Coronavirus

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos La llegada del coronavirus nos obliga a repensar la importancia de vivir y hacerlo con libertad. Mientras, esperamos que pase el dolor para volver a abrazarnos.

¿Te gusta? Compartilo
Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Por Ariel Robert (arielrobert1@gmail.com)

Aunque lo hayamos supuesto, por más que tengamos capacidad de especular, la dimensión del dolor sólo podemos apreciarla una vez que la padecemos. Sucede ahora con el coronavirus. Y también, debemos aceptarlo, muchas veces hemos sufrido de manera previa lo que luego no ocurrió.

Esto que parece una explicación banal de la estadística del sufrimiento y del temor, es lo que hoy estamos viviendo, como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad.

El adverbio nunca suena exagerado. Y soy renuente en el uso de esa generalización que dice todo el mundo. Pero hoy ambos términos son inevitables. Nunca todo el mundo había estado conectado por una misma cuestión en un mismo momento.

tags

Por primera vez, como nunca, todo el mundo piensa, habla, opina, dice, teme, soslaya, llora, se mofa de algo y en simultáneo. Coronavirus. O COVID-19, o como seguramente insistirá Donald Trump en llamar, para ganar las elecciones, «el virus chino».

Poco importa cómo se pronuncie y escriba en mandarín, en alemán, en portugués o en indio. Sabemos de qué se trata o creemos saber. Y eso es lo importante. Creemos. Creemos que existe. Creemos que es nocivo, que es letal en mayor o menor medida. Creemos que fue creado con malicia o creemos que es una mutación natural. Pudo ser estimulado o el azar lo promovió. Pero creemos en él, todos y todas, de aquí y de allá.

Silencioso, se vale del afecto

Lo extraño, lo singular, lo inédito es que esta cosa, este elemento, este animalejo, este ente y esta existencia que ganó fama mundial con tanta velocidad, carece de cualidades magnánimas. No tiene características físicas de un súper ser, pero si no fuese por las interpretaciones, ampliaciones y las imágenes que se muestran en los medios, no se ve. No se puede ver, como ese Dios, como aquél Dios. Y es imperceptible a los sentidos. El misterio lo enaltece. Podemos estar respirándolo pero no nos percatamos. Quizá estemos convidándole de él a nuestros seres más queridos, sin poder advertirlo.

Paradoja. No se trata de Dios, esa idea hegemónica de las culturas judías, cristianas, musulmanas, pero guarda algunas similitudes si necesitamos describirlo. Claro. Me dirán que es exactamente lo contrario, porque el coronavirus expresa el mal, mientras que Dios reúne lo contrario. Veremos.

Saber que precisa nuestras células para poder existir inspira rebeldía. O sea, sin nosotros el virus sería nada.

tags

Suena a ficción

No es requisito una amenaza astronómica para que debamos alterar nuestras conductas individuales y nuestro comportamiento social se modifique a pedido de algún mandatario. Los peligros alteran la jerarquía. Un estornudo devino acto terrorista y la tos un pecado imperdonable.

Las discusiones no se agotan aunque ahora sean menos carnales y los gestos se traduzcan a un lenguaje virtual.

Aunque no sea nuevo, son las pantallas las que remplazan a la piel y -al menos para quien esto firma- no es el mejor sustituto.

Aislamiento, cuarentena

Pocas veces se asocian con tanta coherencia dos conceptos: miedo y solidaridad. Sí, es el miedo de contraer lo que no sabemos si el otro puede contagiarnos lo que impide que nosotros podamos transmitirle al otro lo que no estamos seguros de tenerlo o no.

Podríamos conjeturar que esta vez, modificamos por fin la sentencia de (Jorge Luis) Borges. No nos une el amor, pero tampoco el espanto. Para evitar el espanto, el amor nos separa.

Extraño, impensado presente

Tantas veces hemos deseado estar sin alguna obligación laboral, con laxitud horaria, y sin la fastidiosa necesidad de desplazarnos, que cuando esto resulta de una imposición cambia de sentido. Esto es una deducción de lo que leo, escucho y veo.

La intriga. Qué es lo que nos aflige de esta cuarentena. Qué tanto nos perjudica a muchos esta permanencia hogareña. Deduzco con veleidad de conclusión: el presente.

Pocas cosas parecen resultar tan perturbadoras como el presente.

Programar la próxima jornada es lo que hacemos a diario, con mayor o menor rigurosidad. Y cada una de las actividades que solemos emprender, guardan un propósito ulterior, aunque mínimo e intrascendente.

Desde lo más higiénico, como terminar la jornada para llegar al hogar o adonde distraernos, hasta lo más sobresaliente: pensar en una acción, una tarea, una empresa para luego tener la recompensa aspirada.

tags

Todo remite a la presunción de fabricar futuro. También para esos puestos y funciones tremendamente rutinarios e improductivos, la inercia de cumplir con un horario o cargar la piedra de Sísifo, se hace vivible pensando en el cobro del salario periódico, de otro modo, no se obtendría.

Pero esta suspensión inevitable de nuestras hipotéticas obligaciones; este momento tan único, en el que la responsabilidad cívica, la solidaridad y el miedo nos encierran irremediablemente, nos pone frente a la angustia existencial por excelencia: el presente. El sentido de nuestros actos.

Aunque queramos negarlo, estamos tan mecánicamente educados y ejercitados en el “por qué” de las cosas que nos abruma la libertad. Libertad de nuestros deseos más que de nuestras acciones. Y el para qué se posterga sin fecha. El para qué se arrumba en el olvido.

Nos resulta casi ajeno decidir lo que hacemos, en vez de pensar en lo que haremos.

Tan sometidos a la imperante inercia de la sociedad estamos, que cuando nos encontramos a la intemperie de ella, como seres individuales, no sabemos qué hacer y huimos hacia el imaginario futuro, inexistente, por cierto.

Sumidos en noticiarios, sitios informativos, Whatsapp serios y humorísticos; intercambiando suposiciones; extrañando abrazos, besos y la insustituible caricia, rodamos en este tiempo inédito, igual que esos virus, desesperados por encontrar una célula que nos cobije y le dé sentido a nuestra corrosiva existencia.

tags

Realidad y desnudez

La sobreinformación colabora con la obsesión. Y esa obsesión sí que se torna contagiosa. Repetimos hasta el hartazgo lo que en verdad nos resulta incomprobable. Y todo ese ardid sirve acaso para simular o esconder una íntima e impronunciable culpa. Culpa de saber que habitamos de manera tan irreverente, precaria y provisoria el presente, que da un poco de pudor exigir para nosotros y nuestro prójimo un futuro promisorio, sano y próspero.

Encontrarnos con nosotros mismos, sin algún apuro simulado, nos consterna y desubica.

Desprovistos de urgencias; exonerados de toda rutina impuesta y desnudos de hábitos compulsivos, es una inmejorable situación para recuperar (o al menos intentarlo) una cualidad que se insinuaba perimida, la condición de ser humanos.

Ni menesterosos fatalistas ni reyes sin corona. Sencilla y majestuosamente: humanos.

Encontrarle sustancia al presente tal vez sea el mejor antídoto para cualquier veneno, por más pandémico que se muestre. Considerar aunque sea de manera improvisada un para qué a nuestros días, tal vez nos inmunice de la psicosis y nos permita nuevamente abrazarnos.

¿Te gusta? Compartilo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *