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Cristian Vitale: «Encarnación Ezcurra fue una mujer única»

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

Por Florencia Romeo (florenciaromeo06@gmail.com)

Si el papel de la mujer ha sido subestimado en la Historia en general, Argentina no es la excepción. Son pocos los nombres con peso propio que han trascendido, como Mariquita Sánchez de Thompson o Juana Azurduy, a quienes se suman esposas de celebridades, como Remedios de Escalada y no muchas más. Pero a algunas directamente se las ha obviado, como sucede con Encarnación Ezcurra, compañera de Juan Manuel de Rosas, a quienes muchos consideran la primera política argentina, por su participación directa y decisiva en el ingreso y ascenso de su marido en la escena local.

Fue amada en su tiempo, al punto que a sus funerales asistieron alrededor de 25.000 personas, cuando la población de Buenos Aires y alrededores no superaba los 60.000 habitantes.

Lo poco que se sabe de ella es de refilón, según aparece en las biografías de su marido, su hija Manuelita o incluso de Manuel Belgrano, por la relación que unió al creador de la bandera con Josefa Ezcurra, su hermana mayor.

Una omisión que empieza a repararse porque Editorial Marea acaba de publicar ‘Encarnación Ezcurra. La caudilla, obra del periodista, docente y escritor Cristian Vitale, que dialoga con El Café Diario sobre este personaje de la historia argentina.

¿Se puede afirmar que Encarnación y Rosas eran una pareja con vocación de poder? A veces se los compara con Perón y Evita.

Me cuesta pensarlo de esa manera. Cuando se casan, Rosas no tenía una vocación de poder, al menos no aparece en ninguna fuente. Durante toda la década de 1820 rechaza dedicarse a la política, incluso hasta el fusilamiento de (Manuel) Dorrego, en diciembre de 1828. Después se va dando con el devenir y con las circunstancias, pero no hay registro de que antes del amor hubiera una vocación política o de poder fáctico ni en la provincia ni en la Confederación.

Y apuntalado por ella, tanto o más interesada que él en que se involucrara en la política nacional, porque lo creía la persona adecuada.

Es así, pero eso aparece en un momento bastante tardío. Las intenciones políticas de Encarnación, de verlo a él como el único tipo que puede resolver la anarquía o el caos que ocurría en la provincia de Buenos Aires y en la Confederación después, se remiten a fines de la década de 1820, no antes.

De hecho, cuando se conocen Perón y Evita, él ya era un funcionario con aspiraciones y ella, una figura pública. Acá se habla de un gran amor en el que luego surge la actividad política.

Ahí sí es palpable. Perón conoce a Eva en plena actividad política, es otra cosa. Quizá a ella la atrajera ese coronel que defiende derechos y enamora a los obreros. Nada que ver con Encarnación y Juan Manuel, no hay testimonio de eso. Se habían casado en 1813 y la vocación política sí se ve y es clara mucho después, a partir de 1828 y la dictadura unitaria, que es tremenda. Cuando ve eso, Encarnación le dice a Juan Manuel: «vos sos el único que puede poner orden acá». Y no sólo ella, varios de sus allegados también.

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La biografía sobre Encarnación Ezcurra integra la
Colección Los caudillos, que dirige Hernán Brienza.

Una mujer singular

Encarnación alienta a su marido a que participe en política. Es contrafáctico, pero cuesta pensar que Rosas hubiera hecho una carrera política con otra mujer, como por ejemplo, Mariquita Sánchez de Thompson, gran amiga de ambos.

Estamos hablando de una mujer única. Mariquita también sale del molde, pero ella se circunscribe a la lectura de lo que es la política de élite, de los sectores de poder concentrados y los que tienen la preponderancia de la economía. En lo político, la diplomacia, la relación con el extranjero. Mariquita se mueve en ese ámbito. Encarnación dirige su mirada abajo, eso es lo que la hace única. La conexión que ella establece con todos los sectores subalternos, plebeyos de ese período de la historia argentina, es única.

Encarnación se relaciona con los negros de la ciudad, no con los indios y gauchos del campo.

Rosas estableció una relación muy fuerte con los indios y los gauchos, no así Encarnación. Esto se detecta en las fuentes directas. Ella era de la ciudad, iba poco al campo, eventualmente iba de vacaciones. Cuando Rosas la invitaba a la estancia porque a él le costaba mucho venir a la ciudad, no le gustaba. Entonces la invita y la lleva a ella con la familia, a las estancias más glamorosas, pero no la involucra, y a ella tampoco le interesa.  

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Cristian Vitale: «la conexión que Encarnación establece con todos los
sectores plebeyos de ese período de la historia argentina es única».

Amor a distancia

Ella pertenece a la ciudad y él, al campo. ¿Cómo funcionaba, entonces, ese matrimonio? Porque a pesar de ello, constituyeron una pareja sólida, que se había casado por amor.

Era una vida de distancias, un amor complejo. Rosas era un tipo que estaba siempre con el trabajo presente en las estancias, no era un estanciero ausente. Estaba junto a los gauchos, los indios. Después estaban las campañas, como la vacunación masiva de viruela o la reparación de una basílica en General Rodríguez. Lo cierto es que durante su primer gobierno se ausenta bastante, en 1833/34 hace la expedición al sur y no aparece por más de un año. Ella le escribe prácticamente a diario, dándole detalles de lo que sucedía en Buenos Aires en su ausencia, pero él no le respondía las cartas a Encarnación. Como les cuenta a Ángel Pacheco y a Tomás Guido, no lo hacía por desinterés sino por una cuestión estratégica. Temía que las interceptaran o que se infiltrara algún adversario político y arruinara sus planes. Diversas situaciones relacionadas con la política.

La primera política argentina

Hay bastante acuerdo en definir a Encarnación como la primera mujer protagonista política en la historia argentina. ¿Coincide con esta afirmación?

Depende en qué nivel. Si hablamos de influencia, mucha cercanía al poder y lo que implica la organización, militancia, como conducción o liderazgo, sí, claramente. No detecto otra mujer en el siglo XIX que haya cumplido ese rol. Ahora, sí hay otra que tiene actividad política pero a otro nivel, que es Juana Azurduy aunque como militar, como capitana, o acompañando a sus hombres como la Delfina a Pancho Ramírez. Pero que de motu proprio organicen un sector político militante fuerte, que hasta produce una revolución en octubre de 1833 y derroca a (Juan Ramón) Balcarce, no. En ese nivel no hay, o por ahí en otro nivel, sí, como Mariquita Sánchez de Thompson, que tiene una inquietud, un acercamiento, pero a un nivel de política de elite. Mariquita tiene presencia, vocación pública, pero no se mete en el barro. Encarnación, en cambio, labura en esos sectores que van a brindarle a Rosas un apoyo social sin precedentes.

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Retrato de Encarnación Ezcurra, obra de Fernando García de Molino y Carlos Morel.

A pesar de ser tan diferentes, Encarnación y Mariquita eran grandes amigas.

Hay que tener en cuenta que ambas pertenecían a las elites de una ciudad tan pequeña y poco poblada como Buenos Aires, y que la gente de alcurnia se conocía. Frecuentaban los mismos espacios de sociabilidad aunque no estuviesen tan de acuerdo con ciertas ideas. También se conocen y son muy amigas Manuelita Rosas y Camila O’Gorman. De hecho, Camila es hija de uno de los miembros fundadores de la Sociedad Popular Restauradora. Cómo son las cosas, ¿no? Hay una especie de juego en el que se entrecruzan personajes que hoy nos puede parecer extraño, pero en ese momento era como un tablero de ajedrez con gente que se pasa de bando por una discusión nimia.

Codo a codo

Según su investigación, ¿Rosas apreciaba a su esposa como una par, un estandarte, una especie de ministra sin cartera, o la dejaba hacer porque le convenía que estuviera ocupada, como para que se entretuviera?

Creo que en algunas circunstancias sí la apreciaba como una par. Hay que enhebrar las fuentes, las interpretaciones y las subjetividades. En algún sentido, Rosas mismo lo escribe en cartas. Le agradece muchísimo a Encarnación el esfuerzo que hizo para sostener su nombre en alto cuando muchos enemigos de la causa rosista federal se querían hacer del poder, e incluso se estaban haciendo del poder. Es una carta muy emotiva de 1835 y algunos de los conceptos los reitera en 1838, tras su muerte. También es cierto que cuando él asume por segunda vez, ya como tipo fuerte de la Confederación Argentina, no solamente de la provincia de Buenos Aires, ahí ya en algunas fuentes aparece algo así como «ya hiciste lo tuyo, es hora de que te dediques a descansar, a que vivas la vida, porque le pusiste mucha energía y luchaste por una causa y te merecés un descanso». Rosas empezaba a rodearse de otros personajes.

¿Ella se corre de la escena política o sigue participando de alguna manera?

Encarnación siempre estaba presente, casi hasta su último día de vida. Tenía medio cuerpo paralizado, pero incluso unos meses antes de morir solía tener reuniones con la militancia de base rosista, y participaba en una suerte de rama femenina rosista con su cuñada Agustina Rozas -madre del escritor Lucio V. Mansilla-, con su hermana Josefa y la propia Manuelita, que ya empezaba a incursionar en política y termina siendo una gran diplomática.  

La maternidad en el siglo XIX

Encarnación aparece como poco maternal poco interesada en sus hijos, al menos no tanto como en su marido. ¿Era así realmente?

Era así. Eso viene de su madre, Teodora de Arguibel, que tampoco era apegada a sus hijos. Eran personas que criaban a sus niños y niñas en la disciplina, el rigor, la distancia emocional. Era algo muy castellano y Encarnación tenía bastante de eso. Por supuesto que se hace cargo no sólo de sus hijos biológicos, Manuelita y Juan Bautista, sino que antes de tenerlos a ellos adopta y cría a Pedro Pablo, el hijo de su hermana Josefa, fruto del amor con Manuel Belgrano, pero lo hace de una manera seca, para ayudar a su hermana. Esto se ve en el libro sobre Rosas que escribe Lucio V. Mansilla, sobrino de Juan Manuel. Ese trabajo tiene de interesante que muestra muchas instancias de cuando sus primos Manuelita, Pedro Pablo y Juan Bautista eran chicos y jugaban en el caserón familiar de San Telmo. Ahí cuenta que su tía no era muy afectiva con los chicos. Les procuraba el alimento, la educación, pero no había empatía afectiva, a diferencia de Juan Manuel, que sí era muy cariñoso y jugaba con ellos, se reía y les traía regalos.

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