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La «fast fashion» y el diseño sustentable

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Por Bárbara Guerschman (barbara.guerschman@gmail.com)

Dentro del universo de las adicciones, hay una vinculada específicamente con la moda y el consumo, la ‘fast fashion’, que experimenta Rebecca Bloomwood en la película ‘Confesiones de una adicta a las compras’ (‘Confessions of a Shopaholic’, 2009), dirigida por P. J. Hogan y basada en la novela homónima de Sophie Kinsella.

En una escena, la embelesada Rebecca desea fervientemente comprar una chalina verde, aunque es consciente de sus deudas, consecuencia de sus compras continuas. En su diálogo imaginario con un maniquí, se expresa la pugna entre la compulsión y la contención

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Isla Fisher, la protagonista de la versión cinematográfica del libro ‘Confesiones de una compradora compulsiva’.

Esta adicción supone la compra compulsiva de mercancías también llamada oniomanía. Se trata de una adicción que no está aislada del sistema de la moda en el cual vivimos, al cual hace referencia la socióloga Eugenia Correa con la expresión «fast Fashion», mencionada al comienzo de este artículo.

Cambia, todo cambia

El mundo ha sido transformado irremediablemente por una pandemia global, por los regímenes de distanciamiento social implementados en diversas urbes en 2020 y 2021, y la moda no ha logrado evadir el efecto paralizador que ésta ejerce sobre las economías.

Como un movimiento social, tímido aunque persistente, en el contexto de estos radicales cambios económicos, emerge el diseño sustentable, el objeto de estudio de Eugenia Correa a partir de 2012, doctora en sociología e investigadora adjunta del CONICET.

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Eugenia Correa, doctora en sociología e investigadora adjunta del CONICET.

Este tipo de diseño supone una concientización acerca de la forma en la cual se producen las mercancías y los recursos implicados en tal elaboración. Sobre todo, de las condiciones humanas en las cuales se desarrolla dicha producción, entre las cuales se cuenta la ropa a la cual no puede resistirse Rebecca.

Si ella estuviera al tanto de cómo se producen, no sólo se preocuparía por los gastos en su tarjeta de crédito, sino más bien por los efectos de ese consumo a nivel global, expresados, por ejemplo, en la cantidad de residuos.

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Cuesta pensar en la relación entre la ecología y la ropa, pero esa conexión debe ser revisada.

Sostenibilidad y sustentabilidad

Al adentrarse en el estudio del diseño sustentable y realizar entrevistas a diseñadores que llevan a cabo emprendimientos de diseño, Correa se dio cuenta de que no podía dejar de contemplar la influencia que ejerce la moda en estas empresas. Aquí, su palabra en diálogo con El Café Diario.

¿Qué es la ‘Fast Fashion’?

Es todo un sistema demasiado arraigado que se mueve por la producción de tantas colecciones por año, entre 40 y 50 colecciones por año, las macro y las micro temporadas. Recién ahora hay grandes marcas que están empezando a generar conciencia y a llevar a cabo algunos tipos de acciones. Por ejemplo, Tom Ford sacó un concurso donde invita a diseñadores a participar y a buscar soluciones al acumulamiento del plástico.

Se dice que la moda es una de las industrias más contaminantes. ¿Es así?

Dicen que es la segunda industria más contaminante en términos de uso de recurso del agua. En realidad, es difícil establecer un ranking de la industria que contamina más, porque también está la industria ganadera, a la cual también se la señala como la primera o segunda industria más contaminante.

¿Qué pasa con la industria textil?

Impone un modelo de venta, producto y consumo masivo que no contempla los ciclos de la naturaleza ni la cantidad abarrotada de prendas, de la cual se consume una mínima parte. Uno dice: «bueno, se dona», pero lo que se dona a países en desarrollo es muy poco.

Hay prendas que se terminan incinerando para no ser copiadas, contaminando todavía más porque son textiles en cuya composición hay químicos que no son tintes naturales. Uno no termina de entender ese descalabro y esas desigualdades cuando uno piensa «en algunos lugares hay niños que no tienen calzado para ir a la escuela».

¿Es posible que las cuarentenas implementadas el año pasado, con la paralización de la economía que trajeron aparejadas, hayan contribuido a frenar en parte este sistema de fast fashion?

Lo que generó la pandemia fue bastante crudo, un parate a nivel mundial expresado en un cierre masivo de tiendas, fábricas y talleres. Eso hizo que las marcas crearan nuevos canales de venta online y llevaran a cabo desfiles en formato digital para acomodarse a esta nueva realidad sin perder visibilidad.

En los países donde está concentrada la mayor cantidad de los talleres de confección, de un día para el otro dejaron de hacer pedidos y eso significó despidos masivos de trabajadores textiles. Una de las tantas caras de la grave situación que rodea a la industria textil. Pero no hubo un replanteo profundo para generar algún cambio al nivel del modelo de producción del cual hablaba antes, contemplando los efectos de dicho modelo a nivel del impacto ambiental.

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La pandemia obligó a las marcas de moda a pensar formas de comunicación online, como canales de ventas para las compras y desfiles por streaming.

¿Sostenibilidad y sustentabilidad son sinónimos?

Sustentabilidad apunta más a algo concreto, como un emprendimiento o un material.  Y la sostenibilidad se relaciona más con el proceso en sí, que tiene dimensiones culturales, políticas, locales y regionales.

En Argentina se habla de sostenibilidad como sustentabilidad y no está mal. En mi investigación, me puse primero en contacto con diseñadores industriales que contemplaban la sustentabilidad, basada en el área social, ambiental y económica. Cuando hablo de social, hablo de contemplar las condiciones de trabajo, con las medidas de comercio justo (fair trade).

¿Qué sucede con el ambiente?

Respecto a lo ambiental, se trata de respetar los materiales porque a veces se dice «trabajo con materiales ecológicos», pero cuando se ve todo el proceso, hay que fijarse en cómo se extrajo el material y cuáles fueron las condiciones de trabajo.

Hay que tener en cuenta la trazabilidad, es decir, desde que se extraen las materias primas, todo el recorrido hasta llegar al usuario cuyo rol, justamente, es importante a nivel de impacto: brindarle información para que la prenda tenga una mayor vida útil, es decir, para que sepa cómo desecharla y/o reciclarla.

Sostenerse y certificarse: los emprendimientos

En lo que respecta a Argentina, ¿cuáles son los obstáculos que experimentan los emprendimientos sustentables para bancarse económicamente como empresas?

Tienen bastantes obstáculos. Hay una cuestión que siempre está en debate: «hasta qué punto un emprendimiento puede ser sustentable». Por ejemplo, ver si trabaja con condiciones dignas de empleo y con materiales nobles pero, por ejemplo, tiene un método de distribución que supone una huella de impacto o se desconoce de dónde proviene su materia prima.

Acá hay emprendimientos que trabajan muy bien, con respeto por el ambiente, la naturaleza y valores éticos en cuanto a condiciones de trabajo, pero es difícil contemplar todas las variables. A veces se trabaja con materiales orgánicos, pero que tienen una alta huella hídrica, o con tinturas que no son naturales, o no se contempla la posibilidad de alargar la vida útil de los productos. En cuanto a los obstáculos, hubo emprendedores que no pudieron sostenerse en el tiempo por las dificultades económicas o para conseguir el material. Cuesta conseguir algodón orgánico, que no se produce acá porque es muy caro y se prioriza el cultivo convencional. Hay muchos obstáculos también para obtener las certificaciones que permitan producir determinado material.

¿Algún ejemplo?

Hay un emprendimiento, Stay True Organic, que está presentando proyectos para trabajar el cáñamo prohibido en la época de la dictadura. Tendría que revisarse el potencial de ciertas fibras para trabajar textiles y generar recursos a nivel institucional para investigar en materiales innovadores. En lo que es sustentabilidad, se va haciendo un camino pero de forma  lenta por falta de materiales y personas que los puedan trabajar.

Frente a la chalina verde, Rebecca se debate en 2009 por las consecuencias que puede generar la compra en su resumen de la tarjeta. Si hubiese leído esta nota, iniciado el siglo XXI signado por el cambio ambiental, Rebecca seguramente tendría en cuenta la trazabilidad de la chalina, dónde fue confeccionada y en qué condiciones.

Al comprarla, y contemplando la sustentabilidad, se preguntaría finalmente qué pasa si la desecha en términos de los efectos en el ambiente.

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