COVID-19, la gran batalla de todos los tiempos

Tiempo estimado de lectura: 8 minutos Los argentinos contra el COVID-19. El método elegido por el Gobiernopara hacerle frente a la gran batalla de todos los tiempos. Contexto y ciencia.

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Tiempo estimado de lectura: 8 minutos

Por Rodolfo Chisleanschi (elcafediariopuntocom@gmail.com)

“El pico de la pandemia llegará de manera indefectible”. Entre gráficos explicativos, razonamientos variados y desglose de medidas, el presidente Alberto Fernández dejó caer la frase la noche que le comunicaba a los argentinos que la prolongación del aislamiento obligatorio durante quince días sería el siguiente paso en la lucha contra el COVID-19, «la gran batalla de todos los tiempos».

Su pronóstico pasó de largo sin más y casi nadie se hizo eco de él. La ya célebre curva de casos positivos se mantiene estable, con un crecimiento lineal que no ha afectado en lo más mínimo el funcionamiento del sistema de salud, y los números argentinos por el momento ni siquiera permiten hablar de epidemia. Cualquier gripe anual provoca en el mismo tiempo más muertes por infección respiratoria que las producidas por ahora por el temido coronavirus.

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Sin embargo, en la semana posterior al anuncio y la profecía se multiplicaron los preparativos y las prevenciones de la demorada catástrofe por llegar. Los tapabocas invadieron las calles, dos aviones viajaron a China para volver cargados de insumos, los hospitales de campaña van perfilando su puesta a punto, la instalación de camas en sitios nacidos con otros fines (Tecnópolis, gimnasios de clubes, etc.) brotan por doquier.

Habrá quien pueda ver alguna incongruencia entre ambas realidades. Sobre todo cuando las fechas del esperado pico se van corriendo periódicamente hacia el interior del invierno. De principios a fines de abril, de la primera a la segunda quincena de mayo, quizás a junio… No hay que engañarse. No existe tal incoherencia. Manda el tiempo de la estrategia.

1. El tiempo de la estrategia

El decreto firmado por el gobierno el sábado 18 que amplía las actividades permitidas a partir del lunes 20 es la expresión concreta de la línea seguida por la Argentina desde que la pandemia se transformó en el principal tema planetario.

El Imperial College británico es el centro de estudios que, posiblemente, mejor haya estudiado, y sobre todo resumido, la variedad de escenarios a los que conducían las diferentes conductas a tomar ante el tsunami del COVID-19. Sus conclusiones llevaron a Gran Bretaña y Estados Unidos, entre otros, a cambiar sus primitivas estrategias frente al virus. Lo hicieron tarde, y padecen las consecuencias, pero la base está en los trabajos de la Universidad de Londres.

Para que se entienda fácil, hay dos métodos básicos de enfrentar una epidemia (una pandemia no es más que la suma de epidemias nacionales en la mayoría de los países del mundo): la mitigación o la supresión. La primera busca llegar al control a través de la llamada “inmunidad de rebaño”. Se trata de esperar con medidas poco agresivas -es decir, sin largas ni severas cuarentenas- de que la transmisión se autocontrole una vez que más del 60% de una población se contagie con el agente productor de la enfermedad. Cuando la mayor parte de la gente haya generado los anticuerpos contra el virus, este ya no tendrá mucho margen de contagio y el peligro de saturación del sistema de salud quedará anulado.

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Alemania acaba de anunciar que, a priori, lo ha conseguido. Fue lo que intentó Boris Johnson en Reino Unido. Falló porque el COVID-19 tiene un nivel de contagiosidad fuera de lo común. Digamos que es un asesino que mata por acumulación: es menos letal que uno de esos virus de la gripe que atacan en cada invierno, pero el aluvión de pacientes infectados al mismo tiempo impide el tratamiento adecuado en los centros de salud y la muerte llega por falta de insumos, de camas o de manos capaces de atender tantos enfermos a la vez.

En cualquier caso, la mitigación asume que cargará con un alto número de fallecimientos sobre sus espaldas hasta el alcanzar el equilibrio deseado. Ni británicos ni estadounidenses ni españoles, italianos o belgas imaginaron que la cifra escalaría hasta los cinco dígitos. Y por eso tuvieron que cambiar de caballo en medio del río.

La supresión es más drástica. Pretende deshacerse de la epidemia sin exponer a la población a grandes sufrimientos médicos y la piedra fundamental es el aislamiento social. La contracara, como ya sabemos, es el padecimiento económico. Los expertos afirman que, en teoría, para lograr el objetivo se necesitan cinco meses (sí, ¡5!) de encierro absoluto y parálisis total. No hay país del mundo que pueda sostenerlo. La variable es una supresión light, moderada, una especie de punto intermedio entre ambas posturas. Su eficacia estará condicionada por la extensión que cada uno pueda darle a su cuarentena y la flexibilidad para avanzar y retroceder en los índices de apertura una vez que se retorne a la actividad. Es la estrategia que eligió y está desarrollando Argentina.

2. El tiempo de la apertura

La habilitación de excepciones sancionada por el gobierno este fin de semana, adelanta lo que ya se sabía que iba a ocurrir el lunes 27: las calles iban a estar cada día más concurridas. Los períodos quincenales de evaluación y adopción de nuevas medidas tampoco son casuales. Siguen una lógica que se explicaba muy bien en la revista The Lancet, una de las dos más prestigiosas del planeta en asuntos de Medicina. Es el tiempo máximo de aparición de síntomas en caso de infección por COVID-19 y permite valorar si los pasos para regresar a la vida “normal” en una comunidad provocan o no un rebrote de la enfermedad.

La pauta guía a la mayoría de los gobernantes. Desde Macron a Trump y de Pedro Sánchez a Alberto Fernández se rigen por la regla de las dos semanas. Si en nuestro caso hubo un adelantamiento parcial de la fecha hay que entenderlo desde la mayor fragilidad de las espaldas financieras y económicas del país. El ingreso de dinero a las cuentas públicas y establecer un freno -aunque sea parcial- a la manijita de hacer dinero, empiezan a tornarse asuntos indispensables.

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La irrupción más o menos numerosa de gente caminando por las calles en diferentes puntos del país marcará el destino de la etapa que comienza. La apelación a la “responsabilidad social de cada uno” que aparece en el comunicado oficial de las nuevas disposiciones, suena a ruego. A mayor cantidad de gente autorizada, menor capacidad de control para saber hasta dónde una persona ejerce o no una de las actividades exceptuadas. El peligro de salida masiva, dada la imperiosa necesidad de trabajar y ganar dinero rápido de millones de personas que llevan un mes casi sin ingresos, está a la vuelta de la esquina. El riesgo de estallido de la epidemia es evidente y explica todas las prevenciones anteriores.

Al contrario de las cuarentenas en otros países, donde sirvió para intentar ponerle freno a la expansión del virus, la nuestra sirvió para ganar y aprovechar el tiempo. En breve empezaremos a saber si alcanzó o no para paliar el “indefectible” pico anunciado por el presidente. Lo único seguro es que era la medida más lógica posible teniendo en cuenta las carencias de un sistema lastrado por la falta de inversión y la desatención del poder político. La única para poder enfrentarse a la epidemia con la guardia más o menos alta.

3. El tiempo de la ciencia

El hallazgo de un fármaco eficaz contra el virus y/o la elaboración de una vacuna precisa y efectiva son las otras armas que conducirían a una supresión total del COVID-19 como elemento contaminante de alto riesgo. Desde el mismo comienzo de la pandemia se han sucedido en los medios noticias sobre tratamientos posibles -la hidroxicloroquina de un rebelde médico francés, el interferón de un ignoto laboratorio cubano-chino, la aplicación de plasma de infectados y varios más-; también los utópicos anuncios de la cercana obtención de la anhelada vacuna.

La ansiedad y la angustia invaden el planeta. Necesitamos que nos digan que la pesadilla está próxima a su fin. Que nos pongan fecha, día y hora para volver a nuestras vidas. Pero no puede ser. La ciencia tiene unos tiempos que no se corresponden con los de los medios de comunicación ni con los del ciudadano de a pie.

El primer paso para vencer a un enemigo, en la biología o en casi cualquier otro orden, es conocerlo a fondo. Saber cuáles son sus puntos fuertes y dónde tiene los débiles. Todavía hoy, el COVID-19 sigue siendo un adversario lleno de incógnitas. No se saben aspectos fundamentales de su evolución. Si se transmite por vías diferentes a nariz y boca, si lo afecta el calor estacional o le da igual invierno que verano, si la inmunidad que produce es temporal o definitiva, si su velocidad de mutación es alta o lenta… Y aunque la intimidad de su genoma ya esté a disposición de los investigadores, la forma en la que actúa en el cuerpo humano todavía tiene baches que tapar.

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Pero entender al enemigo es apenas el primer paso. Después, y mucho antes de que llegue el momento de elaborar y distribuir un fármaco o una vacuna, hay que atravesar los períodos de síntesis, experimentación -en animales y humanos- para detectar fallos y ajustar lo que está mal, prueba de efectos adversos y contraindicaciones… El camino es largo.

Es entendible que aquella persona que siente que la vida se le escapa en una cama de terapia intensiva acepte acortar los plazos, saltarse los protocolos y probar lo que sea. También sus seres queridos. Ninguno de nosotros estamos exentos de vivir esa instancia. Pero la ciencia no puede permitirse hacerlo de manera generalizada. O no podría.

La carrera por obtener cuanto antes la pócima milagrosa es desenfrenada y nadie puede asegurar que en distintos puntos del planeta se estén llevando a cabo prácticas que serían vistas como propias del peor nazismo en cualquier otro momento. La desesperación siempre es mala consejera. La ambición por adueñarse de las ganancias que acumulará quien se cuelgue la medalla de acabar con la catástrofe también lo es. Es mucho el dinero y la gloria que están en juego y la cifra de 70 experimentos en marcha que salió a la luz hace algunos días parece incluso escasa.

El apuro, en todo caso, puede ser contraproducente. En el universo científico existen pocos bienes más apreciados que la paciencia para que el éxito sea completo.

4. El tiempo de las responsabilidades

“No es el momento de analizar culpas”. Antonio Guterres, secretario general de la ONU, fue muy claro. Donald Trump había anunciado que dejaba de financiar a la Organización Mundial de la Salud por lo que él considera un mal manejo en el comienzo de la pandemia para favorecer y proteger los intereses comerciales chinos, una medida repudiada de manera casi unánime por todos los líderes políticos del mundo.

Cada país, incluso cada Estado, provincia o distrito interno de un país, cuenta con elementos que le permiten debatir sobre la idoneidad y oportunidad de las políticas seguidas antes y durante la crisis. También, sin duda, las tendrán sobre lo que vaya a decidirse postpandemia.

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Pero efectivamente, es una discusión que llegará más tarde. Vale también para Argentina. Lo que pueda ocurrir a partir de este lunes, y sobre todo a partir del 27, cuando el virus encuentre más personas moviéndose por las calles, determinará el humor de la gente y el devenir del apoyo hasta ahora casi total recibido por el gobierno en el camino tomado.

Como en el resto de las cuestiones será imprescindible tomarse el tiempo necesario para emitir opiniones y elaborar conclusiones. El asalto intempestivo de las redes sociales para decir lo primero que a uno se le ocurre o la repetición de discursos escuchados en los medios de acuerdo al interés de quienes los emiten pueden ser tan nocivos como un virus. Estaría bien tenerlo en cuenta para encarar con calma y seriedad la siguiente fase. La que está por llegar. Indefectiblemente.

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