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Johanna Magalí: «Vivir con un solo riñón no me impide ser feliz gracias a la danza»

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por Liudmila Pavot Guibert (liupavot@gmail.com)

Editado por Cecilia Oliveros (ceci_oliveros@yahoo.com.ar)

Johanna Magalí es una instructora de danza que desafía las limitaciones de una paciente con trasplante de riñón a causa de una fibrosis hepática y poliquistosis renal, haciendo lo que le apasiona: enseñar a otras mujeres a empoderarse mediante el baile.

Pasar indiferente por la plaza y no desviar la atención hacia el grupo de chicas que danzan como diosas africanas, es imposible. Sin darse cuenta, el cuerpo responde a las indicaciones de Johanna la instructora, una joven que ama enseñar, comunicar y conectar con su entorno a través de la danza.

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Presentación de Johanna y su grupo en el Encuentro de Mujeres Originarias.

La pugna entre estudiar, hacer una carrera, ostentar un título y darle rienda suelta a su vocación, llevaron a Johanna a dejar y retomar la danza en disímiles ocasiones, hasta que en 2013 decide formarse como Instructora de Salsa y Ritmos. Desde entonces, se supera de manera constante mediante seminarios, cursos y talleres que aportan a su crecimiento profesional.

«Realmente el instructorado no me ayudó a  desenvolverme en las clases, pero yo estudiaba Educación primaria, me salieron suplencias y estando en el aula empecé a entender cómo enseñar, así que después lo llevé a los espacios de baile», comenta.

La Instructora que cambia vidas

Entre talleres y clases particulares Johanna llega a la Subsecretaría de Educación y Cultura, en la Municipalidad de Moreno, donde se desempeña como instructora de danzas afrocubanas y brasileñas, y confiesa que estos ritmos han atravesado su vida desde que era muy pequeña.

“Ahora estamos trabajando los Orixá, es lo que más les gusta a mis alumnas. Se sienten muy identificadas con esto de la mujer empoderada, mujeres a las que nos atraviesan las energías, que queremos ser… nos queremos mostrar», indica.  

Respondiendo a la convocatoria que lanzara la Casa de Cultura Municipal, siete féminas integran actualmente el taller que imparte Johanna, quienes durante el año y poco que ha transcurrido viviendo en pandemia han alternado entre la virtualidad y presencialidad, siempre que ha sido posible.

En las clases, la joven Instructora enseña Rumba, Guaguancó, Yambú, e introduce algo de musicalidad para lograr mayor comprensión de la danza. E incita al estudio de los personajes mágico-religiosos para una mejor interpretación.

«Me gustaría  tener un espacio donde pueda dar todo lo que sé, compartirlo, mostrarlo. Quiero vivir y trasmitir el significado de disfrutar el arte», revela.

La pasión no conoce límites

La familia es el apoyo fundamental que tiene Johanna. Su madre impulsa cada emprendimiento que encara la bailadora, como suele autodenominarse. Su padrastro cuenta con el merito de hacerla descubrir la maravilla de la danza y empezar a transitar dicho camino.

Al interior del hogar, Johanna Magalí tiene todo para cumplir cada detalle de su sueño en el mundo del arte, pero su salud le pone límites que intenta derribar a fuerza de voluntad, siendo una paciente trasplantada hace exactamente 17 años.

«Mi madre y mi padre biológico, ambos, eran compatibles conmigo. Cuando llegó el momento de ser trasplantada, mi padre no accedió a ser donante porque priorizó su trabajo. Sin embargo, mi madre no lo dudó un instante y desde entonces vivimos las dos con un solo riñón», narra.

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A la izquierda, Johanna Magalí, instructora.

No obstante, Johanna asegura que es justamente su condición de salud lo que hace que sobredimensione la danza, pues cuantas veces estuvo en situaciones difíciles, en el baile pudo encontrar la razón por la cual seguir y hacer lo que le apasiona. Le impregna calidad a su vida.

«No me considero profesional, no me considero bailarina, digo que soy bailadora, yo bailo lo que sea», afirma.

Johanna ha llevado su arte a Uruguay y Bolivia, pero confiesa que bailar en Cuba y Brasil, es su meta. Sentir las energías de esas tierras de las cuales bebe su cultura religiosa y danzaria sería fundamental para su superación.

«En el mundo de la danza me defino como Oxum y Xango. Soy la fiesta, el baile, la diversión, el calor. Me gusta estar entre las personas, compartir, divertirme. También soy muy de enseñar, socializar, de dar lo que tengo», expresa.

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Johanna, danzando. Pura pasión.

Durante 5 años como instructora, muchas han sido las experiencias personales y profesionales de Johanna. Cada una de ellas le ha reafirmado que la danza es el oasis en su desierto, y que enseñar y trasmitir lo que sabe la llevan al punto cumbre de su existencia. 

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