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España hoy, entre el desafío y la tempestad

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Tras una elección ajustada, el socialista Pedro Sánchez asume la presidencia. Mayor poder para la izquierda. El rey augura “dolor”.

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Por Rodolfo Chisleanschi (elcafediariopuntocom@gmail.com)

Ha sido rápido, simple y sin dolor; el dolor viene después”. El brevísimo acto en el que Pedro Sánchez , representante del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), prometió ante el rey Felipe VI ejercer su cargo de presidente del Gobierno español por su “conciencia y honor” acababa de concluir, y el monarca se permitió decir la frase en tono risueño. El tiempo dirá cuánto tenía de broma y cuánto de premonición. Tiempo. ¿De la izquierda? Se verá.

El martes 8, y con un apretado margen de dos votos (167-165 y 18 abstenciones), el Congreso de los Diputados había aprobado por fin la designación de Sánchez, secretario general del PSOE, como jefe del Ejecutivo con todas las de la ley. En verdad, el dirigente madrileño ya ejercía el cargo desde junio de 2018, pero no había accedido al mismo a través de elecciones sino a partir de una moción de censura que destituyó a Mariano Rajoy, líder del Partido Popular (PP). Ahora lo hace con los votos de su lado.

El PSOE felicita a Sánchez a través de las redes sociales

El final del calvario democrático vivido por España desde 2015, lapso en el que se sucedieron dos procesos electorales sin definición, un año de gobierno de Rajoy y uno y medio de Sánchez “en funciones”, más la citada salida abrupta del representante del principal partido de derechas en medio, ofrece situaciones inéditas en la historia reciente. Pero al mismo tiempo tiene por delante un desafío gigantesco e imprevisible.

Tiempo de coalición de partidos

Por primera vez desde la muerte de Francisco Franco asume el gobierno una coalición de partidos. El PSOE necesitó aceptar la sociedad con Unidas Podemos (UP), la formación surgida en 2013, hija del Movimiento Antisistema 15M que un par de años antes había invadido las calles exigiendo reformas y transformaciones profundas en cuestiones políticas, económicas y sociales. Su negativa a hacerlo tras las elecciones de abril de 2019 obligó a un nuevo llamado a las urnas y el resultado fue un vertiginoso ascenso de Vox, el partido de ultraderecha. El temor a que la tendencia siguiera en alza en una tercera convocatoria, invitó a arriar las velas a los representantes de la izquierda política española y sellar una alianza que a partir de ahora deberá demostrar su fiabilidad.

La coalición es toda una novedad en la democracia española postfranquista. La última vez que había sucedido algo así fue en 1933, durante la Segunda República, con el gobierno de izquierda de Manuel Azaña. Aquello acabó en tragedia y una dictadura de casi cuatro décadas, ¿habrá tenido alguna connotación histórica la referencia monárquica al dolor que le espera al nuevo presidente?

Pedro Sánchez y su aliado Pablo Iglesias asumen el timón de un barco que navega en aguas exageradamente tempestuosas, un territorio atravesado por más de una grieta. Ya no se trata solo de la ancestral rivalidad entre “nacionales” y “rojos”, derecha e izquierda, ricos y pobres. Hay mucho más, con el intríngulis catalán ocupando el primer lugar en la tabla de problemas.

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Sánchez, representante de la izquierda política, junto al rey Felipe VI y otras personalidades del gobierno español, luego de la jura. (Foto Facebook)

Aun a regañadientes, Sánchez debió aceptar la conformación de una Mesa de Diálogo con las fuerzas independentistas de Catalunya, para lograr la abstención de los diputados de Esquerra Republicana (ERC) y llegar a la Moncloa.

El gesto, más allá del resultado que pueda alcanzarse, es de por sí tomado como un insulto por la amplia franja conservadora (PP, Vox, Ciudadanos y algunos partidos menores), que lo ve como el puntapié inicial a una disgregación de España la cual, en el fondo, ellos mismos alentaron. Fue el Partido Popular el que ayudó, a través de demandas judiciales y de su política de gobierno, a que el discurso soberanista ganara adeptos y se radicalizase. Su impericia fue dándole forma a una bomba; su propuesta para que deje de existir es encender la mecha y hacerla estallar sin importar las consecuencias.

¿Golpe a la izquierda?

Al mejor estilo del Golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia y en nombre de un supuesto respeto a la Constitución, Hermann Tertsch, ex periodista y actual eurodiputado por Vox, no tuvo reparos en pedir la intervención de las Fuerzas Armadas para interrumpir el proceso que llevó al nombramiento de Sánchez. Nadie superó el nivel de exabrupto, pero fueron, y son, muchas las voces que en la política y en la mayoría de los medios de comunicación se le acercan a la hora de manifestar su oposición visceral, casi caníbal, a las nuevas autoridades.

Manifestaciones contra la investidura de Sánchez en Madrid

El mismo día de la votación en el Congreso, un nutrido grupo de manifestantes se congregó para expresar sin miramientos su rechazo a un gobierno al que acusan de entregarse a los requerimientos de los nacionalistas catalanes y vascos; que es calificado de “izquierda radical” sin fundamentos que lo justifiquen; y que, aseguran sin ninguna originalidad, conducirá a España “a una crisis como la de Venezuela”.

Tampoco desde Europa llegarán gestos de alivio. En lo político, la península Ibérica (Portugal y España) es hoy por hoy una isla de izquierda en medio de la ola de derecha cada vez más extrema que va barriendo el continente. En lo económico, la recuperación tras la gran crisis desatada en 2008 todavía estaba a medio camino cuando se encuentra con una desaceleración que comenzó en 2019 y que, según las previsiones, será mayor este año. La coyuntura obligará a Sánchez e Iglesias a hacer malabares creativos para satisfacer las demandas sociales y distributivas de sus votantes.

Socialistas y comunistas se desconfían

El último punto es saber si el idilio entre fuerzas que siempre se miraron con desconfianza será suficientemente duradero. Junto a UP, también Izquierda Unida y su principal componente, el Partido Comunista, ha quedado integrado en el gobierno. De hecho, Alberto Garzón, su coordinador general, es el nuevo ministro de Consumo. Las diferencias entre socialistas y comunistas son incluso anteriores a la Guerra Civil y nunca terminaron de subsanarse. La desconfianza es mutua, y no son pocos quienes desde la izquierda ven al PSOE apenas como un partido de centroderecha con algunas dosis de sensibilidad social. Pablo Iglesias, cabe recordar, incluía a los socialistas dentro de la “casta política” que creía debía desterrarse.

Pablo Iglesias, aliado de Sánchez, hablando de las desigualdades en España.

Tampoco dentro de Unidas Podemos la armonía es absoluta. Se vio en Madrid, donde fueron las discrepancias y divisiones internas las que provocaron la pérdida de la alcaldía, gobernada ahora por una alianza de PP, Vox y Ciudadanos.

El margen de votos en el Congreso para lograr la aprobación de cada ley es dramáticamente pequeño y exigirá exhibiciones cotidianas de muñeca política. La oposición -en los escaños, las calles y los medios-, tiene los dientes más afilados que nunca. La situación general no colabora. Pero solo a Sánchez, Iglesias y a toda la izquierda progresista que representan les corresponde brindar las respuestas adecuadas y calmar las tempestades. De paso, también ratificar que cuando Felipe VI habló del “dolor que viene después”, el rey sólo estaba haciendo una broma.

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