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Las urnas están preparadas para las PASO del 11 de agosto. (Foto Frente Grande Pcia. Bs. As.)

Las PASO, round de estudio entre la indecisión y el miedo a perder

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos El alto porcentaje de indecisos, la falta de opciones convincentes más allá de la polarización y la carencia de propuestas seductoras de campaña, tiñe a las próximas PASO de mero ensayo de las presidenciales de octubre.

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Por Rodolfo Chisleanschi (elcafediariopuntocom@gmail.com)

BBC Sport, página deportiva de la afamada agencia inglesa, hace un pormenorizado seguimiento de los más importantes combates de boxeo que se llevan a cabo urbi et orbi, lo que la convierte en una excelente fuente estadística. Un rápido estudio permite extraer la siguiente conclusión: de 137 peleas por títulos del mundo celebradas desde el 1º de enero de 2018 hasta la fecha solo 5 se definieron en el primer round, el primer PASO, el que generalmente sirve solamente para detectar estados de ánimo. Es decir, apenas el 3,65 por ciento.

Aunque en principio parezca descabellado, el dato bien puede valer para lo que va a suceder en la Argentina el 11 de agosto. Porque desprovistas de su esencia primitiva, las PASO se han transformado en no mucho más que una escaramuza inicial previa a la gran batalla electoral que tendrá lugar en octubre, con su eventual remake en noviembre. En otras palabras, un típico round de estudio, en el que las posibilidades de nocaut resultan escasas y los contendientes sienten que tienen más cosas por perder que por ganar.

Llegar con “todo el pescado vendido”

Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias es el nombre oculto detrás de una sigla (PASO) con la que se pretendió abrir a la sociedad la posibilidad de elegir a los candidatos a representarla en los diferentes ámbitos de decisión política. Las últimas citas han devaluado la intención original: solo la O de obligatorias sigue cumpliendo su función. Los partidos -o mejor dicho, frentes, alianzas o agrupaciones mutantes que se van modificando de una vez a la siguiente-, llegan con “todo el pescado vendido”, como dicen en España, sin nada trascendente por decidir, más allá de algunos candidatos a intendentes o legisladores locales.

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Alberto Fernández en la Fiesta del Poncho, en Catamarca, hace pocos días.

Esta realidad explicaría, en parte, el altísimo índice de indecisos que marcan las encuestas. Unas encuestas, cabe aclarar, cuya principal característica es la baja fiabilidad a las que se ven condenadas por la citada indecisión y por una metodología que peca de anacrónica y confusa. El uso cada vez menos extendido de la telefonía fija altera de manera sensible variables fundamentales para un muestreo a nivel nacional, como la geolocalización, la edad o la ocupación de las personas consultadas. Y por ahora no se han encontrado alternativas válidas que corrijan esas adulteraciones.

Ausencia de opciones

La otra pata en la que se apoya la falta de definición de más del 40 por ciento de los votantes quizás haya que buscarla en la ausencia de opciones que representen de manera cabal a un sector creciente de la población. Con la invasión tecnológica como aliada, las campañas electorales han derivado hacia una colección de golpes de efecto cada vez más vacíos de contenido. Los especialistas en la materia hablan de apelar a la emoción, a la empatía, a la interacción y otros conceptos en esa misma dirección. O sea, de política, economía, educación, salud, justicia, seguridad, medio ambiente, cultura, ciencia y ‘paparruchadas’ semejantes, mejor ni hablemos.

Más allá de alguna propuesta concreta de Alberto Fernández en relación a los jubilados o las reivindicaciones históricas de la izquierda trotskista (las mismas que vienen repitiendo desde el ‘83), los discursos sobrevuelan los temas y, como los fuegos de artificio, su magia se desvanece en cuestión de segundos.

Nadie dice que las pautas programáticas no existan, pero lo concreto es que casi no se exponen, sepultadas por el mandato de las mentes brillantes del marketing directo. En ese sentido, no hay mejor síntesis que el mensaje de Mauricio Macri pidiendo el voto “sin necesidad de argumentos”. Algo así como un “vótenme por la camiseta”, que no es necesariamente novedoso en el trasfondo (hasta hace bien poco, el peronismo fue más seguidor del escudo que de los nombres), pero que el Presidente ha tornado impúdicamente explícito.

Escriben Martín Rodríguez y Pablo Touzón en su impecable ‘La grieta desnuda’ (Capital Intelectual, 2019) que la clase política que gobernó el país tras la dictadura no supo apreciar, o subestimó, la fractura social que se iba produciendo bajo la superficie de la convertibilidad de los 90 y terminaría estallando en diciembre de 2001. ¿Podría estar ocurriendo que a quienes detentan el poder, entendido en su más amplio espectro, otra vez se les esté “escapando la tortuga”?

Caer en alguno de los lados de la grieta

La gente de todo pelaje que a cinco días de acudir a las urnas dice, tan decepcionada como convencida, que no volvería a apostar por Macri pero que tampoco quiere saber nada “con los otros”, ¿acabará cayendo -por pereza, desidia, aburrimiento o cualquier motivo parecido- en alguno de los dos lados de la grieta? ¿Seguirá mansamente los mandamientos de los medios masivos que llevan una década alentando la polarización?

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Macri con Miguel Angel Pichetto, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, en una toma promocionada como “Boleta completa”

Las opciones por fuera de la bicefalia fueron metódicamente desplazadas hacia los márgenes desde varios meses antes de la campaña. En algunos casos absorbidas por una de las dos veredas –Sergio Massa, Miguel Ángel Pichetto, Martín Lousteau, incluso Matías Lammens-; en otras, abandonadas a su suerte. Pero hablamos de una sociedad que en estos años parió movimientos como el ‘Ni una menos’ o el de los pañuelos verdes, muestras de una transversalidad de nuevo cuño que no convendría soslayar.

Las presunciones teóricas, y las estadísticas de BBC Sport, indican que las probabilidades de sentencia definitiva en el primer round son muy bajas. Todo hace suponer que el 11 de agosto, sin decisiones valiosas a la vista, asistiremos a una vuelta de estudio. Servirá para evaluar cuestiones como el funcionamiento de la nueva empresa encargada de la gestión de la información una vez cerrados los comicios, la dosis de realidad de las denuncias de fraude que se esparcen por las redes o el nivel de acierto de las encuestadoras. Aunque también puede valer para medir si detrás del enorme porcentaje de indecisos, se está moviendo algo que escapa a “los mandos naturales”. No vaya a ser que el lunes 12 estemos hablando de Lavagna y Espert antes que de Macri y Fernández.

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