La salud del ritual

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos La sociedad se ha acostumbrado a relativizar la importancia del significado de la muerte, y de la pérdida. La necesidad de repensarlo, en tiempos de pandemia.

¿Te gusta? Compartilo
Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por Gisela Ertola (giselaertola@hotmail.com)

Hoy en líneas generales en Occidente y en el mundo capitalista se impone una ética que plantea al sujeto y a la familia como organizador social, una exigencia de estar siempre bien, hacer lo que produzca placer y ocultar el dolor.  Desde esta nueva ética no hay lugar entonces para la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

El deber moral y la obligación social de evitar todo motivo de tristeza y malestar lleva a que esté mal visto mostrarse triste, por lo que se exige la apariencia de sentirse siempre feliz. «Soltar». La función social se ha convertido en prohibir toda manifestación pública del duelo, reduciéndolo a una cuestión privada.

tags

Así, nuestra modernidad reduce la muerte a un acto que puede llevar al sujeto a una pérdida sin comprensión alguna de esa desaparición. Ausencia de rituales, ideas románticas/idealistas sobre la muerte «espero no sentir cuando me muera», hace que se empuje el duelo al acto de una pérdida a secas. El hombre deja de ser hombre, y su muerte queda reducida a un cadáver. La dignidad de la muerte queda literalmente exterminada. El anonimato es determinante en la deshumanización de la muerte, en tanto el borramiento del nombre elimina la inscripción del sujeto.

Discurso social y lugares comunes

Circulan en el discurso social, imposiciones de recuperación/restitución: «nos volveremos a ver». Sin embargo, hay duelo efectuado cuando quien está de duelo, lejos de recibir algo del muerto, lejos de extraer alguna cosa, suplementa esa pérdida sufrida con otra perdida, la de uno de sus tesoros: lo que fuimos para aquel que se fue, y lo que éste fue para nosotros. Deja un vacío, que lejos de taparse o negarse, es propicio darle lugar.

¿La muerte por sí sola, posibilita inscribir, registrar la perdida? Hay un abismo entre la muerte y la subjetivación de una perdida; de hacer posible la perdida de alguien que ha sido perdido.

Los rituales son una sabia y sana elaboración de la experiencia de la muerte. Son dispositivos de subjetivación. No se da una negación ni ocultamiento del hecho de la muerte; se enfrenta a la muerte como parte de la vida misma. El ritual actúa como punto de origen, como un nuevo comienzo, dónde se empieza a poner en juego la pérdida recíproca, posibilitando un trabajo de elaboración. El doliente y su trabajo (trabajo psíquico del duelo) no queda privado del acceso a la vida en su comunidad.

tags

Honor, armonía y tradiciones

Pensemos en los rituales quechuas y aimaras, para quienes la muerte implica el final de la vida física, biológica, pero no de la existencia del alma. La naturaleza es comprendida como un todo del que formamos parte y compartimos la vida. La pachamama cuida al hombre andino y ellos cuidan a la madre tierra. Esta reciprocidad se despliega entre vivos y muertos, en un movimiento permanente que guarda un orden armónico, cíclico, de complementariedad de todos los seres.

Este ritual invita a una cohesión social pluricultural, diversa y conjunta. La unión, respetuosa por la diversidad, la herencia de la defensa frente a la invasión y colonización europea. La integración social permite continuar, sin desintegrarse. Desde el momento es un acontecimiento social, la muerte puede ser subjetivable.

Los ritos mortuorios tienen precisamente la función de acompañar el desprendimiento del mundo de los vivos hacia el mundo de los muertos. Uno está de duelo por alguien que al morir se lleva un trozo de sí. El duelo no es solamente perder a alguien, es perder a alguien perdiendo un trozo de sí. En ellos, cada uno deja al morir esas «millones de huellas», con las que el superviviente debe hacer algo, aunque más no fuera tocarlas.

tags

En la comunidad andina, el Día de los Difuntos las familias reciben las almas de los seres queridos. Se dedican a atender a los difuntos elaborando alimentos como bebidas. En tanta manifestación de cuidado, arraiga en la idea que sus almas cuidan y proveen bienestar a todos, tanto a familiares como a la comunidad, lo que refuerza el compromiso colectivo con la festividad.

De montajes y pérdidas

Lo real de la muerte demanda la inscripción en lo simbólico. Estamos en luto por aquellos seres que tienen para nosotros estatutos de irremplazables, están en relación al vacío. Se hace necesario rearmar un montaje. En los rituales la trasmisión e historia forman parte del entramado, posibilitando una reacomodación significante, que saca al sujeto de la lógica del recuerdo vacío, mortífero. Posibilitando, en cambio, en cada nueva ceremonia la re-inscripción de lo inevitable: la pérdida.

En cada acto del ritual enlaza cada resto de dolor, germinando vida. Algo que de otro modo sería una pérdida pura, a secas. Sin ritual, sin ficción, es un salvajismo que empuja al duelo a un acto mortífero, el de repetición pulsional de la muerte a secas. El entramado, ritualista, podrá ver la luz del fin del duelo. El duelo como acto involucra la dimensión significante, su función es apropiar esa pérdida como falta, y sólo es posible en la recomposición del orden significante. Cada nueva reinscripción, deja un resto, a partir de ese nuevo resto se reanuda el movimiento de subjetivación, propiciando en el sujeto la condición de deseante.

El duelo le impone al aparato psíquico una exigencia de elaboración de un costo enorme. Este trabajo demandará un tiempo subjetivo. Esta tarea es a la vez social-cultural, del sujeto y su entorno. En ella, lo particular del ritual permite inscribir esa ausencia a la que se enfrenta el sujeto, posibilitando una posición subjetiva hasta entonces desconocida y singular.

¿Te gusta? Compartilo

1 comentario

Añade el tuyo

Me gusto el articulo, para quedarse pensando si en esta mosda de que todos se ¨muestren¨ felices en instagram estan mal vistas las perdidas, la tristeza o estar mal

Deja una respuesta