Maradoniana de Villa Soldati, olla popular que se pone la 10

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos En el Club Sportivo Varela cada sábado se prepara guiso para todo Villa Soldati, en lo que ellos denominan la olla Maradoniana. El rol de los clubes de barrio.

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Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

Por Daniel Alejandro Vásquez (danielalejandro.vasquez02@gmail.com)

En el contexto actual de crisis, los clubes barriales no tienen respiro. A los tarifazos del gobierno anterior que los dejó golpeados, se les suma la pandemia de COVID-19. En este contexto, aún sin contar con ayuda por parte del Estado a causa de trabas administrativas, se ponen la camiseta y juegan para el mismo equipo, ayudando a su gente ofreciéndoles una olla popular cada semana. La gran mayoría son invisibilizados a pesar de ser las instituciones que mueven agrupaciones sociales, lo que los convierte en actores fundamentales del movimiento de cada barrio.

La olla Maradoniana para el barrio

Al mediodía y con 15 grados de temperatura, desde el cruce de las calles Castañón y Corrales del barrio porteño de Villa Soldati, se pueden ver alrededor de 40 personas una detrás de otra. La realidad económica de un país golpeado por la pandemia hace fila en la puerta del Club Atlético Sportivo Varela.

«Todo lo hacemos a pulso», señala Sergio Amannato, el presidente del club, mientras se acomoda el barbijo. «Nosotros nos debemos a la gente del barrio y debemos ayudar a nuestros vecinos», afirma con seguridad. Se trata de otro sábado más en el que la institución cambia las arengas deportivas por el sonido de ollas. En el que ocho profesores, con la ayuda de algunos alumnos del lugar, se encargan de darle vida a la décima olla común bautizada como ‘La Maradoniana’. Todos con sus respectivos tapabocas con el logo del club, se mueven rápido por el establecimiento para comenzar la acción en una jornada solidaria.

Antes un metegol, ahora una olla

En donde antes había un espacio para mesas y un metegol destinado al uso de los socios, se improvisa una cocina y se disponen dos ollas enormes sobre una hornalla. La planta baja se despeja para la circulación rápida de las personas, que van y vienen con viandas. En el primer piso, por la falta de socios, sólo se ocupan los baños.

En sus paredes, mitad amarillas mitad blancas, además de banderas argentinas, escudos del club y posters dan cuenta de los logros de sus alumnos. Se suman las advertencias sobre el coronavirus. Al observar el espacio, da lástima pensar que el único lugar que hoy yace sin vida es la cancha.

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El personal del Club Sportivo Varela, listos para preparar la olla Maradoniana.

«Una hora más en el club, una hora menos en la calle», luce un escrito en una de las paredes de la cancha. Hoy, como tantos sábados, más allá de un juego de palabras o una frase para la galería, es un hecho. Se deben a su barrio y a cada persona que lo integra. Aquí se reparte cada ración con la mano, pero se cocina con el corazón.

Guiso de lentejas para todos y todas

La jornada benéfica en honor a Diego Armando comienza a las 13 horas. La bitácora de cada vianda parte de la olla, después es llevada hasta una hilera de mesas puesta a metros de la puerta, y finalmente se entrega en las manos de cada persona.

Se abren las puertas del club. El profe Gastón Quiroga y Cristian Torcha están en primera fila recibiendo los recipientes. Diego Amannato, hermano del presidente del club, hoy con el mandil de chef, agarra el cucharón y revuelve el guiso humeante de lentejas. El olor de la comida inunda el lugar.

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Vecinos de Villa Soldati retiran su vianda cada sábado.

«Explota esto, che», celebra guiñando un ojo un joven mientras se apresta a servir otra vianda. De fondo suena ‘Bebamos de las copas lindas’, del Indio Solari. Así comienza el desfile incesante de raciones para los vecinos del club.

«Tome señora, llévelo con cuidado que la tapa está medio floja», advierte Cristian Torcha a Irma. Ella, costurera de oficio, se quedó sin trabajo por la pandemia y al tener a su marido enfermo está obligada a paliar la situación de alguna forma. Irma asiente con la cabeza, da las gracias y se va a almorzar con su esposo.

Después de tres horas, termina otra olla común con más de 600 viandas repartidas en el club Varela. Por décima vez se lavan cacerolas en lugar de camisetas.

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