tags

Graciela Blanco: “En la villa aprendí mucho más de lo que pude enseñar”

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos Profesora de danza clásica y exbailarina del Teatro Colón, cuenta alguna su experiencia sobre el escenario y su función docente en la villa y los barrios carenciados.

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Por Nicolás Avellaneda

Hasta no hace tanto miembro del Cuerpo Estable de danza del Teatro Colón, Graciela Blanco dejó los escenarios, pero continúa ligada al baile clásico, ahora como docente. Así, y exhibiendo el lado solidario que siempre tuvo, fue hasta hace muy poco una de las profesoras que todas las semanas enseñaban en la villa 21-24 de Barracas, donde se topó cara a cara “con el famoso 30 por ciento de pobres” que las estadísticas mencionan pero los medios no muestran.

Nacida y criada en Belén de Escobar -donde tuvo su primer contacto con la danza-, proveniente de una familia de clase media, a los 15 años supo que quería ser bailarina. “Entonces, con mis papás, comenzamos a averiguar; no sabíamos por dónde empezar”, comienza contándole a El Café Diario Graciela, que a renglón seguido cuenta: “Así que fuimos a hablar con la directora del colegio secundario donde yo estudiaba y ella (Argentina Harrand de Travi) nos contactó con el Director de Cultura de la provincia de Buenos Aires quien, por lógicas razones, conocía al director del Teatro Argentino de La Plata”.

Después de rendir varias audiciones llegó al Teatro Colón, donde bailó durante 35 años y trabajó con Julio Bocca y el Ballet Argentino, viajando por el mundo durante dos años como integrante del Cuerpo de Baile del Teatro Argentino de La Plata.

tags
Graciela Blanco, bailarina del Teatro Colón y docente en la Villa 21-24 de Barracas.

“Tuve la suerte de que mucha gente me ayudara. En el colegio me permitían retirarme un rato antes, para que pudiera llegar a tiempo. A La Plata tenía cuatro horas de viaje de ida, y otras tantas de vuelta”. Ya terminado el secundario, “iba al Colón, donde ya había empezado a hacer el perfeccionamiento. Y luego a La Plata, para hacer la clase y el ensayo. Me levantaba todos los días a las cinco de la madrugada”.

En la calidez de su departamento, Graciela se refiere también a la vida del bailarín. “El bailarín es un artista y la vida del artista es muy parecida más allá de la disciplina elegida. Mi hijo es cantante y hace las mismas cosas que hacía yo. Uno vive dedicado a eso que hace, pensando en eso y soñando con eso, todo el tiempo. Ahora, llegar a formar parte del Cuerpo Estable del Colón fue todo un camino que transité con cosas buenas y malas, sin perder las esperanzas ni las ilusiones; un camino que recorrí con esfuerzo pero con felicidad, porque llegar a formar parte del Cuerpo Estable del Colón era mi sueño. En aquella época era lo mejor que me podía pasar, y me pasó, aunque por suerte también me pasaron otras cosas buenas”.

La dimensión de un artista no sólo se advierte por el camino recorrido, sino sobre todo por la humildad que ese artista exhibe a la hora de contar sus experiencias. “De mi época, bailé con todos. Del grupo con el que entré al ballet del Colón, puedo nombrar a Eleonora Cassano, Julio Bocca y Maximiliano Guerra, entre varios otros. Pero también bailé con Vladimir Vasiliev, Ekaterina Maksimova, Maia Plisetskaya… Y, desde luego, con todos los primeros bailarines del Colón. Además, cuando estuve en el ballet de Julio, también bailé con Alessandra Ferri , ya que ella formaba parte de la compañía”.

tags
Graciela Blanco, en plena actuación.

Mención especial para el gran Julio Bocca: “Cuando estábamos en el ballet de Julio, él era uno más de nosotros. Al incorporarnos, sabíamos que íbamos para abrir camino en Europa. Y también sabíamos que él necesitaba gente que, además de ser buenos bailarines, pudieran apoyarlo, estar con él, sostenerlo”.

“Cuando estás trabajando, todos formamos parte de lo mismo y somos conscientes de que la función tiene que salir bien. Así que en el escenario no hay egos ni estrellas. Y te digo algo, a veces mi esposo me recrimina que no tenga fotos con ninguno de esos grandes bailarines. Ocurre que cuando yo estaba en el escenario con ellos, jamás se me hubiera ocurrido sacarme una foto de cholula. Porque estábamos trabajando, haciendo todos lo mismo, éramos todos iguales”.

Graciela habla también de las reacciones del público y de sus emociones como artista a la hora de los aplausos: “Las reacciones eran distintas según el lugar donde tocaba actuar. Pero el Colón es muy diferente. Ver la platea colmada y la retribución del público, es realmente emocionante, te deja con la boca abierta. Ahora, la experiencia más impactante en ese sentido la viví en la época que estuve con Julio. Bailábamos en otro tipo de lugares y cuando salíamos la gente estaba ahí, esperándonos. Y lo que más me sorprendió fue que nos esperaban para agradecernos por lo que habían visto; eso nunca me había pasado en el Colón”.

“Mi retiro fue un proceso. Uno, de a poquito, se va haciendo a la idea, sabe que en algún momento eso tendrá que suceder. Entonces, venía ‘El lago de los cisnes’, y me despedía de ‘El lago…’; venía ‘Giselle’ y me despedía de ‘Giselle’… Fui dejando las puntas, el último tiempo ya bailaba media punta…Yo bailé hasta los 50 años… Además, había y sigue habiendo, un problema jubilatorio con los bailarines. Ahora, dejar no es fácil, más bien es difícil luego de toda una vida dedicada a la danza. Pero es parte de la vida: el crecimiento y también saber retirarte a tiempo. En casa siempre lo hablábamos: si había hecho una carrera digna, tenía que ser digno el retiro. Así que el día que tuve que tomar la decisión, la tomé. Y me fui junto con un grupo grande de bailarines”.

Graciela ya no baila en el escenario, pero sigue junto a la danza, ahora como profesora. “Ya había dado clases en Escobar, antes del Colón. Cuando empecé a trabajar en el Colón, tuve que dejar. Ahora doy clases en el Club Italiano de Caballito. Y también estuve enseñando hasta fin de año en la Casa de la Cultura de la Villa 21-24 de Barracas, donde entre los varios talleres que hay, existe uno de danza clásica”.

La artista menciona a uno de los barrios más carenciados de la Ciudad Autónoma Buenos Aires. Cuenta que la mayoría de alumnes son niñas pero también hay varones, y sus edades van desde los 5 hasta los 12 años, y dice que la disciplina fue muy bien recibida por niños y padres desde un primer momento. “Es increíble cómo van las nenas: bien arregladitas, bien vestidas, limpitas; las mamás se ocupan de que ya lleguen peinadas -saben que tienen que tener rodete-. Llegan y se van contentas”.

tags

Pero además de esos detalles, Graciela cuenta otra cosa: “Para mí, ir a enseñar a la villa fue un antes y un después, porque allí aprendí muchísimo más de lo que pude enseñarles. Me vi cara a cara con el famoso 30% de pobres y los miré a los ojos. Y lo que compartí con las nenas, ese ida y vuelta más allá de la danza, fue bárbaro. Lo lamentable es que tal vez esas nenas no tengan muchas más posibilidades que, con suerte, ser docentes, por ejemplo, en la Escuela Nacional de Danzas, donde incluso pueden hacer el secundario. Pero hay que considerar que hoy un par de zapatillas de danza cuestan ARS$2.000… Encima, ahora se estila que las bailarinas vayan a las competencias de danza que se hacen en las provincias, competencias de las que tienen que pagarse todo. Por eso digo que a muchas de ellas se les puede complicar si aspiran a que su futuro esté en la danza…”.

Lo que Graciela no dice es que tuvo que dejar de enseñar en la villa porque fue alcanzada por el recurrente recorte presupuestario que viene aplicando desde hace tres años el gobierno porteño (que dicho sea de paso, le pagaba en negro). “Yo puedo hablar desde lo mío, el hecho de permitirles a esas chicas conocer la música y el baile clásicos. De que se acostumbren a esos sonidos; de que puedan aprender a maquillarse, a vestirse como bailarinas; cómo pararse en un escenario frente al público, todo eso puede darles otras herramientas para el futuro”.

“Creo que podemos ayudarlas a elevar su autoestima. Y cuento algo que me pasó hace poquito. Mientras ayudaba a una nena a vestirse, me comentó que va a estudiar y hacer el secundario en un colegio donde también se enseña danza. Me dijo que cuando se reciba de profesora de danzas, con lo que gane por ese trabajo, podrá pagarse sus estudios universitario. Entonces pensé que si podemos ayudar a que quieran estudiar y a que tengan sueños, el esfuerzo tiene sentido”.

[Total: 0    Average: 0/5]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *