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Por Rodolfo Colángelo (rodocolangelo@yahoo.com)

El expresidente Carlos Saúl Menem falleció a la edad de 90 años en el sanatorio Arcos de la ciudad de Buenos Aires después de una extensa trayectoria política que se puede resumir en una oración: de caudillo montonero y admirador de Facundo Quiroga a fiel discípulo de las enseñanzas de Milton Friedman y las recetas neoliberales.

Pinocho riojano

«Si decíamos lo que íbamos a hacer no nos votaba nadie», confesó en una ocasión, ya en ejercicio de la presidencia.

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Carlos Menem, con Zulema Yoma, su primera esposa y los hijos de ambos, Carlos (muerto en un episodio que aún no ha sido esclarecido) y Zulema.

En efecto, su campaña electoral como candidato a presidente por el Partido Justicialista después de ganarle las elecciones internas a Antonio Cafiero se basó en «el salariazo» y «la revolución productiva». Representaba en ese momento la línea histórica del primer peronismo contra la versión socialdemócrata de su contendiente.

Títere del poder real

Apenas ganó las elecciones presidenciales se reunió con la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat, quien le prometió el apoyo irrestricto del establishement si efectuaba «las reformas necesarias», es decir, la aplicación del programa de privatizaciones, la liberación de las importaciones y la concentración de la renta nacional en pocas manos.

En ese encuentro se comenzó a gestar el giro de 180 grados que devino en su programa de gobierno, primero delineado por Ernesto Bunge y Jorge Born que aportó a su gerente, Miguel Roig, para ocupar el Ministerio de Economía -fallecido a los cinco días de ocupar el cargo-, y después armado hasta en los detalles más mínimos por Domingo Felipe Cavallo tras el breve paso de Néstor Rapanelli.

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Carlos Menem y Domingo Cavallo, los arquitectos de la ruina que asola
a la República Argentina desde el amanecer de los años noventa.

La versión calva de Satán

Es preciso recordar que Cavallo fue el gestor de la estatización de la deuda externa de grandes empresas durante su gestión al frente del Banco Central en el final de la dictadura militar. Esto es, las deudas privadas pasaron a ser pagadas por el Estado, o para decirlo de otra manera, por el conjunto de la sociedad.

Menem completó el círculo iniciado por José Alfredo Martínez de Hoz en lo social y económico en la dictadura, y cambió las abundantes patillas a lo Facundo Quiroga por una estética que le valió el elogio de los popes de la moda internacional por su elegancia.

Sus diez años de gobierno llevaron a la quiebra a la industria nacional ligada al mercado interno, y el 1 a1 de Cavallo -la paridad cambiaria entre el peso y el dólar-, le otorgó respiro hasta el final de su segundo mandato, ya que la clase media se ilusionó con una prosperidad ficticia en el marco del «deme dos» en sus viajes a Miami para comprar todo tipo de mercaderías, mientras crecían de manera exponencial la desocupación y la pobreza. Todo esto estalló en 2001, durante la presidencia de Fernando de la Rúa y la gestión -otra vez- de Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía.

El otro presidente olvidado

En apretada síntesis, se puede decir que Menem, cuya presidencia tiene varios puntos de conexión con la de Miguel Ángel Juárez Celman (1886-1890), alias ‘El presidente olvidado’, en muchos aspectos tuvo una trayectoria que Gabriel García Márquez hubiera sabido reflejar en una novela, acaso parecida a ‘El Otoño del Patriarca’.

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Cecilia Bolocco, la última esposa de Carlos Menem, y Máximo, el hijo de ambos.

Es que su vida de caudillo provincial, gobernador riojano, preso por la dictadura militar, sus conflictos amorosos -llegó a echar por la fuerza de la Quinta presidencial de Olivos a su esposa Zulema Yoma-, tragedias como la muerte de su hijo Carlitos, que permanece en un cono de sombras, los atentados a la embajada de Israel y la AMIA, cuyas investigaciones se diluyen en el tiempo, la voladura de la fábrica militar de Río Tercero y los indultos a los integrantes de la Junta Militar, además de sus tratos extraoficiales con foco en la venta de armamento al exterior, merecen un estudio más detallado para el testimonio documental, y también como obra de ficción.

Menem, quien sedujo a los argentinos y argentinas con el eslogan «síganme, que no los voy a defraudar», presenta una variedad de aristas que seguramente será abordada por escritores y periodistas. Con tiempo. En el aire aún se entremezclan los vítores a la Ley 23.928 de Convertibilidad, celebrada por la ignorancia, con el lamento general fruto de la toma de conciencia por la catástrofe socio-económica a la que condujo un cúmulo de decisiones irresponsables.
En tanto, desde su monumento en La Rioja, Facundo Quiroga seguirá observando el horizonte.

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