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Los inmigrantes bolivianos en la Patagonia

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos Hace 30 años comenzó la inmigración de bolivianos al sur argentino. Hoy conforman una colonia de productores clave en la región.

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Por Gabriel Túñez (lahorasinsombra@gmail.com)

Donato fue el primero en llegar a Trelew a principios de los 80. Lo hizo bajando desde su Bolivia natal atravesando diferentes provincias argentinas. Desde Salta, donde vendió flores y trabajó en la cosecha de tabaco, pasando por Mendoza hasta instalarse en las chacras casi abandonadas del Valle Inferior de Chubut, un paraíso agrícola que los descendientes de los galeses, históricos habitantes de la zona, habían dejado de lado por su crecimiento profesional.

Donato hizo un surco en la tierra y probó plantando, primero, lechuga. Los rindes fueron buenos, entonces siguió probando con acelga, brócoli y albahaca. Después sumó frutas. Aquel primer surco se transformó, con los años, en una pujante actividad económica de la zona, tanto que alimenta a los habitantes de la región y de otras lugares de la provincia.

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La confirmación de que aquel era un lugar increíble hizo que Donato, conocido hoy por haber sido el primer inmigrante boliviano en la zona, convenciera a otros de viajar un poco más por el país y la Patagonia. Algunos no eligieron Trelew sino que apostaron por Puerto Madryn. Lejos de las ventajas agrícolas, apostaron por los trabajos en la construcción: albañiles, plomeros, carpinteros.

En aquella tradicional región dominada por las costumbres galesas, hoy el 30 por ciento de los alumnos que asisten a las escuelas de Trelew es boliviana o descendiente.

Cambio demográfico y discriminación

El movimiento de inmigración norteña en el sur argentino llevó a Nancy Calfin, licenciada en Ciencias Naturales, Lucas Britapaja, periodista y estudiante de Historia y Noelia Otero, politóloga, a encarar hace tres años ‘Trayectos migrantes’, un trabajo fotográfico todavía en desarrollo que investiga la historia del poblamiento boliviano en el valle inferior del río Chubut. “Nuestra intención es que esta fotohistoria se vuelque en un libro que sirva a la memoria e historia regional”, asegura Otero a El Café Diario.

“Los tres tenemos algo en común, que es entender al otro como sujeto de derecho. La inmigración existe y tratamos de ponerla en relieve porque en Trelew dependen de la comunidad boliviana para el abastecimiento de frutas y verduras”, explica la politóloga.

La comunidad galesa llegó a la Patagonia a mediados de 1800. El crecimiento profesional y la búsqueda de otros objetivos hizo que los descendientes de aquellos colonos comenzaran a abandonar los campos aledaños a Trelew. Allí se fueron instalando los inmigrantes bolivianos. Algunos consiguieron comprar una porción de tierra, mientras que otros la arriendan.

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Un importante sector de la sociedad local sostiene discursos discriminatorios que, desde el prejuicio, menosprecia o desconoce el aporte de las familias bolivianas productoras a la economía. “El maltrato a los bolivianos no es de todos. Pero a veces les dicen que no trabajan, que viven de planes, que son sucios… Por eso también se nos ocurrió comenzar este trabajo para mostrar el esfuerzo y la labor de cada uno de ellos”, explica Noelia Otero.

Producción clave para la región

Las verduras, frutas y especias aromáticas producidas en las chacras bolivianas se venden en las verdulerías y los supermercados. Según la politóloga, «la inmigración es clave para la economía de la región que se extendió comercialmente hacia otros centros urbanos del sur”.

Las chacras se caracterizan por los hornos de barro, las plantaciones de maíz y quinquina. También se pueden observa banderas wiphala flameando en los surcos sembrados a más de 2.500 kilómetros de Bolivia.

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También hay quienes regresaron a Bolivia “porque les faltaba la hoja de coca”. Según Otero, para muchos de ellos la dependencia con esa hoja de los Andes centrales es tan o más fuerte que el mate para muchos argentinos.

El objetivo que se plantearon los tres investigadores es que el resultado de este trabajo se transforme en un libro que, además de mostrar y contar la historia de la comunidad boliviana en el valle inferior, sirva como material educativo en las escuelas. Noelia Otero afirma que «es allí donde debe entenderse que todos somos sujetos de derecho”.

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