Esperanza y el auto desprecio - texto e imágenes, por Martín Patric

Esperanza y el auto desprecio - texto e imágenes, por Martín Patric

Esperanza y el auto desprecio

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos El segundo relato de Martín Patric llega cargado de crudeza y sensibilidad. Esperanza. Desprecio. ¿Cuál es el punto donde la ficción se funde con la realidad?

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Tiempo estimado de lectura: 2 minutos

Por Martín Patric (sucremartinpatric@gmail.com)

La esperanza era el nombre que recibió una niña, embellecida por la gracia del carisma sin palabras. Habitante del pueblo agricultor, permanecía sonriente y misteriosa, sus parientes la olvidaron poco a poco, la dejaban mucho tiempo encerrada entre paredes blancas. Ella se escapaba. La niña Esperanza jugaba en las calles, se alejaba demasiado. Desde los seis años fue abusada, un amigo la escuchó llorando en la oscuridad, varias veces.

A los ocho años, su familia le decía que era una prostituta, porque se dejaba tocar por cualquiera, y la abandonaron por completo. Murió joven, contagiada por una enfermedad repugnante fabricada por el odio. No aprendió a escribir, pero leía los dibujos y bailaba.

Sus padres se quedaron sin trabajo después de una sequía. Y se fueron del pueblo agreste, con dirección a una ciudad de hierro. Algunas personas dicen que a mitad del camino fueron agredidos por unos militares hambrientos de placer.

Quienes conocieron a esa chica se dispersaron, llenos de vergüenza, trabajando sin parar. Trabajaron en las arenas de alquitrán o en la venta de sus sesos y de sus riñones. La soledad era otra niña más pequeña, de ojos grandes y luminosos. Creció recordando a su amiga de la infancia. Ella cantaba para dormir, entre unas hojas de laurel y una mesa cubierta de cenizas.

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Yo crecí escuchando el grito de las máquinas, su ritmo melancólico habitaba en el carácter estricto de mi madre. Alrededor de una laguna se encontraban las criaturas de carroña con las almas inocentes, yo observaba a las aves mensajeras morirse de frío después de aterrizar sobre las piedras. Yo caminaba para encontrarme con mi hermano, yo era más pequeño.

Escuchamos que no había nadie en la casa y salimos por una ventana, yo me hice daño. «No llores, no digas nada -me decía- si lloras, mamá me va a pegar». Muchas veces padecía mi fragilidad, por mis ganas de aprender. Cuando el día se apagaba, escuchábamos pasos en los techos.

«¡Escucha, es una bruja! Una bruja caminando arriba de nosotros», decía mi hermano. Le gustaba asustarme cuando nos dejaban solos. Él tenía más libertades. Mi cadena era más corta. Nuestra madre trabajaba en casa para no dejarnos solos. Sin embargo, no era omnipresente.

Yo tenía la misma edad que la esperanza. No. Tenía menos. Mi hermano era más grande pero tenía mala memoria. Fue engañado por sus amigos, lo engañaron porque a ellos también los utilizaron durante una temporada de aislamiento. Se contaban historias de monstruos y hechizos divertidos.

Él practicaba conmigo en una habitación sin puertas, donde aprendí a golpear los muros grises y a contener la respiración hasta quebrarme por dentro; detrás de una cortina clara. Fui inscrito en un colegio. No, era una iglesia. Las profesoras llevaban a la esperanza muerta en la mirada y la nariz torcida. En la iglesia se esconden los monstruos, se alimentan de las plegarias y de las súplicas. Allí aprendí la culpa y el castigo.

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