Pareja en un bar.

Pareja en un bar.

La mesa del fondo, un relato de Gabriela García

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos Delicioso relato sobre la búsqueda, el desencuentro y el encuentro, en un tiempo anterior a Tinder, Happn, Badoo, Meetic y Loventine.

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos

Por Gabriela García

Llevaba varios años separada y ya estaba con ganas de conocer a alguien con quien recuperar mi vida de mujer. No madre, no chofer, no hija. Mujer. Esperé sin éxito durante meses que alguna amiga me presentara al vecino, al hermano, o al amigo del compañero de oficina del primo. Nada. Nadie. Tampoco tuve uno de esos encuentros casuales que describen algunas suertudas en el sector de vinos del supermercado; pero fue sin duda porque no tenía las antenas en estado de alerta y, sencillamente, no miraba a nadie.

En ese tiempo no existían Tinder ni Happn, no había escuchado hablar de match.com ni de alguna otra plataforma para buscar pareja. Pero en un programa de radio que escuchaba a la mañana oí que pedían que la gente sola, en busca de pareja, escribiera para tratar de hacer un “encuentro de almas a través del éter”. O algo así.

Con mucha vergüenza, pero sabiendo que era casi mi única alternativa, me presenté como “la morocha argentina”, esa fiel compañera “gamba” para todo. Y agregué que buscaba un hombre con su situación emocional y económica resuelta. Así lo pedían todos y me lo copié en mi carta. Me pareció lógico, porque no tenía ganas de sumarme problemas o nuevas preocupaciones. Ya tenía bastante con lo mío.

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Como “la morocha argentina” recibí una docena de mails con ganas de conocerme. Descarté al guardavidas veinteañero que, de cada tres palabras, cometía errores de ortografía en dos. También al sexagenario que se sentía horriblemente solo, y al que vivía a 160 kilómetros de mi casa. No le respondí al casado con tres hijos que buscaba una aventura apasionada ni al que se moría por saber si yo usaba tanga o culotte.

A los demás les respondí uno por uno y también me encontré a tomar un café. Primero, con el pediatra petiso que me llegaba al hombro. Sus encantos no fueron lo suficientemente convincentes como para hacerme olvidar mi preferencia por los altos grandotes entre cuyos brazos poder cobijarme. Con el vendedor de autos que se puso a llorar porque extrañaba mucho a su mujer y a sus hijos. Y con el sesentón de peinado raro que, sin disimulo alguno, me relojeaba las piernas por el costado de la mesa, con una mirada un poco turbia.

Con el último de la lista me encontré una tarde de invierno en un pub de San Isidro que ya no existe. Hoy es una cervecería. Habíamos hablado por teléfono y sonaba cálido y varonil. Sabía que era divorciado, con una hija adolescente, ex rugbier. Seguramente sería alto y grandote. ¿Podría, con el tiempo, cobijarme entre sus brazos como yo quería?

Con miedo y curiosidad, entré al lugar. Había unas pocas mesas ocupadas con parejas, cerca de la chimenea encendida. Al fondo, en una mesa redonda, un hombre solo. Sentí algo en el estómago, como ese vértigo que te agarra cuando entrás en la bajada gigante de la montaña rusa. No podía ser más buen mozo. ¿Era él? ¿Era el “mío”? ¿Podría yo tener tanta suerte? Respiré hondo, me acerqué a la mesa y me presenté.

Sentáte –me dijo–. Tenía muchas ganas de conocerte.

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