Gatos

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos El Día Internacional del Gato mezcla el amor por la mascota con la evocación del último lustro. Gatos en la política, política de gatos.

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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por Ariel Robert (arielrobert1@gmail.com)

Comprensible. Asignarle un día para concientizarnos sobre la existencia de los animales es loable. Pero con el afán segregacionista varias especies tienen su día particular. Un caso para revisar es el día del gato. Se conmemoran tres fechas distintas. O sea, este mamífero doméstico cuenta con cuatro días para ser agasajado. El que ha resultado más convocante es el pomposamente denominado: Día internacional del Gato. Y si hablamos de gatos, hablamos de política.

Esta fecha fue elegida por un hecho necrológico. Socks era el nombre del cuadrúpedo homenajeado. Socks es traducido por los centroamericanos como Calcetín. Pero no hace falta dominar la lengua de Shakespeare para interpretarlo en castellano como Soquete.

Ningún acto heroico, y tampoco poseedor de cualidades taxonómicas extraordinarias, tuvo. Pero sí debió ser el gato que más ha conocido los intríngulis oscuros de la política internacional. Según cuentan, este gato asistió a más reuniones de Gabinete que la versátil Patricia Bullrich. En este caso, no en la Rosada sino en la casa Blanca, en Washington.

Clinton y Trump

El gato del presidente funcionaba como un atractivo distractivo, según relatan. Interrumpía con su presencia en conferencias de prensa y en actos oficiales. Fue el talismán animado preferido por el matrimonio poderoso, me refiero a Bill Clinton, aquél de la frase “Es la economía, estúpido” y su esposa, Hillary, la elegante demócrata que perdió las elecciones frente a Donald Trump, curiosamente ese presidente que acaba de escurrirse como un gato del juicio político, y además, mandatario que su peinado batido bien puede confundirse con un gato.

Como apreciamos, cuando no es Disney es la dirigencia del poderoso Estados Unidos quien impone celebraciones, sean consecuencia de la realidad o de la ficción. Hay pocos sustantivos tan polisémicos como la palabra gato y en Argentina, suma un par que funcionan como adjetivo.

Gato para levantar el auto cuando se pincha una rueda. Gato, parte de nuestro acervo de danzas folklóricas. Gato, ese juego similar al ta te ti pero con otro tablero. Y en el lunfardo usado en la década de 1920, se le denominaba gato a aquél varón que poseía suficiente dinero como para conseguir el favor de alguna dama. Tanto como yo se preguntará, ¿qué relación tiene la palabra gato al respecto?, resumo: en lunfardo gatillar reemplaza al verbo pagar. Entonces gato era quien tenía la capacidad financiera de abordar un gasto importante.

Sobre finales del siglo 20, y en Argentina, gato fue el apelativo que recibían aquellas mujeres que ejercían la prostitución, pero sólo en ámbitos de dinero o alcurnia, y estas mujeres simulaban otro rol. Menos glamur es la especificación de las cárceles, o tumbera, como se denomina en la jerga. Ahí gato es el apelativo peyorativo que reciben los de menor jerarquía del penal. Esos que deben subordinarse y hacer las tareas que nadie quiere.

La relación con este felino casero data de miles de años. La cultura egipcia los veneraba, tanto que muchos de estos animales gozaron de cortejos fúnebres y sepulturas de relevancia similar a la de los dioses y faraones. Atravesando raudamente por el tiempo, en el Medioevo, los gatos fueron demonizados y se los equiparaba a las brujas en la Europa central.

Convengamos que los gatos han debido competir de manera desigual con la otra mascota popular, el perro. Cierto es que a los caninos se los adiestra y pueden cumplir funciones relevantes como ser lazarillos de ciegos, detectores de ladrones y sagaces descubridores de substancias prohibidas, mientras que los gatos tienen conductas anárquicas, cuando no caprichosas e indómitas.

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Donald Trump caracterizado como un gato. Imagen que
se ha vuelto popular en las redes sociales.

Borges y Hemingway

Sobre los perros, quienes gozan de mejor prensa, se ha escrito muchísimo y novelas exquisitas como la de Jack London, Colmillo blanco. Aunque la historia les ha concedido a los gatos un escenario más diverso y un lugar de residencia de privilegio: las faldas de los escritores y artistas. Jorge Luis Borges con sus dos adorados Odín y Beppo. Y su poema a un gato que comienza diciendo “no son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera”, confiriéndole ese don de misterioso silencio. El arrogante nobel de literatura Ernest Hemingway, desplegó una pasión por los gatos y una preferencia por los llamados polidactilios, esa condición genética que les provee un dedo más en cada pata.

Inevitable mencionar a Julio Cortázar y su gato bautizado como el filósofo Teodoro Adorno, de quién contó la historia de su encuentro diciendo “y un rato después la mancha negra empezó a dibujar su espiral cautelosa sobre las baldosas rojas del living”. Y cómo no. El gato negro de (Edgar Allan) Poe, texto que puede acarrear mala suerte al leerlo pero del miedo que inspira. Y en ese tenebroso relato usó el nombre de su propio gato Plutón, animal que los rasguñaba cuando Allan se excedía con el güiski, quizá de ahí su venganza de dejarlo tuerto, ahorcarlo y matarlo en la ficción.

El gato tiene su día internacional, poco importa si hoy, ayer o mañana, lo que sería conveniente es que aquellos que tengan uno de talismán o mascota, le retribuyan la consideración de compartir la vida. Una de las siete que dicen poseer. No digo cuatro regalos, pero al menos uno, merecen. Ya me parece traducir su aullido diciéndoles: «dale, no seas ratón».

Y evito la tentación de rememorar a quienes les dice gato como pseudónimo, no sea cuestión que afectemos alguna investidura.

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