. Porque uno como individuo tiene derecho a olvidar, incluso creo que es sano, pero no como sociedad. Sobre todo, después de lo que pasó.

Cuando López salió en libertad, aún estaba la dictadura y no podía decir nada. Había un silencio social, enmarcado en el «por algo será», o «algo habrán hecho» (para desaparecer). Él intentaba contar lo que le había pasado a los varones de su familia, pero le decían que no dijera nada. Irene, su mujer, tampoco quería que dijera nada. Tanto fue así que sus hijos recién supieron por lo que había pasado cuando declaró en 2006.

Contra eso, él fue hilvanando algunas cosas. Con el tiempo se reencontró con compañeros de militancia. En su casa decía que iba a ver un trabajito y mantenía reuniones con ellos, y escribía.

Escribía que los argentinos tenían que saber lo que había pasado, recorría los centros clandestinos, nombraba a sus compañeros detenidos ilegalmente y también a los represores, todo eso lo hacía en cualquier papel que encontraba y luego escondía en el doble fondo de una valija. Cuando recorrió los sitios clandestinos, el propio juez le decía que no hacía falta que recordara con tanto detalle, pero él necesitaba contarlo.

Durante la audiencia en 2006 en el juicio contra Miguel Etchecolatz, ¿el testimonio de Nilda Eloy, cree que fue de suma importancia para condenar al represor?

Todos los testimonios son importantes, el de López sobresalió porque ubicó a varios acusados en el lugar de los hechos.

¿Hay una escena en el libro donde usted relata cuando iba a declarar y ahí que imagina qué sucedió?

El día que desapareció no iba a declarar sino a escuchar los alegatos. Tenía que estar presente porque no había empoderado a sus abogados; una cuestión formal, que había sido decidida en un colectivo. Y sobre lo que sucedió, no lo sé.

Sé que se fue de la casa por sus propios medios, ya que no estaba forzada, muy posiblemente para encontrarse con alguien que no le representaba confianza, pues se llevó un pequeño cuchillo para hacer los menesteres. Pensaba volver y había dejado la ropa para ir al juicio, preparada sobre una silla. Se lo llevaron, eso es seguro.

¿Cree que los testigos como López o como Nilda Eloy hubiesen necesitado asistencia psicológica en los juicios y también la protección de los testigos?

Los dos eran dueños de una fortaleza extraordinaria. Hubiese sido muy complicado plantearles la posibilidad de ser protegidos por la Policía que los había torturado, y quizá se hubieran negado a ello.

Por más que las personas no fueran las mismas, todavía quedaban muchos agentes de policía en actividad que habían pasado por centros clandestinos, por lo que se especulaba también con la posible participación de personal en actividad, liberando la zona, por ejemplo, durante un secuestro.

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¿En 2017, cuando se produjo la película ‘Todos somos López’, se lograron aportar nuevos datos?

La película cuenta un poco el punto de vista de Rubén con el caso y da cuenta de las intervenciones artísticas que hubo, que fueron muchas, y se extendieron por todo el país.

La investigación de Graziano es un gran aporte a la memoria colectiva, cuyo olvido no se puede permitir.

El periodista escribe en su libro que «en la última aventura de su vida, entre la noche del domingo 17 y la madrugada del lunes 18 de septiembre, (Jorge Julio López) le abrió la puerta a la muerte. Salió de su casa con borceguíes y con un cuchillito de hacer los menesteres. Se lo llevaron. Hoy falta y nada más, pero se puede recuperar su herencia y exigir justicia».

Así concluye ‘En el Cielo nos vemos’, que lejos de ser un cierre, viene a representar el principio de una historia que espera su final. Un epílogo a la altura de las circunstancias.

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