Huerta Vereda: alimentarse del espacio público

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos La agricultura eco-friendly se ha convertido en tendencia. La historia de Huerta Vereda contribuye a una práctica que va mucho más allá de ser una moda.

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Lucio Ocamica (ocamicalucio@gmail.com)

«Si tu iniciativa es positiva y sabés que puede funcionar, hacelo. Es mejor pedir perdón que pedir permiso». Sofía Guardone y nueve vecinos más decidieron comenzar a trabajar la tierra de los espacios públicos de San Isidro y crearon no una huerta sola sino varias, comunitarias, que se han convertido en puntos de encuentro social y de reciclado: «a veces pienso que si no fuera por esta lechuga no estaríamos hablando, quizás no sabría ni tu nombre».

¿Cómo surge Huerta Vereda?

El día que plantamos bandera en un espacio público fue el 1 de agosto de este año, el día de la Pacha Mama. La idea, no obstante, surgió semanas antes, en contexto de cuarentena, cuando mi mamá y su vecina, que son ‘huerteras’ voluntarias y habituales en un colegio, no aguantaron más el encierro de sus departamentos y comenzaron a hacer una pequeña huerta. Días después le mostré la huerta a un amigo, le encantó y me propuso comenzar el proyecto con otros vecinos que se mostraron entusiasmados.

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¿Cuál fue el primer paso?

Armamos Huerta Vereda a partir de un grupo de Whatsapp en el que entramos diez personas unidas por la cercanía geográfica pero que no tenían ningún tipo de experiencia en el armado de huertas. Decidimos entonces empezar por colocar una compostera en un espacio estratégico que nos resultara cómodo a todos.

La fabricamos con madera de palés donados y constituyó la primera acción en un espacio público. El puntapié inicial para la dinámica que se desarrolló después.

¿Cómo aprendieron a hacer las huertas?

Nos fuimos capacitando de a poco. Le consulté mucho a mi mamá, pero fundamentalmente aprendimos mucho de los mismos vecinos que se acercan a la huerta. La interacción se tornó muy rica y comenzó a generar un sentido de comunidad que es lo que al final más valoramos de las huertas.

Nutridos de la interacción vecinal y armados de palés donados y tierra recolectada de volquetes, logramos armar los primeros cajones. Después una vecina nos hizo una donación importante de plantines y nosotros armamos la cartelería respectiva.

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¿Utilizan alguna técnica especial?

Si, se llama sistema de huerta biointensiva. El mismo es desarrollado por el ingeniero agrónomo Fernándo Pia fundamentalmente en el área de El Bolsón hace ya muchísimos años.

Para que dé resultados, la tierra tiene que estar lo más removida posible y muy blanda. Los cajones tienen que tener una altura aproximada de 60 centímetros de manera que las raíces crezcan rectas y profundas con el objetivo de poder colocar más plantas en menor espacio. Además es importante no volver a presionar la tierra una vez que la removes, entonces los cajones tienen que estar elevados para prevenir pisadas.

¿Es verdad que las huertas se convirtieron en un punto de encuentro social?

Si, se convirtió en un punto social. Cuando conozco a un vecino nuevo reflexiono «si no fuera por esta lechuga no estaríamos hablando, quizás no sabría ni tu nombre». Además, los encuentros que se generan trascienden culturas, situaciones económicas y también atraviesan franjas etarias diferentes.

A la huerta vienen niños con muchas ganas de cultivar la tierra jugando y ensuciándose, pero también pasan personas mayores que con nostalgia recuerdan momentos pasados en los que tener una huerta propia era común y corriente. Se genera un sentido de comunidad.

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Apropiación del espacio público

«Descubrimos además que esta es una manera de que los vecinos vuelvan a tomar control del espacio público. Un ejemplo es la huerta que está ubicada en Eduardo Costa, que es una calle que estaba desolada para el tránsito peatonal. Ahora, al haber un punto de encuentro vecinal como lo es la huerta, descendió notablemente la sensación de inseguridad al transitar por esa cuadra. A toda hora hay personas trabajando las plantas y los cajones, sumada la gente que pasa sólo para conocerla como un punto turístico».

¿Se convirtió en una atracción turística?

Se ha convertido en una postal pintoresca de la zona. Hay gente que sale a caminar todas las mañanas o a tomar un café y convierten a la huerta en un punto de visita obligado. Las huertas tienen un poco eso. Son coloridas y radiantes y día a día cambian, entonces siempre hay una excusa para pasar y ver cómo está ese día.

Además se ha generado una pequeña ruta de las huertas donde uno puede recorrer y compararlas, y de paso pasear por el municipio.

Al estar ubicadas en la vereda, ¿no sufren robos o vandalizaciones?

No, porque se nota mucho que están hechas a pulmón por parte de los vecinos. Si bien en el último tiempo recibimos alguna ayuda por parte del gobierno municipal, el laburo es nuestro y la gente entiende eso.

Sí, han habido conductas perjudiciales para la huerta por parte de otras personas, pero consideramos que ocurren más que nada desde la ignorancia y no por malicia. Por eso consideramos fundamental la educación para la comunidad. Intentamos colocar carteles lo más explícitos posibles para que los vecinos puedan colaborar y respetar la huerta.

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¿Qué ayuda les aporta el gobierno municipal?

Fue una decisión difícil aceptar la colaboración municipal porque nosotros no buscamos que esto tenga tintes políticos. Leandro Martín subsecretario general del municipio se comunicó con nosotros para ofrecer ayuda y le pedimos tres cosas puntuales: el servicio de transporte de compost desde CEAMSE hasta las huertas, la habilitación de agua corriente para poder regar la huerta y la remoción de montículos de escombros que rodeaban la primera huerta. Por suerte, colaboraron con lo que necesitamos.

Además, surgió la propuesta de declarar a las huertas en espacios públicos «de interés municipal» con el objetivo de garantizar su permanencia más allá del signo político que gobierne el municipio.

¿Qué objetivos hay en el futuro de Huerta Vereda?.

Que este proyecto se replique, que las personas entiendan que no tienen que pedir permiso ni depender de la habilitación burocrática. Si es algo positivo y que sabés que puede funcionar, hacerlo.

Que la gente se anime a plantar comestibles en todos lados. Hasta hace poco nos emocionamos cuando crecieron las primeras zanahorias. Es un proceso casi mágico. Tenemos que cuidar la tierra.

Es increíble irte después de un día de trabajo en la huerta y repartirse entre todos un poco de vegetales. Después, llegar a tu casa, cocinarlos y comerlos. Es un sentimiento inigualable porque la vereda es un espacio que siempre ha estado ahí y nunca lo aprovechamos de la manera que lo estamos haciendo ahora.

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¿Qué son los Eco-puntos?

La primera huerta que empezamos en la calle Camino de la Ribera se convirtió en un Eco-punto donde se puede reciclar plástico, metal, vidrio, papel y botellas de amor.

Entonces en esa locación funciona una huerta, el compost y todo el sector de reciclaje. La gente responde muy bien, recicla mucho. En consecuencia, agrandamos la capacidad constantemente, y ya tenemos tres composteras. La idea es facilitarle a las personas la acción de reciclar porque notamos que la voluntad existe.

Tenemos además dos huertas más una Eduardo Costa y Guido Spano y otra muy reciente en la placita del Ombú, en Acassuso, donde hay una canilla que proporciona agua. Pero también vi que muchas personas comenzaron a armar sus propias huertas en sus propias veredas, así que se replica la idea.

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