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Documental Lunas cautivas

Lunas cautivas, historias de poetas presas

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos La experiencia de filmar poesía en una cárcel. El documental ‘Lunas Cautivas’, de Marcia Paradiso relata la vida de reclusas amantes de la literatura.

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Pablo Kulcar (pablokulcar@hotmail.com)

La directora de cine Marcia Paradiso filmó un documental titulado ‘Lunas cautivas’. Allí se ve un grupo de internas de la unidad carcelaria para mujeres de Ezeiza, realizando un taller de poesía. El documental tiene varios premios y rescata una atmósfera que, desde un lenguaje tumbero a una prosa poética, desliza a estas mujeres a un lugar de redención. El arte otra vez rescatando lo que queda de humanidad en aquellos que creen haberlo perdido.

Hoy en día son varias las series que nos adentran en el mundo carcelario y allí las cosas tienen un hilo conductor. La violencia y cierta degradación del lenguaje y la moral. Casi un mundo hecho para la destrucción de todo vestigio de humanidad, en aquellos que con justicia o no terminan allí. Pensar en las cárceles argentinas como un sistema de readaptación social es una quimera irrealizable y tan cruel como el propio contexto social lo permite.

No pedimos más que castigos y no aceptamos que una parte de nosotros esta allí, en silencio, viendo como día tras día se degradan y multiplican. Alimentando nuestros miedos a tenerlos otra vez en las calles, sin ni por un minuto imaginar la posibilidad de algún tipo de readaptación para aquellos que todavía estén con la fuerza para intentarlo.

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Marcia Paradiso, directora del documental Lunas Cautivas

En diálogo con El Café Diario, Marcia Paradiso relata cómo llego hasta la cárcel de Ezeiza para mujeres y cómo volvió con la película terminada.

¿Cómo se gestó la idea de filmar y documentar un taller de poesía en una cárcel?

Empezó con la lectura de un texto ,un ensayo que se llamaba ‘La palabra amenazada’, de una poeta. En él se refería a la devaluación que la palabra viene presentando en los medios de comunicación. Lo hacía desde una cuestión estética e ideológica. Yo soy Licenciada en Comunicación y lo estaba leyendo para un trabajo de la facultad.

Mientras lo hacía, vi un artículo sobre un taller de poesía en una cárcel de Rosario, entonces pensé cómo puede ser que el espacio privilegiado que debería ser el de los medios, con gente formada en el uso de la palabra, esté tan degradado. Y que paralelamente un espacio, en apariencia marginal de todo el sistema educativo y, devaluado, tenga un taller de poesía. Me conecté con la poeta que lo daba y ella me derivó al que se estaba haciendo en la unidad carcelaria de mujeres de Ezeiza.

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Un grupo de internas de la unidad carcelaria para mujeres en un taller de poesía.

¿Inmediatamente sintió que allí estaba un pedazo de realidad que había que documentar?

Sí. Pasado el tiempo comencé el trabajo de investigación que consistía básicamente en ir a la cárcel, conocer el taller. Entonces vi un territorio fértil para indagar desde mi mirada profesional. Me resultó más facilitador el hecho de que fuera una cárcel de mujeres, aunque pienso que la sensibilidad es la misma para todos los géneros. Pero a los márgenes de mantener una convivencia prolongada para la observación del todo el ámbito y sus protagonistas, me pareció más favorable. Tenía que poder entender qué les pasaba, cómo las modificaba en todos los aspectos, además del específico de la escritura y lectura de textos.

Un taller de poesía en un lugar de encierro puede ser algo muy terapéutico, acaso una forma de pasar del otro lado de la reja.

Sí, era eso, cuando empecé a ir era enero del 2011, un calor insoportable para mí, las profesoras y las chicas del taller. Había que tener ganas de estar allí. Se pasaba por una serie de inspecciones y puertas burocráticas que demoraban el ingreso. En el último reducto, al final, en la frontera con el campo, estaba la biblioteca y allí el taller. Las chicas entraban charlando entre ellas pero no demasiado ya que no todas compartían pabellones. No eran lo que se dice un grupo de amigas. Se conocían sólo algunas.

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Póster del documental Lunas cautivas

El primer día me presentaron como una docente que quería filmarlas para un documental, y después de esto comenzó el taller propiamente dicho. Era una maravilla de seriedad, de trabajo. Sacaron sus cuadernos, leyeron lo que habían escrito en función al autor que habían leído la clase anterior, e hicieron observaciones de índole estilístico. Las lecturas las sacaban de libros que el fin de semana habían retirado de la biblioteca para preparar dicha tarea. Allí comencé a mirarlas y pensar “¿estoy dentro de una cárcel?”.

¿Podía sentir que era un ámbito que le era familiar, un ámbito educativo?

Sí. Yo he trabajado en varios espacios dedicados a lo cultural y educativo, y no obtenía ese compromiso y entusiasmo. Era un silencio, una dedicación… Estaban súmamente comprometidas, respetando ese tiempo que les daba la literatura y que ellas mismas se permitían. Así fueron todas las clases. El nivel de análisis y escritura iba mas allá de las probabilidades de cada una. Había chicas con sólo el primario y otras con el secundario. Algunas más adultas habían leído y otras no lo habían hecho antes del taller.

Entraban con un lenguaje tumbero y a los 10 minutos estaban hablando con ese otro lenguaje poético, con una profundidad de lectura que se basaba en escribir, escribir y escribir. Pasaban los meses y pensé “esto es magnífico y no lo estoy filmando”. Pero entonces me di cuenta que eso que pasaba no era sólo producto de un taller.

Eran ellas. Estaba dentro de ellas y se iba a repetir en otras situaciones con otros temas, lecturas o autores. Había algo que tenía su base en ese compromiso que habían asumido allí, con los profesores, y sobre todo con la posibilidad que la poesía les estaba dando de transformarse. No sólo en ese momento carcelario, sino reencontrarse con su interior. En una atmósfera que se iba a repetir a la hora de comenzar a filmar .Y así fue como ocurrió. Los rodajes fueron salteados. A veces una vez por mes, ya que las autoridades nos escamoteaban los permisos.

¿Por qué, porque no lo justificaban?

Ellos afirmaban que la filmación generaba una estigmatización de los protagonistas, cuando en verdad les dije una y otra vez que era todo lo contrario. Ellas estaban orgullosas de lo que hacían. Había un grupo verdaderamente muy compenetrado y tenía una continuidad inquebrantable. Algunas chicas iban y venían segun sus causas penales o situaciones familiares.

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La biblioteca y el taller.

¿Que vio su lenguaje, era diferente según la situación en que se encontraban?

Muchas veces era así. Hoy hay una utilización del lenguaje tumbero que no es ingenuo. Fuera de la cárcel conforma un estereotipo, casi una categoría. A eso suma una violencia extrema que le ponen los programas de televisión. Obviamente que el habla tiene su pertenencia, tiene su motivo y justificación, tienen que ser parte de ese lenguaje, y eso es lo que termina alejándolas de la sociedad. Se transforma en una frontera. Reconozcamos que es un código que marca pertenencia y respeto a la convivencia. Es un sistema de defensa. Sino no pertenecés y eso allí es peligroso.

Yo sentí que a través de la palabra pudieron realizar una búsqueda interior sobre ellas y sobre su familia. También fue una palabra que potenció la capacidad de escuchar, de leer, de escribir, de releer lo que uno mismo ha escrito. O sea, tu vida en un papel. Yo disfrutaba estar allí. Eso que veía, era una experiencia valiosa para mí y para ellas, y el documental vino a contar eso. Y creo que lo logré.

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