La caída

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos Un descenso insospechado. La mente y sus artilugios. Desenfreno. La caída y un nuevo mundo de sensaciones de la mano de Martín Patric.

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Por Martín Patric (sucremartinpatric@gmail.com)

La noche declaraba su tranquilidad rodeada por una serenata delicada, intermitente, de una orquesta diminuta; entre las hojas y las delgadas ramas que bailaban por encima de las piedras absorbentes. La luna sobrevolaba como una bomba plateada, radiante y congelada, atrayendo al agua inabarcable que descansaba en las profundas cavidades del planeta.

Desde muy lejos avanzaban las nubes dibujadas por las ráfagas del viento. Una criatura silenciosa se arrastraba entre la superficie del desierto, que tragaba carreteras olvidadas cada mañana. Descendía lentamente el rocío de la madrugada sobre los pétalos abiertos, hasta convertirse en alas elevadas.

Yo entregaba encomiendas muy pesadas para mi esqueleto, y respiraba la frescura salvaje de unas flores púrpuras, mientras recuperaba el aliento. Yo subí las escaleras de carbón para reunirme con el dios eléctrico, un monarca altivo y colérico, que adoptaba la forma de un águila arpía y poseía la voz del trueno.

Invoqué su presencia olímpica al mediodía con la melodía grave de mis cuerdas, después de haber llevado al límite mis órganos descongelados; el poderoso me otorgó el don de la inmortalidad a cambio de mis sentimientos.

La caída. Desperté en la selva acústica, durante la marcha sigilosa de los ciervos fugitivos, con la sensación de haber anulado mis dolencias y purificado mis sentidos.

Contraje la amistad de una bestia noble y formidable: un gorila paternal que llevaba el rastro lunar, como un resplandor mágico en su espalda. Me enseñó el origen de la libertad y el arte de la botánica.

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Disfruté mi nueva identidad, inmune a los peligros y a la enfermedad, pero. De repente escuché un temblor, provocado por la estampida de unos elefantes aterrados. Los cazadores de aves se habían infiltrado en el paraíso inexplorado, podría decirse que eran hombres mortales, si no fuera porque sus piernas parecían separadas de la tierra por unas espesas columnas de humo.

Fui a persuadirlos de abandonar mi territorio, me miraron con sus ojos azules sin brillo y sonrieron, mostrando sus dientes amarillos, antes de negarse y pronunciar que habían derrocado al soberbio dios de las alturas.

Yo vi el cadáver del águila milenaria colgando del pescuezo, como un trapo grande y sucio, oprimido entre la mano acorazada de un intruso.

La caída. Las nubes cayeron a la tierra, sin lluvia, y se mezclaron con el paso humeante de los cazadores. A corta distancia me amenazaron con sus rifles, yo los desafiaba sin temor valiéndome de mi juventud ilesa y vigorosa. Tenía la certeza de vencer, pero no quería reinar sobre nadie.

Esperaba que se retiraran después de comprender la ineficacia de su ataque. Tras el chasquido de sus lenguas, detonaron sus armas espantosas contra mí. ¡No!

Mi amigo primigenio se interpuso al explosivo, permaneció de pie y dispersó a la niebla con un rugido iracundo; de una embestida derribó a los espectros caucásicos. Ellos se dispersaron liberando un coro de carcajadas.

Yo acompañé las últimas palpitaciones de mi amigo agonizante, recuerdo sus lágrimas exiguas sumergiéndose en un río de sangre indeleble. En vano me esforcé a reanimarlo. Yo no pude llorar; mis sentimientos yacían extinguidos en los restos lamentables de un pájaro inerte, como el símbolo de un antiguo dios caído.

La luna descendió a los manantiales, el cuerpo abatido del primate desapareció en ese momento. La caída. Los asesinos se quedaron, erigieron un reino acorde a su carácter árido y sombrío.

Yo permanezco encadenado, torturado por una memoria infinita, forzado a trabajar sin descanso la tierra de los muertos. En mis sueños viene a visitarme una mujer desconocida, aparenta la figura de una diosa fértil y amorosa. Viene a devolverle a mi corazón humano sus facultades naturales, para cambiar la historia.

He prometido que, al despertar, la ira me prestará su ayuda suprema y consagraré mi fuerza ilimitada contra la falsía y la opresión de los tiranos.

Ganaré los divinos favores del amor y regaré con mis lágrimas las tierras arrasadas, hasta ver reverdecer la vida trémula y confiada, brotando de una cáscara reseca.

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