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La importancia del factor humano

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos La pandemia por COVID-19 expone al sistema. El mundo, ante la necesidad de volver a darle importancia al factor humano.

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Por Roberto Martínez (elcafediariopuntocom@gmailcom)

El brote de COVID-19, la consiguiente pandemia que se expande desde el 17 de noviembre de 2019 con epicentro en Wuhan, China, y que afecta ya a 185 países del mundo en los que el coronavirus ha provocado el anuncio oficial de 1.696.139 personas contagiadas, con la muerte de 102.669 de ellas (a las 0 horas de este sábado 11 de abril de 2020), representa un punto de restauración crítico para el planeta. Un reset obligado para devolverle la importancia al factor humano. Como el que se debe aplicar en un ordenador para sanear algún desperfecto a fin de encenderlo para que recupere su dinámica.

Llegados a este punto, dando un paso atrás para observar el cuadro de situación alrededor nuestro con vista periférica, a los argentinos debe reconfortarnos que el presidente Alberto Fernández priorice la vida por sobre cualquier otra actividad, porque “la economía, o un punto del Producto Bruto Interno se recupera, pero las vidas que se pierden, no». Fernández ha comunicado la extensión de la cuarentena con la empatía y la paciencia acostumbradas y, en su caso creíbles, más allá de las presiones que recibe a diario para flexibilizar el lockdown derivado del contexto.

Con todo, una revisión a vuelapluma de lo que ocurre por estos días en la República Argentina expone como nunca antes el egoísmo de los avariciosos, la codicia de un escaso grupo de tipejos que se perciben a sí mismos como los dueños del país y del destino de millones de personas.

Paolo Rocca despide a 1.500 personas en Techint. Marcelo Marino, CEO de Acindar desde enero de 2018, está detrás del anuncio de rebaja salarial al 65% de los operarios, múltiples suspensiones y despidos masivos del plantel de empleados. Son dos nombres propios y dos empresas puntuales, pero la conducta se repite. Se trata de personajes que juegan al Estanciero con miles de argentinos como botín, más allá de estar acostados sobre un colchón de millones de dólares. Sólo porque pretenden más. ¿Dejan de tener ganancias en su carrera alocada por continuar acumulando patrimonio para destacar entre los de su clase? Nunca. Pueden ganar un poco menos. Pero jamás pierden.

Dos verdades

Más allá de que la ecuación no se modifica desde hace decenios porque el sistema que rige es el que es, y porque la ambición desmedida de unos pocos lo está llevando al colapso global económico y financiero, la crisis actual coloca el foco sobre otras dos verdades a todas luces.

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La primera, la necesidad absoluta de establecer pactos y castigos. Pactos para bajar aranceles a todo nivel de forma tal que se estimule un pago racional, controlado, sensato y general de impuestos que evite el déficit fiscal histórico recurrente en las arcas nacionales. El Estado es necesario y esa necesidad la expone este contexto de pandemia e incertidumbre. Pero cuando hablamos de Estado, hablamos de un Estado eficiente.

Y castigos para los ‘vivos’ que buscan lucrar a base de la necesidad y el sufrimiento de la gente, como ha sucedido con quienes aumentan indiscriminadamente los precios en los comercios, y para quienes evaden obligaciones fugando auténticas fortunas al exterior. Si el Gobierno ha prometido ser implacable en ese sentido, que lo sea con responsabilidad, y que la Justicia alcance a todos por igual. Es hora de terminar de una vez por todas con el descrédito, con la manipulación y con la mentira.

La segunda, que es el trabajo de las personas lo que produce la riqueza de las empresas, y no la (in)capacidad de trabajo del insensible opulento de turno lo que sostiene su nivel de vida y la estructura de la/las empresa/s que comanda. En la nueva era que se abre, la filosofía de Marcos Galperín sobre los empleados de una empresa, atrasa. Podrán modificarse sus funciones por una cuestión lógica del avance de la tecnología, pero la fuerza humana será siempre necesaria en cualquier emprendimiento, como lo fue también en la expansión de su ‘Mercado Libre’.

El motor del capital

Esa es la razón por la que los grandes intereses presionan al Gobierno para que se recupere lo antes posible la actividad normal de producción, aún a riesgo de que crezca exponencialmente el número de decesos durante la pandemia. Porque, ausentes quienes producen el crecimiento de su patrimonio, no hay Estanciero al que jugar y la carrera por la acumulación se detiene. Porque no conciben la vida sin la posibilidad de ganar cada día más.

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Lo mismo ocurre en otras partes del mundo. En España, donde los inmigrantes han sido despreciados en los últimos años, ahora se vuelve a necesitar su implicancia para la recuperación económica en varios sectores en un país que ya cuenta 16.081 muertos a causa del coronavirus.

Regresando al plano nacional, el juego de presiones con el que unos pocos dueños buscan someter voluntades en La Rosada marca, al final, una realidad. Que no hay riqueza sin empleados que la produzcan, y que no hay evolución posible sin una cadena racional de trabajo. El contexto actual es un llamado a la solidaridad. A priorizar el factor humano. Ojalá que quienes están decretando con una simple firma el descarte de miles de sueños desde detrás de un escritorio, como quien pasa un trapo para limpiar una mota de polvo sobre un mueble de madera, acaben dándose cuenta de que cuando se mueran -porque morirán, a causa del coronavirus o de lo que sea aunque se crean eternos-, no podrán llevarse al otro lado ninguna de las riquezas materiales que con tanta avidez buscan acumular en vida.

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