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La Olla de Barrancas funciona desde 2001

Contra el frío y la indiferencia, un plato de comida y una escucha sincera

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos En una fría noche del invierno porteño, un cronista de El Café Diario conoció las historias de algunos de los tantos que se acercan a la Olla de Barrancas en búsqueda de un plato caliente, compañía y escucha.

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos

Por Julio Jerusewich (jjerusewich@hotmail.com)

Es viernes. sobre la calle Juramento, apenas pasando la barrera, una pareja con unas cajas de pizzas en sus manos enfundadas en guantes de lana, apura el paso hacia casa. Algunos amigos que aguardan en la parada del 65. Aunque envueltos con tres o cuatro capas de ropa, su postura es encogida y hablan sólo con miradas y gestos. La luna se pone mucho más de relieve, colgada en el cielo despejado. Cerca de las nueve de la noche el frío polar que llegó hace algunas semanas lejos de ceder su ímpetu, oprime sin distinción de abrigos con sus cinco grados. La energía de la zona se sostiene exclusivamente por la iluminación de los locales, los acordes del tren Mitre, las bocinas de los colectivos y quienes ponen a prueba su disciplina para entrenar al aire libre. El viento es tan potente que lo envuelve todo. El frío furioso aprieta y obliga a tomar decisiones prácticas porque un error de cálculo significa padecer el afuera.

En la comuna 13 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Barrancas de Belgrano no es la excepción, sin embargo en un sector de la enorme plaza que mira de frente a la estación de trenes, se gesta un microclima de solidaridad y conciencia social. Un par de ollas a fuego lento, unas cuantas bolsas de fideos moños y coditos, cajitas de puré de tomates apiladas y varios termos de mate cocido para amenizar la espera por la cena. En el medio, el fogón simbólico de la voluntad de La Olla, un grupo de jóvenes que cocina para gente cuya realidad la golpea física, moral y económicamente. Gente barranca abajo.

Casos que conmueven

Me echaron de una gráfica y hace un año estoy sin trabajo. Ahora tengo esperanzas que me llamen para trabajar en alguna garita de seguridad”, señala Guillermo, de 47 años, que vive en Los Polvorines pero viene porque no le alcanza para comer. “Como me robaron el celular hace poco volviendo a casa, la forma de contacto para esa oportunidad que espero es por medio del teléfono fijo de la casa de mi hijo”. Se lo nota jocoso al bromear con su “mala suerte”, saludable actitud que amortigua su presente. En otra mesa está Jorge, un hombre que entre bocados exhuma añoranzas de viejas vacaciones familiares con cierta impresión del todo tiempo pasado fue mejor, viajes al interior del país con una sensación semejante a un lujo exótico. “No entiendo cómo pudimos llegar a esta situación”, repite con la mirada hundida en la resignación. Jorge trabajó durante veinticinco años como operario en una fábrica metalúrgica hasta que el maremágnum de los despidos lo alcanzó en a mediados de 2016.

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Voluntarios sirven comida caliente en la Olla de Barrancas

Pero la historia de vida que más me conmovió fue la de Javier (nombre ficticio). El recibe la ayuda de su hermano, que es encargado en un edificio. Sin que los vecinos se enteren, Juan (nombre ficticio) pone en riesgo su trabajo para que su hermano pueda tener un techo y un colchón, en un cuartito decorado por escobas, bolsas de residuos y cajas de herramientas. “Me voy antes que amanezca y vuelvo tarde, para evitar sospechas. Por suerte tengo buena onda con el dueño de una confitería en Carupá y puedo comer algo allá. Y como el viaje es largo me viene bien para no cruzarme a los vecinos del lugar”, dice. Su idea es juntar dinero para un pasaje a Comodoro Rivadavia, donde viven sus primos, y buscar trabajo de lo que sea. Lo que dice en palabras no se acompaña con sus señas. Hace rato su contexto es el que no le queda otra.

Un censo del Ministerio de Público de la Defensa de la Ciudad en conjunto con agrupaciones populares, contrastó los casos de 4.079 personas en situación de calle en el 2017, versus las 7.251 que se contabilizaron hasta estos meses del 2019.

La génesis de una gran oreja

Marina Bouso se sumó a la Olla de Barrancas con su esposo Hernán Muñoz, en el año 2006. Pero antes hubo un contexto de origen que fue mutando de forma natural. “Todo surgió en el 2001, en el contexto del tren blanco, que era usado por los cartoneros (N. de la R.: en 2002, se calculó que alrededor de 40.000 cartoneros trabajaban en Buenos Aires)”, recuerda Marina. “Los cartoneros debían aguardar en Barrancas de Belgrano porque era una de las paradas que demandaba más tiempo de espera. Entonces Carlos, un vecino que observó la situación, decidió acercar una olla con comida. Transcurrió el tiempo y se hizo tan popular que un colegio de la zona, el Siglo XXI, si mal no recuerdo, como parte de un proyecto de apoyo solidario, impulsó a un grupo de alumnos a colaborar con la causa que había iniciado Carlos. La conexión se dio cuando alumnos de entre 15 y 16 años del colegio entraron en contacto con él para ver qué necesitaba. El los invitó a colaborar los viernes, dado que los jueves había un grupo ya organizado. Entonces estos chicos comenzaron a cocinar en la escuela y llevar la olla a la plaza. Lo que sucedió fue que tras un lapso, hubo quejas de los padres de los alumnos porque consideraban un exceso de responsabilidad el entablar relaciones con todo tipo de personas en situación tan vulnerable. Entonces el colegio decidió hacerse a un costado, no así ellos. El fuerte vínculo que habían estrechado hizo que sigan preparando la cena en la casa de una de las chicas. Eso fue entre 2002 y 2003. Yo me sumé a la Olla en el 2006. Mientras, aquellos pibes, luego ya con 20 años seguían ayudando”, agrega.

Desde hace una década se llegó a la conclusión que lo mejor era llevar anafe, ollas y alimentos a la plaza. El punto es que la gente que venga a colaborar con la cocina o a ayudar a repartir café o mate cocido, lo haga desde un rato antes de las 21. Cabe consignar que funciona de manera independiente con aportes propios de los colaboradores. Es decir, el grupo se organiza para comprar los platos descartables, los fideos, las verduras, las garrafas, etcétera. No cuentan con ayuda externa o privada y es un grupo apolítico que tampoco se embandera en ninguna religión.

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Compartiendo historias de desocupación y tristeza en la Olla de Barrancas

A diferencia de las ollas populares que sirven cenas y almuerzos en comedores, las copas de leche para los niños o las organizaciones que toman la posta para juntar donaciones de ropa y distribuirlas en la calle, La Olla de Barrancas persigue otra meta. Se trata de la cena como vehículo para profundizar el vínculo humano. “La realidad es que nos interesa generar un punto de encuentro desde otro lado, más allá de la militancia política que tenga cada uno, se discute en otro contexto pero no durante la cena. Nuestro objetivo es conscientizar sobre la necesidad del prójimo, entendiendo que hay una persona del otro lado que tiene las mismas necesidades que uno, como el reconocimiento, la comprensión, la empatía. Recibimos voluntarios con los brazos abiertos, ya que para cocinar se precisan dos o tres personas que lógicamente no nos pueden dar una mano para interactuar con la gente que se acerca a comer. Nuestro principal impulso es generar una gran oreja. Es decir, comedores hay en todos lados, pero sentarse con uno en la mesa es más difícil que suceda. Tratamos de promover un clima agradable, entendiendo sin prejuzgar”.

Invisibles en la sociedad

Hernán Muñoz era quien organizaba la Olla cuando Lucas Pintos se integró a la movida en el 2010. Este actual estudiante de veterinaria oriundo de Chajarí, al norte de Entre Ríos, remarca la solidaridad de muchos jóvenes del interior del país que durante su estadía por estudios en Buenos Aires fueron colaborando hasta que finalizaban sus carreras y luego aparecían otros chicos en similares contextos que extendían el tronco de la Olla. Es decir, lejos de terminarse, el flujo de personas que colaboran se va renovando con caras nuevas cada año. “Vine a vivir a Buenos Aires en 2009 y aproximadamente un año después empecé a acompañar en diferentes ollas hasta que me quedé acá. Algo que me gustó es la cantidad de estudiantes que se han acoplado. Algunos vienen de manera espaciada, pero vienen”, recuerda Lucas.

El viernes la buena energía se instaló rápido por la cantidad de voluntarios que hubo desde temprano.“Nos pasó que hemos sido tan pocos que apenas podíamos cocinar y darles la comida, casi sin intercambiar palabras. La realidad es que consideramos que la parte más importante de la olla es esa: que la gente nos pueda contar sus cosas, poder generar un lazo. De hecho hay personas que llegan desde el conurbano porque que no les alcanza para alimentarse. Es gratificante ayudar a gente que durante el día es invisible para la sociedad”, dice Lucas.

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Un cronista de El Café Diario compartió la mesa con quienes asisten a la Olla de Barrancas en busca de un plato caliente.

La olla siempre tuvo integrada por jóvenes, pero en estos últimos tiempos, a partir de la viralización mediante las redes sociales, atravesó otros estratos generacionales. Sucedió con la irrupción de muchas madres de voluntarios que dieron el primer paso. Y Silvana, una psicopedagoga de 49 años, se dejó llevar por la onda expansiva de lo que le contaba Lucas para involucrarse. “No es el único caso, la mamá de Mateo también tiene un participación muy activa, controlando las finanzas, trasladando la comida y hasta las donaciones de ropa”, afirma Silvana.

El amor como un puente

Esta causa nos compete a todos. El hambre es de él, es también mi hambre. La sed de ella, es la mía. El frío de aquellos niños, es mi frío también. Existimos porque hay un otro, no podemos seguir mirando de costado cuando las cosas suceden frente a nuestros ojos”. Tamara tiene 22 años, estudia danza contemporánea y colabora hace unos meses en la Olla. Mientras hilvana su reflexión, la voz trepa la montaña de la angustia y llega al límite con los sollozos. “La realidad es dura y sabemos que no tenemos todos los recursos para sacar a todos de la calle, pero asimismo sabemos que no hacer nada es peor. Me gusta escuchar que pueden hacer catarsis, que pueden ser escuchados. Que somos luz para sus vidas. Siento que donde hay amor, nada puede salir mal”, dice.

Es allí donde converge con Cuyén, estudiante de medicina que se acercó desde Vicente López: “Se trata de darse cuenta que hay gente que está necesitando ya no sólo la comida sino ser comprendido. Trato de aportar mi granito de arena y contagiar un sentimiento de amor hacia el que necesita ayuda”.

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6 thoughts on “Contra el frío y la indiferencia, un plato de comida y una escucha sincera

    1. Hola Roxana, ¿cómo estás? En el caso que quieras conocer la olla y formar parte, podes entrar en contacto con Lucas Pintos al 1164057072.
      Un saludo.

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