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Derechas, izquierdas; unidades, rupturas; todo está en la genética

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Derechas e izquierdas. Dos modos de proceder diametralmente opuestos, que explican buena parte de la historia política y social en el mundo.

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Rodolfo Chisleanschi (elcafediariopuntocom@gmail.com)

Las leyes de la genética son implacables. Gregor Mendel, padre de esta ciencia, no era político, y cuando sentó las bases para entender por qué los hijos tendemos a parecernos a nuestros padres, y ancestros en general, seguramente no se le ocurrió pensar que sus estudios podían servir también para explicar fenómenos que ocurren fuera de los laboratorios. Por ejemplo, la manera de actuar que tienen en la política las derechas y las izquierdas.

En 1789, poco tiempo después de la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional Constituyente se reunió por primera vez para empezar a dirimir qué tipo de Estado se quería construir, una vez que las cabezas reales habían rodado literalmente cuesta abajo. Los asistentes fueron sentándose donde encontraron un lugar, pero se agruparon en función de sus líneas de pensamiento. Así, a la derecha del presidente quedaron los Girondinos, partidarios de una monarquía constitucional y de que la nobleza y los burgueses conservaran ciertos privilegios, entre ellos el del voto. A la izquierda, los Jacobinos, republicanos que querían que nadie quedara excluido de la toma de decisiones. En el medio los “tibios”, sin ideas del todo definidas.

Desde ese día, sin saberlo, la genética quedó incrustada en el ADN político. La derecha pasó a ser por siempre conservadora y representante de las clases pudientes; la izquierda, rebelde, contestataria y “popular”; los tibios, ni fu ni fa, pero en el fondo siempre mirando con más cariño a diestra que a siniestra.

Lo que en aquella jornada parisina nadie tuvo en cuenta es que ciertas características también quedarían fijadas para siempre en los cromosomas de unos y otros. Por ejemplo, los de la derecha identificaron enseguida a sus rivales, y desde el principio entendieron que los debates internos eran exactamente eso y que debían dejarse de lado ante la defensa de intereses que consideraban más trascendentes. La información incrustada en los ácidos nucleicos de los de la izquierda, en cambio, los empujaba a la crítica constante, y esta a la discusión exacerbada. El adversario podía ser alguien de la derecha, por supuesto. Pero también, un integrante de su mismo bando cuya mirada tuviera matices diferentes en aspectos que muchas veces eran más de forma que de fondo. De esa manera, la izquierda fue confundiendo al rival. Perder una batalla tras otra fue -y sigue siendo- la consecuencia.

Revuelo en España

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Casi un cuarto de milenio más tarde las cosas siguen más o menos igual. Acá, allá y en todas partes. En estas semanas, España, una tierra con muchos y variados antecedentes al respecto, está brindando el ejemplo más reciente. Mientras que la derecha gobernará Andalucía por primera vez desde la caída del franquismo gracias a la alianza del Partido Popular, Ciudadanos y Vox -es decir, el espectro completo desde las posiciones más centradas a las más extremas-; Podemos, el único partido de izquierda real que había alcanzado altas dosis de seguimiento y representatividad en este siglo, está al borde mismo de la escisión, si es que ya no está roto.

La semana pasada, Íñigo Errejón, número dos de la agrupación, anunció que se presentará a las elecciones municipales de mayo próximo como candidato con otra formación política, junto a Manuela Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, y su determinación constituye un paso de difícil retorno. La primera reacción de Podemos fue afirmar que no presentarán candidatos en Madrid para no competir con Carmena. Pero hasta mayo falta mucho.

Las discutibles decisiones políticas de Iglesias, que le permitieron a Mariano Rajoy acceder a un segundo período al frente del Gobierno español, y el descenso paulatino de votos desde 2015 a la fecha, terminaron de abrir la grieta y erosionar el poder del número uno. Ahora, el portazo de Errejón puede devenir en catástrofe electoral.

Nada de esto es novedoso. Sin salir de Europa abundan los ejemplos. La falta de acuerdos en la izquierda para adoptar una postura opositora común fue toda una garantía para la continuidad de gobiernos de derecha. A su vez, las peleas internas en las contadas ocasiones en que el ala progresista de la sociedad se unió para ejercer el poder dinamitaron sus posibilidades desde adentro, hasta provocar caídas anticipadas o fracasos rotundos.

Un pulso encendido

En Francia, por ejemplo, socialistas y comunistas franceses vivieron sospechándose mutuamente durante décadas, en tanto los De Gaulle, Pompidou, Giscard D’Estaing y compañía repetían triunfos de la derecha. Solo cuando el PC apoyó al PS en el ballotage que llevó a François Mitterand a la presidencia en 1980 hubo cierto acercamiento pero sin dejar de lado los recelos.

El Partido Comunista Italiano, que llegó a ser el más poderoso de los comunismos occidentales, nació como una escisión del socialismo en 1921 y desde entonces, y salvo períodos muy efímeros, nunca volvieron a reconciliarse.

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En España fue incluso más trágico. Los conflictos entre todo el campo de izquierda -socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas y republicanos moderados- fueron un campo de cultivo propicio para el alzamiento del Ejército comandado por Francisco Franco que derivó en la Guerra Civil. Incluso durante el conflicto bélico anarquistas y comunistas protagonizaron una batalla a tiros en pleno centro de Barcelona.

Las cosas tampoco han sido mejores si miramos hacia adentro. La división en las filas populares es histórica. El peronismo nunca quiso saber nada de socialistas, comunistas y trotskistas desde el mismo 17 de octubre del ’45; y estos siempre miraron con resquemor a los primeros porque en cierto modo los perciben como usurpadores de la voluntad de las clases trabajadoras, si se compara con lo ocurrido en otras latitudes. Las divisiones y las mil caras del peronismo dan a su vez para escribir varias enciclopedias.

Talantes

La derecha, en ese sentido, no suele dudar. Se une cuando ve que puede alcanzar el poder, y una vez conseguido no llega jamás a la ruptura con tal de sostenerlo. Las críticas son moderadas, y si no lo son -al estilo Lilita Carrió-, terminan difuminándose tras un par de reuniones amables, y los intereses superiores se colocan por encima de las ambiciones personales. Sus votantes y seguidores son fieles, porque siempre resulta más sencillo aferrarse a lo conservador que arriesgarse a los cambios.

La izquierda, por el contrario, discute a los gritos, se pelea y deja de saludar al compañero de banco. Transformar obliga a profundizar en la reflexión. Esto conlleva encontrar cientos de variables y cada cual cree que la suya es la mejor o la única posible. Le cuesta un mundo ponerse de acuerdo para asaltar La Moncada, y un par de mundos más no desangrarse cuando logra tomarla. Es así, y no parece tener remedio. Manda la genética, y la historia indica que es inútil combatir contra el ADN. ¿No están de acuerdo? Lean a Mendel.

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