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El abandono invade una de las necrópolis más importantes del mundo.

Cementerio de la Recoleta, abandono y eternidad

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos Obras de arte de valor y un tétrico abandono conviven en la Recoleta, uno de los cementerios más importantes del mundo.

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

Por Nora Mazzini (mazzini.press@gmail.com)

Visitar el cementerio de la Recoleta puede ser un viaje tenebroso a las entrañas de la historia de la ciudad y sus gentes. Pocos lugares en el mundo representan tantas paradojas juntas. La vida y la muerte, la permanencia y la ausencia, la belleza y lo tétrico. El polvo acumulado en rincones intangibles y la vegetación adueñándose de lo humano.

Entrar al cementerio de la Recoleta implica enfrentarse a una masa de aire fosilizada cargada de significados detenidos en el tiempo.

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El abandono invade una de las necrópolis más importantes del mundo, la Recoleta de Buenos Aires. Foto de Nora Mazzini

Es un cementerio que no tiene visitas de dolientes familiares que van a homenajear a sus queridos. Sin embargo, miles de personas recorren sus calles y hurgan por sus entrañas a diario. Son turistas chinos, japoneses, alemanes o americanos, también argentinos, atraídos por imponentes panteones, bóvedas, nichos y estatuas del arte funerario criollo importado de Europa, construidos por arquitectos y artistas de renombre. Hay sólo una excepción: la bóveda de la familia Duarte, donde yace el cuerpo de Evita. Allí nunca faltan flores frescas. 

La necrópolis se inauguró en 1822 y fue el primer cementerio público de la ciudad de Buenos Aires. Ocupa el espacio de tan sólo cinco hectáreas y media en el corazón del Buenos Aires más distinguido. Cuenta con alrededor de 4.870 sepulcros a perpetuidad. Más de 70 bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional y el Cementerio en sí es considerado Museo Histórico Nacional desde el año 1946, por los personajes ilustres que allí descansan, por la calidad arquitectónica y por sus magníficas esculturas, mármoles de Carrara importados, esculturas, vitrales, trabajos de herrería.

Es uno de los más importantes del mundo junto con el Staglieno en Génova y el Père Lachaise de París. Millonarios conocidos y desconocidos, próceres, héroes de la patria, políticos, villanos y fantasmas forman parte de esa heterogénea sociedad.

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Usos y costumbres de la época destinaron los espacios para el descanso eterno otorgando las parcelas a perpetuidad. Es decir, para siempre. No pasó mucho tiempo para que las sociedades descubrieran que entregar terrenos a los muertos era una hipoteca incobrable: no habría espacio en las ciudades del mundo para ese destino. 

Quienes descansan en ese privilegio de los más de 4.500 sepulcros que pueblan la necrópolis más famosa de Argentina gozan de un par de ventajas más. Nadie, ni siquiera el Estado, las puede tocar. Pero si lo desean, sus dueños las pueden vender, con ganancias en miles de dólares.

Sin embargo, ni el descanso eterno de ricos y famosos se salva del abandono, los cambios de hábitos y el devenir de herederos fallecidos, lo que provoca un espiral irresuelto. Sepulturas eternas intangibles y el paso del tiempo que va destrozando los monumentos y deja a la vista, impúdicamente, los últimos rastros del paso de las personas por este mundo.

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La necrópolis es considerada Museo Histórico Nacional desde el año 1946 . Foto de Nora Mazzini
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