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El laboratorio del Instituto Malbran trabaja en la detección de coronavirus.

Éramos tan felices, no lo sabíamos

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Éramos felices antes del coronavirus y no lo sabíamos. La pandemia en la vida de cada argentino. Las emociones. Cómo transitar la cuarentena obligatoria..

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Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Federico Esteban (federicoeest@gmail.com)

Leer libros. Programar aquel plan postergado de gimnasia. Cocinar ricos postres. Ver películas. Pintar el techo o las paredes. Lavar cortinas. Armar rompecabezas. Tomar clases de zumba. Todas son actividades que tranquilamente se pueden realizar no estando en cuarentena. Ahora bien, teniendo en cuenta que cada familia, como dice el dicho, “es un mundo”, con sus propias reglas de convivencia, sus costumbres y su filosofía de vida, una actividad que es tradicional para un grupo familiar puede resultar extraña para otro. El caso es que el coronavirus marca un antes y un después. Y una sensación. Éramos tan felices, y no lo sabíamos.

En este aislamiento social y obligatorio las extrañezas se multiplican en cada hogar. ¿Ordenar el botiquín del baño? ¿descargar una app para hacer ejercicios? ¿hacer fila para entrar a un supermercado? La rutina de todos, algunos más afectados que otros, se ha visto trastocada, por no decir transformada: ¿Levantarse a la misma hora todos los días? ¿Sacarse el pijama al salir de la cama? ¿Preocuparse por nuestra apariencia física? ¿Decidir cuándo realizar las compras para casa? ¿Cómo mantener la relación con nuestros seres queridos? ¿Cambian los vínculos? Toca aislarse para protegerse, para protegernos.

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Una mujer tiende la ropa en su casa en Italia, uno de los países más afectados por la pandemia del coronavirus. (Ulysse Daessle – ShotzrWeb)

Aplausos, el modo de agradecer

Son las 21 horas del quinto día de cuarentena obligatoria establecida por el Gobierno. Un tímido aplauso se sucede en el silencio de la noche. Luego, un segundo choque de manos viene a acompañarlo. Un tercero y un cuarto no tardan en llegar. Los balcones, patios y terrazas se ven colmados de personas que se unen bajo un solo movimiento: el aplauso. El gesto, a estas alturas, no es sólo en reconocimiento a los trabajadores de la salud que luchan contra el coronavirus, la enfermedad que ha amenazado al país y al mundo.

Los aplausos son también para todos los que, de algún modo, colaboran para evitar la propagación del virus. Policías y gendarmes. Políticos y funcionarios. Agentes de tránsito y bomberos. Vecinos y ciudadanos encerrados en los hogares para disminuir la cantidad de infectados. Por eso, como todas las noches, unidos para dar aliento a través de un simple pero significativo aplauso.

Un aplauso que no sólo es sonido y reconocimiento. Es también un gesto que te dice “quedate en casa”. Quien la tenga, claro, porque ojalá que todos tuvieran una vivienda digna. Comenzó como un pedido de solidaridad y mutó en orden repleta de buenas intenciones para reducir el contacto social que puede derivar en contagios masivos y más muertes. Se trata de reducir el poder del COVID-19, la razón social del coronavirus que ha causado, hasta las 13.15 (hora argentina) de este 26 de marzo de 2020, 492.603 infectados y 22.184 muertes en todo el planeta.

La consigna, obligatoria desde el 20 de marzo hasta -en principio-, el 31 de este mes (todo hace suponer que se extenderá hasta mediados de abril), ha tenido fuerte influencia en la gente a partir del segundo día de la cuarentena. Después de un viernes de escasos controles pero de potente concientización el sábado. Con el despliegue de las fuerzas de seguridad y la intensificación de los controles, las calles del país quedaron enmudecidas. El silencio se apoderó del aire. Y la incertidumbre, de todos.

Pese a la negligencia de algunos y algunas irresponsables que vieron en el cese de actividades una ocasión para tomarse “vacaciones” (se estima que fueron aproximadamente 30 mil los que partieron a la costa o salieron del país un día antes del decreto presidencial), la población se quedó en casa. Nadie sabe hasta cuándo, pero lo que sí se sabe es que en casa, las probabilidades de enfermar disminuyen. Y permanecer en casa, sin tener que ir a trabajar o asistir a clases, obliga a transformarlo todo. Hasta las emociones.

Online todo el día, cada día

El uso de las redes sociales se ha multiplicado. Las videollamadas abundan. Ya sean para celebrara un cumpleaños o para arengar a un grupo de trabajo a fin de que ejercite la creatividad para sostener una empresa, una idea.

Las películas o series vistas en Netflix aumentan. Los juegos en línea se han convertido en un plan atrayente. La tecnología, por el momento, hace olvidar la distancia real con la realidad. Por el momento, son más de 502 los infectados en Argentina y 8 los muertos. La progresión se incrementará en lo inmediato: el pico de casos, algo en lo que coinciden los profesionales de la salud consultados por los medios, se estima que se alcance a mediados de abril.

Mientras tanto, contrariamente a la recomendación de la ENACOM de reducir el volumen de las videollamadas y la calidad de los videos que se visualizan a través de las redes sociales, el uso del celular se ha potenciado. Las historias de Instagram, los challenge propuestos, las opciones de interacción. Todo ello se han convertido en pequeñas herramientas para soportar el encierro pese al peligro de que la red eléctrica también colapse y haya que racionarla como ha sucedido en Ecuador, por ejemplo.

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Una joven se ejercita con pesas durante el aislamiento social al que obliga el COVID-19, con el barbijo puesto. (Ulysse Daessle – ShotzrWeb)

Armar planes es clave

Un encierro entre cuatro paredes, con las mismas personas o con uno mismo, que no hace más que tener dos posibles efectos. El hastío, que conlleva desesperación, estrés, aburrimiento, cansancio, depresión. O el acostumbramiento en su versión positiva, que implica constancia, rutina, paciencia, inteligencia y fortaleza mental. Como han sostenido varios psicólogos, la segunda consecuencia es la deseada.

Es fundamental armar planes y tenerlos agendados apenas comenzado el día y acerca al bienestar para atravesar la cuarentena que ya se ha cobrado muchos miles de detenidos por circular sin motivo alguno. Por eso, tomar el DNI para comprar un paquete de arroz a la vuelta de casa casi se ha vuelto una necesidad. Como esperar en la vereda para ingresar a la farmacia o la fiambrería. Y una obligación lavarnos las manos apenas llegamos a casa, aunque no como ha sido uso y costumbre toda la vida. Porque el reseteo global al que obliga este virus, incluye un tutorial hasta para eso.

Se saluda con el codo. Se guarda una distancia prudencial de dos metros con los humanos que se encuentran en la calle porque la desconfianza se ha hecho carne. Entre las inquietudes, cómo (no) organizar el fin de semana, cómo (no) vernos. Acaso en otro tiempo puede haber hastiado la calesita de reuniones familiares. «Tengo un compromiso familiar», como frase de cabecera para marcar desgano u obligación. Otra vez. No lo sabíamos. Éramos tan felices.

La cuarentena ha obligado a permanecer en las casas. El coronavirus le está dando una paliza psicológica a la humanidad mientras la Naturaleza agradece el retiro humano del espacio público. Mientras tanto, todos aquellos planes y proyectos, viajes y reuniones, abrazos y besos, como ha dicho la astróloga Julieta Suárez, no se pierden. Todo se acumula para disfrutarlo como se merece. Porque el coronavirus trae enseñanzas. En primer lugar, a actuar como sujetos responsables. Y quizá la más importante, valorar la libertad y reforzar los afectos.

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