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Economía argentina, un tic tac eterno que nunca da la hora

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos De izqda a der, María Eugenia Vidal, Miguel Ángel Pichetto, Marcos Peña y Mauricio Macri. Ocaso de un gobierno malo y breve. Argentina debe repensar su economía y repensar su idea de país.

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

Por Pablo Kulcar (pablokulcar@hotmail.com)

Lo que llamamos vulgarmente populismo no es otra cosa que una mirada de la economía expansionista en recursos e inclusiva hacia los ciudadanos. Contrasta con el liberalismo económico, que intenta contener esa misma economía a base de reglas autorreguladas. Nuestro país oscila entre estas dos etapas, con alternancias de crisis, al costo de heridos, defraudados, estafados y, sobre todo, una sociedad que se ve a sí misma como condenada a estas conductas cíclicas.

Si tuviéramos que explicar las corrientes populares diríamos que básicamente hacen honor a su nombre e intentan una distribución del ingreso aspirando a una defensa de la producción nacional. Un gobierno popular tiene como objetivo sustancial el hombre, y por lo tanto intenta asegurarle servicios sociales.

Las etapas expansionistas suelen comenzar con el aumento de los salarios reales, el crédito barato, el incremento de la actividad económica y una euforia en el sector industrial y comercial. Sin embargo, el déficit crece, la balanza comercial se desequilibra, y aquí comienza surge el primer alerta.

El déficit primario, es decir, el consumo mayor a lo que la sociedad genera, es la música sobre la que danza nuestra eterna y macabra compañera: la inflación. Aparecen los reclamos sectoriales, la sabana de protección no alcanza, y se derrumban los servicios sociales. Casi mágicamente se acelera la inflación. El proceso culmina en el agotamiento de reservas en el Banco Central, y en una crisis de balanza de pagos que pone fin a la expansión económica. Se despide el estado de bienestar y comienza el reordenamiento neoliberal. Ahí, agarráte.

La caída de la corriente popular provoca siempre un vuelco brusco hacia la ortodoxia económica. Por más que se presenten como políticas nuevas, el pensar y el sentir son los mismos. Conservadores que intentan conservar lugares, privilegios y, por encima de todo, retener el poder de decisión. El acento se ve puesto sobre el orden, la disciplina, la eficiencia, el equilibrio del presupuesto, el ahorro, la confianza y la atracción de los capitales del exterior sin que importe el sacrificio colectivo. Hasta se ensalzan las virtudes del martirio.

Estos ideólogos instalan sus equipos en medio de las crisis de balanza de pagos y su idea de solución apunta a la retracción monetaria, las devaluaciones, y el desplome de los salarios de aquellos a los que percibe como un costo a eliminar.

Su relato es un cuento de hadas sobre la llegada de capitales extranjeros que siempre están por aterrizar, pero pocas veces o nunca tocan la pista. De acuerdo a las afirmaciones de los representantes neoliberales, la recesión y la caída de los salarios reales no son más que perjuicios momentáneos que corresponden a un período necesario. Que gracias a eso crearán las bases para un supuesto crecimiento en beneficio del conjunto de la población. Pero el despegue nunca se concreta. El saneamiento tampoco.

Aumentan los capitales externos, pero son más bien especulativos y acuden como los buitres a la carroña a la espera de resultados. El mercado cambiario sólo busca acomodarse a lo que pueda pasar, en una economía que jamás satisface su voracidad. El péndulo vuelve a oscilar, la paz de los mercados es la bacteria que viraliza el déficit, y sobreviene otra nueva crisis. Se rajan los capitales extranjeros, se hace imposible afrontar el pago de los préstamos, y la presión sobre las reservas se hace insostenible. Vuelve a caer el salario real, disminuye la demanda interna, la tasa de inflación aumenta otra vez, ahora de manera vertiginosa, se profundiza la recesión y la sociedad trastabilla por donde la lleven.

La resistencia de los sectores afectados debe ser interpretada como una reacción defensiva saludable de la sociedad. Y un gobierno que pretenda de verdad brindarle una salida económica al país no sólo debe ocuparse de conseguir la cuota necesaria de poder, sino que ante todo debe concentrarse en formular una política económica viable y adecuada. Argentina no puede pretender ser la copia de modelos desarrollados. Debe repensarse y dejar de repetirse en recetas que la debilitan desde hace décadas.

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