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Ingrid Guardiola, Marina Garcés, diálogo de lujo en la Feria del Libro

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos Referentes de la cultura catalana, la cineasta Ingrid Guardiola y la filósofa Marina Garcés desmenuzan comportamientos sociales inherentes a la época actual.

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Por Roberto Martínez (8.roberto@gmail.com)

La Feria del Libro siempre depara emociones, regala placeres y satisface gustos. Las sensaciones llegan en orden aleatorio y puntual en la edición 2019 durante el diálogo con Marina Garcés, filósofa, ensayista y escritora prolífica, y con Ingrid Guardiola, cineasta, realizadora y productora cultural. La presencia protagónica de Barcelona como ciudad invitada ha hecho posible esta conversación tras el evento en el que han participado junto al sociólogo argentino Eduardo Grüner.

“No existe una autenticidad del ser humano”

Marina, ¿por qué está convencida de que no existe un espíritu auténtico en el ser humano?

En la conversación que hemos tenido con Ingrid y Eduardo Grüner he hecho una defensa de la inautenticidad de la vida humana combatiendo esa creencia de que hay un ser auténtico alojado dentro de cada uno de nosotros y que toda apariencia es perniciosa o es peligrosa. Yo creo que la vida humana y su riqueza existen gracias que somos grandes constructores y creadores de buenas apariencias también. Es decir, de maneras de aparecernos y por lo tanto de presentarnos y de estar con nosotros y con el mundo, con aquellos que nos rodean. Y que el deseo de autenticidad, de que todo es mentira menos algo último en el fondo de nuestro ser, en realidad es un anhelo de trascendencia que está en la base de muchos pensamientos reaccionarios.

¿Qué es la vida si no una celebración de la inautenticidad? Cuál es, quién es mi yo auténtico. ¡¡No lo sé!! Vivir es explorar y recrear esos distintos yoes que atraviesan y que conviven en mí, y eso para la vida colectiva también. Es decir, cuál es la autenticidad del ser argentino, o mujer, o blanco, o… son preguntas esencialistas y peligrosas. Pienso que lo interesante es ver qué es lo que podemos ser, ver, hacer, transformar y recrear. Siempre se dice que a las demás personas no las conocemos en su totalidad. Pues exactamente. Es así.

Estados Unidos y la cultura de la ruina

Ingrid, ha resultado sorprendente que haya subrayado la capacidad de Estados Unidos de provocar y amenazar con la ruina, de arruinarlo todo. ¿A qué se debe?

Yo analizo la producción de imágenes, sobre todo mainstream y el circuito de cine comercial, y se evidencia en los últimos años una presencia excesiva de universos o de contextos ficticios basados en la ruina, en un mundo en ruinas y al quehacer en este contexto como apocalíptico. Es un imaginario apocalíptico. Creo que Susan Sontag ya hablaba de este tipo de películas en los años 60, imagínese que aún estamos en ello.

Y también es una cosa como muy cultural porque, primero, es esta cuestión de la creación destructiva de (Joseph Alois) Schumpeter, que para poder generar más mercancías, más productos, más edificios, se necesita destruir. Es el concepto de este economista. Como Estados Unidos además es una tierra enorme, con muchos kilómetros, la ruina no es señal de alerta, no es amenazante digamos. Sólo falta desplazarte un poco más y rehacer el asentamiento o lo que sea, y entonces lo permite.

El mal de la sobreinformación

¿Por qué sostiene, Marina, que la sobreinformación de hoy en día no sólo nos rodea, sino que nos provoca impotencia?

Porque tenemos mucha información, si queremos podemos tener tanta como tengamos tiempo de buscar y de leer o de escuchar, pero se nos ofrece de tal modo que muchas veces lo que genera en nosotros es impotencia. Qué hago yo frente al mundo. Qué hago yo frente a tanta miseria. Qué hago yo frente a tanto dolor. Qué hago yo frente a tanta mentira. Y el problema para mí es que recibimos la información o las buscamos de este modo. De estar enfrente de. Como si fuéramos espectadores o consumidores de información acerca del mundo. Es muy cierto lo que sentimos muy contidianamente muchos de nosotros respecto a la sobreinformación de que disponemos.

Entonces se pierde toda noción de contexto y toda posibilidad de relación activa, transformadora, de comprensión incluso sobre lo que realmente ocurre. Entonces la pregunta no es cómo tener más información solamente, sino cómo poder elaborar el sentido de esas informaciones. Cómo hacer con ello contextos de experiencia en los que podamos intervenir o cambiar o experimentar con algún tipo de sentido. Este, creo, es uno de los problemas de nuestro tiempo. Esa distancia entre la gran cantidad de información que tenemos y la poca experiencia significativa que podemos hacer de ella.

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¿Por qué existe esta cultura de la ruina y por qué se naturaliza, Ingrid?

Porque en un contexto sobrepoblado la ruina es amenazante y genera unas alarmas muy evidentes. Por eso hablaba del imaginario de la ruina en Estados Unidos. Existen muchos proyectos fotográficos que circulan alrededor de esta idea.

En el caso concreto que he planteado, que es haciendo pie en el cine comercial, la moraleja evidentemente es tan antigua como la del western que es la de crear nuevos asentamientos, nuevos mundos a partir de, o empezando de cero. Es la base del western. En la actualidad son westerns de ciencia ficción, digamos. Pero la idea es esta. La de una nación que se hace a sí misma y se rehace continuamente. Además, se busca delegar la capacidad salvífica de unos cuantos con respecto a este contexto arruinado.

Lo que no se explica son las causas desde las ruinas. El por qué de este paisajismo o de este pos paisaje casi, sino que se pone el acento en lo salvífico. En cómo salirse de esto. Por eso la necesidad de remitirse a las preguntas. ¿De dónde vienen estas ruinas, a dónde van? El cine comercial es muy hábil en esto, en esconder lo histórico, en esconder las causas, en esconder los motivos y en centrarse más en el solucionismo. Es una cosa de la que hablas tú, Marina, en tu libro ‘Nueva ilustración radical’.

Pantallas adictivas

La utilización intensiva de la tecnología y la adicción que puede provocar, Marina. ¿Qué opinión le merece la alta exposición a la que están sometidos los jóvenes y el pulso parental-filial tan estresante entre la pugna por colocar límites y el pasar por encima de ellos?

Es verdad que los jóvenes de hoy son quienes están más expuestos al impacto de este tipo de usos de la tecnología. Yo creo que hay que dar ejemplo. Está lleno de padres o maestros que critican a los adolescentes y jóvenes porque están todo el día en la pantalla, pero ellos mismos también lo están. Y no son autoconscientes de hasta qué punto también estamos absolutamente mediados por nuestras vidas a través de las pantallas. Entonces vemos el peligro en el otro pero no en nosotros mismos. Debemos practicar mucho con el ejemplo.

Y eso pasa para mí no sólo por comportarse bien digamos, sino con contribuir a crear con ellos contextos de experiencia posible. Es decir, si a los chicos les decimos “no estéis todo el día en las pantallas” pero después les dejamos solos en casa, y no tienen mundos que compartir, no tienen entornos en los cuales implicarse, en ser importantes para la sociedad, para su entorno, para su familia, les desactivamos de todo, les dejamos como meros consumidores de su tiempo, pero después les decimos “pero no os quedéis atrapados en la pantalla”, les dejamos vacíos.

Memoria vs pereza

Hablando de tecnología y de dependencia, Ingrid, hay una sentencia suya muy particular. “Tenemos más fotos que recuerdos”.

Es así. Es más, tenemos tantas fotos que nos volvemos como perezosos a la hora de ejercitar nuestra memoria. Al momento de poner atención a las cosas y solidificar, de memorizar o recordar las cosas que nos pasan. Delegamos la experiencia inmediata a la experiencia de las máquinas, a la experiencia mediada, y eso hace que vaguemos de una forma un poco más distraída en nuestro día a día. Entonces la memoria se vuelve en este sentido un poco haragana, un poco, digamos, en stand by.

Con todo este proceso de delegar, nuestra memoria se vuelve anquilosada. Como cristalizada, a la espera de encontrar la imagen que le certifique lo que ha vivido.

Uno se queda pensando en las y los adolescentes con este panorama saturador de pantallas, Marina. ¿Qué hacer?

Yo creo que hay que hacer mundo con ellos. Con ellos para que hagan también el suyo, pero compartir experiencias de vida. Crear contextos y dejar que ellos a partir de allí creen los suyos.

Barreras protectoras y Big Data

Y hablando del uso del teléfono celular como si se tratara de una articulación más de nuestro cuerpo, creo que es interesante una mirada suya sobre lo que ocurre, por ejemplo, entre una pareja en un bar que no comparte diálogo porque cada uno se encuentra abducido por su propia pantalla…

En realidad, utilizar el celular mientras están con alguien, en su presencia, es una manera de protegerse de la presencia del otro. Acaso porque interactuar de manera cercana pueda ser algo siempre difícil aunque a la vez sea siempre maravilloso. O puede ser una cosa y otra en distintos grados. Pero estar con alguien implica una exigencia, implica un estar, implica un esfuerzo, implica un aprender. Porque si el otro no es una cosa conocida, implica estar en una actitud de aprendizaje, de escucha, de receptividad, de acuerdo… Todo eso tiene su coste. Y claro, al final somos seres ahorradores de nuestra propia energía y nos acabamos conformando con estar sentados uno frente al otro consultando nuestros mensajitos.

Ingrid, ¿sobre qué tratará su próxima creación?

Mi próxima creación tendrá que ver con lo que estoy investigando, que es el capitalismo de la vigilancia. Hay un libro de la profesora Shoshana Zuboff que lo explica muy bien. Es sobre cómo afrontamos el nuevo capitalismo que se basa sobre todo en la extracción de valor y de capital a través de los datos que generamos en las redes sociales y en nuestra interacción social. El famoso big data. A partir de aquí, ahondar en cuestiones más filosóficas pero desde la tecnosociología.

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