El veneno también está en el aire

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Cuando hablamos de veneno no sólo hay que hacer referencia al COVID-19. En el aire también flotan los intereses y las manipulaciones que atentan contra las libertades.

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Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Ariel Robert (arielrobert1@gmail.com)

La única manera que tiene de sobrevivir es que tu cuerpo se lo permita. Podríamos elegir esa frase inicial para describir la amenaza que nos tiene confinados desde hace más de un mes. Increíble. Veneno. Un huésped al que nadie invitó, entra sin solicitar visado e ingresa sin timbre previo

Imposible verlos. Cien veces más diminutos que las invisibles bacterias. Sin embargo, este veneno nos ha sometido como nadie nunca, y a todas y todos.

Cualquier elucubración sobre la creación maléfica de un virus sintético cabe perfectamente en las páginas de los diarios, en los noticiarios de televisión, en los programas radiales y -claro que sí- en sitios informativos como este, y rodando sin freno a través de las redes sociales.

Determinar el origen del COVID-19 no es un requisito para dar argumento a la literatura, es una necesidad para avanzar en el desarrollo de una vacuna, y antes, en algún medicamento que atenúe su ferocidad. Y no toda versión es plausible. La mayoría puede tener origen honesto, pero también la mayoría es de propagación irresponsable.

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Libertad de Expresión

Tan potente es el virus que este 3 de mayo debió postergarse la celebración de los 27 años de la declaración de la UNESCO del Día Internacional de la Libertad de Expresión.

En la construcción de sociedad, y para el ejercicio cercano a una democracia plena, la libertad de expresión es la esencia. Y como toda esencia, es susceptible de ser maltratada, alterada, aguada e inclusive adulterada. Pero quizá lo más destructivo de la libertad es un uso inadecuado, irresponsable, negligente.

El título para la celebración instituida por la UNESCO es una pretensión, una exhortación, un deseo: «Por un periodismo valiente e imparcial». Amplían el concepto y lo explican. El conflicto entre el periodismo y los poderes constituidos es inevitable y saludable, pero cada vez es más difícil lograr escapar de la regla de la imposición estatal, en algunos casos, y de la coerción política y mercantil, por otro.

Contrariamente a lo que muchos pueden suponer, con la intervención de internet como carretera de información, en vez de ganar en independencia (independencia en relación a los intereses sectoriales que pugnan por mantener sus privilegios) la información veraz queda modelada según la intención de algunos pocos. Una concentración de poder inédita como esta pandemia.

Como cardúmenes inocentes e incapaces, quedamos inevitablemente atrapados por la red sin conocer bien el destino y con la amenaza en ciernes, si no ingresamos en la red, seremos depredados por la indiferencia de los públicos.

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Periodistas de sí mismos

Una paradoja de época es que hoy, de alguna manera, todos, mediante sus propios muros y cuentas, son periodistas aunque sea de sí mismos y de sus circunstancias más mundanas. Y ese incontable flujo de datos disparado hacia todos lados y bombardeados desde cualquier ubicación, compite con la pretensión de ser cancerberos del pueblo, develando la desnudez del rey, el deber ser del periodismo.

Redes sociales insaciables. Nada de malo. La libertad de expresión, permítaseme la redundancia, en su máxima expresión. Lo único que en esto queda herido y de muerte es: el camino más expedito en busca de la verdad.

La distancia que separa el discurso periodístico honesto de las informaciones aisladas, replicadas acríticamente es: la intención.

La vocación que le da sentido a esa intención es lo que nos exige a los periodistas, antes de multiplicar un texto o repartir hacia el universo una imagen, contrastar, revisar, reflexionar y además: considerar qué puede provocar esa información, esas imágenes.

El riesgo que implica la circulación sin restricciones de información es el eje cartesiano que señala a mayor libertad, menor seguridad y viceversa.

La gran protección que nos otorga la legislación nacional para impedir que los periodistas puedan sufrir aprietes, censuras y manipulación profesional, es un atributo de nuestro sistema pero -igual que la pandemia actual- no cuenta con alguna vacuna que impida que ese marco jurídico sea la ventana propicia para la corrupción.

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Caso piloto

Sin caer en la tentación de condenar, antes de que las instancias judiciales así lo determinen, hay muchos casos de periodistas en Argentina procesados. Tal vez el más emblemático sea el caso de Daniel Santoro, hombre de Clarín pero a la vez panelista de la pantalla de América.

Según dos imputaciones en distintas causas, usaba con destreza su influencia en ambos medios para extorsionar. El método para nada sutil. Publicar en ambos medios algo que lesione la imagen de la víctima o lo involucre en causas judiciales. Muy sintomático es que Daniel Santoro venía de recibir premios otorgados por asociaciones que definen la «ética periodística».

Ni la inmunidad periodística ni el fácil acceso a las redes alcanzan para zafar de la penalidad que condena a quienes usan sus medios y herramientas para proferir noticias falsas -de manera voluntaria y consciente- que puedan generar daños a la comunidad.

El código penal, en su artículo 211 es claro. Quien para infundir temor público o suscitar tumultos o desórdenes, alarmara a la población a través de cualquier medio, amenazara con la comisión de un delito para producir tales efectos, será reprimido con prisión de hasta seis años. Algo que en absoluto obstruye el uso de cualquier mecanismo informativo para opinar con amplia libertad.

Podemos concluir que están dadas las garantías para el libre ejercicio del periodismo, lo que no está contemplado de manera empírica aunque sí en el texto de la ley y en lo teórico es: el derecho a la información de calidad. Y en este caso, calidad no refiere a cuestiones de carácter estético, ni a la elegancia y tampoco a la sofisticación de cómo se entrega la información, sino a aquello que señalamos más arriba: a la intención. Al rigor.

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Una cuestión de límites

Otro de los puntos anunciados por la UNESCO en relación a poder estimular las buenas prácticas periodísticas es una cuestión nodal: de dónde se obtienen los recursos para el ejercicio del periodismo. Si es parte de una organización periodística (empleado), cuales son los límites editoriales y por qué. Y algo que está amparado en la Ley 26.522 al menos para los medios electrónicos que consideramos de gran ayuda para poder discernir los por qué de determinada opinión: quiénes son los propietarios, en definitiva, los que indican esa línea editorial. Una buena manera de saber que intereses defiende ese medio o -como lamentablemente ocurre en Argentina y en muy pocos países del mundo-qué otros negocios tienen los accionistas del medio o del conglomerado de medios.

La evidencia no siempre es suficiente, pero con una mirada atenta y la duda como estandarte, los medios que actúan como partidos políticos desde las sombras y los periodistas que usan sus espacios para malversar la materia prima, sólo seguirán teniendo éxito si nuestras mentes les otorgan permiso para que se alojen. Si nuestros pensamientos no se relajan y nos despojamos de la pereza intelectual, la libertad de expresión adquiere sentido y es más amable el camino que nos conduce hacia la verdad.

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3 comentarios

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Excelente , Ariel Robert es un gran periodista que emplea con ética las herramientas de esta disciplina , tan noble cuando está nutrida de la verdad .

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