Madre e hijo en la playa

Madre e hijo en la playa

Las pantallas no son un boleto para irse a dormir

La necesidad de ponerle límites a nuestros hijos en el uso de dispositivos portátiles para que tengan un buen descanso y estén más enfocados cada día.

Por Agustín Dellepiane

Con los avances de la tecnología nos hemos ahorrado múltiples procesos. En muchos aspectos, nuestra vida cotidiana resulta más sencilla. Por ejemplo, con los mails ya no hace falta pensar en poner la carta en el sobre, pagar la estampilla y llevarla al buzón. Pero existen cantidad de procesos que no se pueden ahorrar. Por ejemplo, el de enseñarles a dormir a nuestros hijos.

Dormirse no es tan sencillo, sino que es algo que debemos aprender. No nos vamos a dormir automáticamente. Para irse a dormir, como para irse de viaje, hay que tener un boleto que nos permita pasar del estado de vigilia al de reposo. El boleto es algo que debemos construir psíquicamente para conseguir el descanso.

Son habituales en la niñez los problemas para dormirse. Temores a la oscuridad, miedos a los fantasmas, a los ladrones, a los monstruos. Ruidos y sombras producen que el niño o la niña no quieran quedarse solos y que necesiten estar apoyados sobre sus padres para emprender el viaje.

Franco tiene doce años. Durmió hasta los siete en la cama de sus padres. Cuando lo pasaron a su habitación no lograba conciliar el sueño. No soportaba la oscuridad pero tampoco le servía que prendieran una luz. Con la tv, la tablet o el celular, terminaba tumbado.

Poco después se empezó a despertar varias veces y le costaba volver a dormirse. Los padres se angustiaban porque no lo veían descansar bien. Al estar sumergido en las pantallas tardaba mucho en quedarse dormido y encima sufría de varias interrupciones. A su vez creían que no dejaba de oír lo que pasaba en los aparatos y que eso lo alteraba.

Franco pasó de dormir pegado a su padres a pegarse a la pantalla. Si la elaboración psíquica del dormir debería ser un horno que le dé cocción a ese conflicto, la pantalla es un freezer. El niño no se va a dormir, sino que se queda dormido.

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El sueño llega por distracción y por cansancio. De esa manera, no elabora, no conquista. Porque las pantallas no permiten crear una capa simbólica para ponerle un velo, un borde, a la realidad con la que se enfrenta un niño cuando se va a dormir. ¿Cuál es esa realidad?

Es frecuente la escena de los padres yendo a despedir a su hijos a la cama, como si fueran a despedirlos a un aeropuerto. ¿Por qué se despiden? Porque irse a dormir tiene algo de viaje, de arrojarse al vacío, de entregarse.

La escena comparable más temida es la de la anestesia antes de una operación. En la operación nos entregamos totalmente, estamos en las manos del otro. Lo mismo cuando nos subimos a un avión. Y algo parecido cuando nos vamos a dormir. Para dormirnos debemos confiar en que nos vamos a despertar. O, mejor dicho, debemos utilizar el mecanismo de negación para negar que nos vamos a morir. Irse a dormir nos acerca a la muerte.

Nos hace pensar en la muerte. Es común que, al ver a alguien durmiendo, nos parezca que está muerto. Aunque, para poder dormirnos, no tenemos que pensar en eso, tenemos que poder negar esa realidad, como para subirnos a un avión tenemos que abstraernos de que estamos a diez mil metros del suelo. Lo pensamos y lo dejamos de pensar.

Como en la película La Historia sin Fin, donde los personajes se ven amenazados por La Nada que avanza para arrasar con ellos, los niños sienten algo parecido cuando cierran los ojos. Ni las sábanas los protegen.

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Por eso, para irse a dormir, es necesaria una transición desde el cuerpo de los padres a estar solos. Y esa transición debe ser acompañada por los padres. A ellos les toca donar un boleto, no el suyo, sino la posibilidad de que sus hijos puedan conseguir el propio.

En algunas ocasiones puede ayudar para hacer ese tránsito: compartir un recuerdo, un amuleto, un talismán. En otras, una historia, un juego, cuentos, puntapiés para apoyarse, construir y defenderse del vacío, de La Nada, de los monstruos, de los ladrones, etc. Cuando el conflicto no se resuelve puede prolongarse en el tiempo y quizás sea oportuno investigar qué es lo que está obturando la realización del proceso.

Como Franco, que necesitó hablar y pensar algunos duelos: la muerte de su abuela y la finalización de la primaria, ya que, en su caso, fueron requisitos previos e indispensables para conseguir el boleto.

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Agustín Dellepiane es psicólogo y psicoanalista.

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