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Por Fabián Galdi  (fabisebitomi619294@gmail.com)

Edición: Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

La clasificación es un hecho, Qatar 2022 está ahí nomás y es tiempo de balances. Lo primero que surge y quedó a la vista es que el messismo no tuvo grietas en San Juan. Los días previos al arribo de Leo Messi para jugar con Brasil estuvieron impregnados de la esperanza por acercarse a él, aunque más no fuera a través del contacto visual. 

Un vallado no menor a unos 70 metros de ancho dividía a la gente respecto del acceso al Hotel Del Bono, donde se hospedaba la selección argentina.

Desde esa vereda hasta los ventanales del lujoso establecimiento hotelero había alrededor de unos ochenta metros. Hinchas, sin distinción de edad o género, ocupaban un porcentaje importante de su tiempo libre con la obsesión de que el capitán del seleccionado argentino los saludase o se acercara hasta el límite impuesto por la guardia de seguridad. 

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A toda hora y soportando el calor del lunes y el frío del martes. Así hicieron guardia
los y las hinchas para vivar a Leo. (Gentileza Ezequiel Suárez)

El Diez estuvo instalado en todas partes, sobre todo en el imaginario colectivo de una muchedumbre que rompía el silencio de tanto en tanto para contagiar con su canto en modo letanía, estirando la letra e del apellido: «Meeesi, Meeesi«. Así, como parte de un coro que ensayaba un ritual convocante. 

Desde el restaurante del hotel, a medio camino entre la ansiedad de la muchedumbre y la privacidad en las habitaciones de los futbolistas, se observaba cómo se había generado una exposición de tatuajes «messinistas» entre quienes hacían visible ostentosamente los dibujos artísticos en la piel. 

Messi estaba en modo omnipresente, sin necesidad de hallarse físicamente en el lugar. Y cómo ha cambiado la percepción sobre el astro es un fenómeno apto para que la sociología y la psicología produzcan interpretaciones conforme a su punto de referencia. 

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El apoyo para Sergio Kun Agüero en la previa al partido con Brasil, con un Messi cada vez más
cómodo en la selección y ante el público local, ya en abierto romance con el 10 (Facebook AFA).

El efecto Messi, tarde pero seguro

El efecto Leo tardó demasiado en aceptarse en la Argentina. 

Una muy compleja interpretación acerca de si el crack empatizaba más con el Barcelona que con su país de origen dividió las aguas durante casi poco más de una década. 

A más de un periodista argentino –le consta a este cronista– le preguntaban colegas de otras partes del mundo si era verdad lo que expresaba la gente. Costaba hallar las palabras justas y necesarias para intentar explicarlo. 

Messi arrasaba conquistando todo a su paso con títulos ganados en las competiciones más importantes a escala planetaria, pero aquí, en suelo propio, se había instalado la dicotomía en tono feroz. 

Pudo, quizás, haberse negado a integrar la selección argentina cuando más arreciaba la crítica despiadada. Y no lo hizo: tomó la decisión de dar la cara y sobreponerse a la estigmatización de que era objeto. 

Tenaz y consecuente con sus principios, logró modificar el metro patrón del escarnio hasta reconvertirlo en la piedra basal de su propio renacimiento. Transformó el odio de quienes lo denostaban en un giro copernicano que implicó la aceptación definitiva. 

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A través de su página oficial, FIFA anunció la clasificación a Qatar 2022 con el Diez como estandarte. (Gentileza fifa.com)

Haberlo visto alzar la Copa América en Río de Janeiro constituyó el punto de quiebre que le faltaba. Por eso, apenas asomó su figura el martes 16 en el Estadio Bicentenario de San Juan, los aplausos, cánticos y gritos dominaron la escena hasta que el partido frente a los brasileños dejara un empate en cero, pero también el camino libre hacia Qatar 2022. Allí, en suelo qatarí, Leo será el receptor del sueño argentino más preciado: verlo con la Copa del Mundo levantada y sostenida con ambas manos. 

Cómo no ilusionarte, Lionel. 

Cómo no ilusionarnos. 

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