‘Treinta y nueve metros’, novela de Ernesto Espeche sobre el horror, pero también la esperanza

Tiempo estimado de lectura: 8 minutos Ernesto Espeche publicó esta novela de ficción en la cual relata hechos reales respecto a cómo fueron hallados los restos de su padre, desaparecido durante la última dictadura

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Tiempo estimado de lectura: 8 minutos

Por Fabian Galdi (fabisebitomi619294@gmail.com)

Ernesto Espeche, periodista y escritor, combina reflexión y sentimiento en cada frase que expone durante el diálogo con El Café Diario, en un bar del microcentro mendocino. Hijo de desaparecidos, militante por los Derechos Humanos y hoy concejal por Unidad Ciudadana (UC) en la Ciudad de Mendoza, este licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) y doctorado en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), acaba de publicar su primera novela: ‘Treinta y nueve metros’

El texto recorre la historia real del encuentro con los restos de su padre, hallados en el Pozo de Vargas, Tucumán, en 2014. El relato entremezcla lo ficcional y lo testimonial en un cruce que gana en intensidad y emociones, pero nunca resigna el rigor investigativo. Con un lenguaje que, por momentos, entremezcla un tono poético con rigurosidad académica, este libro está destinado a convertirse en una referencia ineludible a la hora de rescatar la memoria e identidad durante el período en el que se desarrolló la última dictadura cívico militar.

La búsqueda y un encuentro inesperado

¿Desde cuándo rondaba en su cabeza la idea de lograr este registro a través de un libro?

Creo que si hay un comienzo es en noviembre de 2014, cuando uno de los peritos del equipo de antropología forense me llama para tomarnos un café. Él viene asiduamente a Mendoza. De hecho, fui yo quien le ayudó a impulsar en su momento la extracción de sangre a familiares de desaparecidos para que el equipo pudiera hacer finalmente el cotejo de los datos de ADN de los restos que podían llegar a hallar en algún lugar. 

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«Treinta y nueve metros», la novela de Ernesto Espeche.

Cada vez que venía a Mendoza me pegaba un llamadito, por eso no me extrañó que me hablara. Nos sentamos a charlar y lo primero que me dice es: «encontramos a tu papá». Y a partir de ahí, el resto de la conversación no la recuerdo porque entré en un estado de incredulidad y de no entender qué me estaba diciendo. Porque si de alguien esperaba encontrar yo los restos, era de mi mamá, que desaparece en Mendoza en junio del ’76 y no de mi papá, cuyo rastro había perdido en la reconstrucción que hago históricamente a mediados del ’75. 

¿Qué sabía respecto a su padre hasta ese momento?

Sabía que estaba en Tucumán a comienzos del ’76, poco más que eso. Y que el diario La Gaceta saca una nota a principios de abril en la que se informa de la muerte de un médico cuyo nombre era Martín. Y Martín era el nombre o el apodo con el que conocían a mi papá. Mi papá es Carlos Espeche. Un médico que estaba en la zona de Las Mesadas, en el monte tucumano. Esa información llega a Mendoza y se entera mi mamá. Meses después secuestran a mi madre de la casa donde vivíamos con ella y mi abuela en la Cuarta Sección. Fue el 7 de junio, justamente el Día del Periodista. Yo tenía dos años, mi hermano tenía un año y a mi mamá se la llevan en un operativo de un Grupo de Tareas. A las doce y media de la noche tiraron la puerta abajo y se llevaron mi vieja. Por lo tanto, si de alguien tenía expectativa de encontrar los restos eran los de mi mamá, que había desaparecido en Mendoza. 

Tucumán me parecía lejísimo y además no estaba yo allí como para poder averiguar, de hecho nunca había ido. Mendoza la recorrí por trabajo, por vacaciones. Como a otras provincias del país, pero a Tucumán, por alguna razón no iba. 

¿Qué recuerdos le vienen de inmediato en ese encuentro con el antropólogo?

Y… de lo que más recuerdo de esa charla, porque estaba como shockeado, era que a mi papá lo habían encontrado en un pozo. Se llama el Pozo de Vargas y está en las afueras de San Miguel de Tucumán. Allí esperaban para notificarme los oficiales de justicia y los peritos en el sitio. Era un lugar de enterramiento común, donde se había hallado -además- la posibilidad de identificar a varios desaparecidos y desaparecidas que habían tenido el mismo destino de mi papá. Ese pozo. Por eso decidimos hacer ese viaje inmediatamente, y ya en diciembre estábamos viajando con mi familia hacia Tucumán.

Después tomamos contacto con la Justicia, nos notificaron y a partir de allí fuimos directo al lugar. Está en el límite entre San Miguel de Tucumán y Tafí Viejo. Es una finca que perteneció históricamente a la familia Vargas. Y ahí me entero que fue colaboracionista del plan de aniquilamiento prestando los servicios que pudiera prestar, siendo parte de la pata civil de la dictadura. 

¿Cómo describe esa finca y de qué manera fue el acceso al pozo?

Es una finca grande, en la que entro con mis hijos y con mi compañera. Me reciben los peritos y veo un tinglado donde está el pozo. De unos 4 metros de diámetro, no mucho más que eso, y 39 metros de profundidad, aproximadamente. Me preguntan si quiero bajar. Si bien los restos de mi papá ya no estaban ahí -estaban siendo analizados o habían sido analizados por el equipo de antropología forense- me querían mostrar el lugar donde lo habían hallado. Exactamente el lugar donde estuvo mi papá todo el tiempo que lo esperamos… por décadas. Él estuvo allí. Y yo tenía que estar en ese lugar. Fui acompañado por un perito y entramos a una especie de cubo enrejado que hacía las veces de ascensor… oxidado y chiquitito,y empezamos un descenso desde la superficie hasta el final del pozo, que era en ese momento el metro 39. 

¿Y de qué forma siguió ese recorrido?

Hago todo ese recorrido, por impactante que fue… y bueno, después recorro Tucumán y hablo con algunos militantes de la época para ver si tenían algún rastro más de mi papá. Por ejemplo, cuando llega a Tucumán y todo eso. En ese momento me digo «esto tengo que escribirlo», porque es demasiado para guardarlo como parte o en algún lugar de mi memoria, siempre sujeta a que luego esos hechos puedan ser modificados. «Hay que hacer una crónica», pensé. Y escribí todo eso. Lo que viví en el pozo y lo que me pasó después. Porque inmediatamente, tras el hallazgo de mi papá aparece una foto en los diarios: «Médico mendocino encontrado», y la foto de él. 

Esa mujer estuvo en el momento en que a él lo matan

¿Qué información tiene con respecto a las repercusiones por esa nota publicada? 

Cuando estaba en Córdoba, me enteré que una mujer lo reconoce porque es la última persona que lo vio con vida.  Lo que pasa es que no sabía el nombre. Sabía que era un médico. Cuando ve la foto, no sabía cómo ubicar… Sabía que tenía hijos porque él le había contado que tenía dos hijos, pero no sabía cómo ubicar a esos hijos. Esa mujer estuvo en el momento en que a él lo matan. Ella pudo escaparse al monte. Cuando nos encontramos, me cuenta la historia y puedo reconstruir el itinerario de mi papá en los últimos años… Cuando llega a Tucumán como médico y por qué… en qué condiciones. 

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Fabián Galdi (der.), periodista de El Café Diario, y Ernesto Espeche (izqda), con su novela.

Esa mujer es enfermera. Me regala una etiqueta de cigarrillos que dice Jockey Club, y me dice: «mirá, esto lo guardé por entonces hasta hoy para ver si en algún momento me podía encontrar con los hijos de Martín». Ella también le decía así. «Fue el último cigarrillo que nos fumamos antes de bajar por el monte hacia el pueblo de Santa Lucía, adonde íbamos a hablar con los vecinos y a buscar medicamentos», me contó. Todas las noches, un grupo de tres bajaba y esa noche les tocó a ellos. Ahí es donde asesinan a mi papá, secuestran su cuerpo y desaparece… Y termina luego en el Pozo de Vargas. Entonces me encuentro con ella y reconstruyo parte de esa historia mucho más y digo «tengo que escribir esto… de alguna manera, cuando salga del shock necesito escribir».

Y al fin, usted logró salir de ese estado de shock, tan comprensible por cierto.

Sí… Es que esto era muy fuerte, demasiado. Saber que estaban los restos de mi papá. Conocer qué pasó con su vida casi al detalle. Sus últimos meses de vida, porque yo eso lo tenía perdido. En Tucumán no pudieron darme respuestas porque evidentemente no le conocían. Todo porque era mendocino, porque era un médico que llegó tardíamente a Tucumán en enero, febrero del ’76… Digo tardíamente respecto a la cantidad enorme de militantes que ya había en Tucumán en ese momento. En Mendoza, muy poca información había podido tener. Ella sí me da este dato. Y me cuenta todo: cómo van, cómo se preparan, cómo los convocan… La mayoría eran médicos. Todo porque la situación ya era muy difícil. Necesitaban médicos, refuerzos… Médicos o alguien que tuviese algún conocimiento de medicina, al menos. Me cuenta todo eso y me regala esa etiqueta de cigarrillos que hasta el momento era lo único tangible que a mí me vinculaba con mi viejo. 

La novela que nació meses después del encuentro

¿Cuánto tiempo pasó para que se decidiera a empezar la escritura?

Pasaron unos meses y empecé a escribir esa historia como una crónica, un testimonio. Seguí escribiendo y en un momento -no sé cuándo- me di cuenta de que lo que estaba escribiendo ya no era ni crónica ni testimonio ni nota periodística ni ensayo. Era algo que había traspasado esa frontera y empezaba a ser una novela porque ese descenso en el pozo, que en tiempos reales puede durar tres minutos, cuatro como mucho -porque va lento el ascensor- para mí es la trama de la novela. Empiezan a aparecer en ese descenso voces que toman la palabra, recuerdos, reconstrucciones que alguna vez pude hacer respecto de sus vidas, y cuando hablo de éstos no me refiero sólo a mi padre, sino a quienes ya no están porque desaparecieron o ya sea porque sobrevivieron pero murieron posteriormente peleando por justicia, por memoria, por verdad.

¿En qué circunstancia esas voces ingresan al texto?

Esas voces empiezan a entrar en el texto y a decir lo suyo, a contar lo suyo… Voces que pueden tener que ver con personajes o personas que realmente existieron o que no, ya no me importa… O contando hechos que realmente ocurrieron o que no y tampoco me importa… Sólo tenía necesidad de contar esas historias y que esas voces tomaran la palabra. 

¿Y en esos momentos fue su decisión de transformar el relato testimonial en una novela?

Claro, porque lo que aparece es un libro de viaje, pero más que viaje es un descenso y todo descenso es un descenso incómodo. Y es una novela incómoda. No es triste. No es una novela lacrimógena -digamos- sobre la ausencia, sobre el vacío… Con lo que significó en la Argentina, con las desapariciones… Es incómoda cuando el personaje se aleja del autor en algún momento y va tomando su propia perspectiva de los hechos.

¿Cómo se aleja el personaje del autor?

Por momentos regresa a su infancia, se permite el humor, se permite la ironía, se permite jugar en un fino límite de lo que es políticamente correcto y de lo cristalizado en términos consignistas digo yo. No es un panfleto ni mucho menos, sino que es un texto provocador de una reflexión profunda de algo que estoy convencido de que no terminamos de comprender ni de aceptar… Que la dictadura sigue, no terminó en el ’83. Sí terminó formalmente en el ’83, pero nos sigue pasando todos los días cada vez que nos levantamos, cada vez que vamos a laburar, cada vez que salimos al mundo… Algo nos recuerda permanentemente que la dictadura, a través de sus marcas, nos dice que aquí está.

¿Cómo siente que la Dictadura sigue estando?

Está… Con su horror, con su oscuridad… Y para cubrirnos. Entonces, la clave es coexistir con esa oscuridad y lograr convivir cada tanto. En ese descenso a los infiernos que es, de alguna manera, la lógica de este libro. Ese poder habitar en el mundo de los vivos o vivir de a ratitos en el mundo de los vivos. Y poder tener a través de mis hijos o de los nietos de aquella generación esos diálogos que nos permitan darle sentido a muchas cosas que difícilmente lo tuvieran si nos quedáramos sólo con esa oscuridad del pozo.

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3 comentarios

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Gracias por dejar su testimonio,su enorme y valiente aporte a la verdad,a la única y verdadera historia,la del Terrorismo de Estado,la del Genocidio,la del robo de los bebés.
30.000 CO,PAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS !!!! PRESENTES AHORA Y SIEMPRE !!!!!

Gracias por su comentario respecto de la nota, Patricia. Si desea comunicarse directamente con Ernesto Espeche podrá hacerlo vía Facebook o Twitter a @ernestoespeche

Saludos cordiales.

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