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Cátulo Castillo, el nombre del poeta

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por Ricardo Lopa (lopa_ricardo@yahoo.com.ar)

La historia es sencilla. Tiene protagonistas, algunos actores de reparto que tranquilamente podrían pedir cartel francés y una escenografía de novela. Los protagonistas son el excelso dramaturgo José González Castillo y su hijo Cátulo, el famoso poeta y letrista de tango.

Uno de los secundarios es el poeta Eduardo Montagne, ya se verá por qué. La escenografía, el porteñísimo barrio de Boedo. Aquí, la historia que los entrelaza a todos ellos.

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Un joven Cátulo Castillo, siempre vinculado a la música.

Como contó César Tiempo alguna vez, «Cátulo nació en un caserón de la calle Castro (947, Boedo), a la que el musgo había dotado de un perfil de provincia, con un tambo próximo y un potrero minado de verduras».

José González Castillo, vecino afamado de Boedo, tenía en mente reafirmar su convicción ideológica en el nombre de su hijo, dentro del marco de la Generación del Ochenta.

Calle y barrio

Pero Boedo no era cualquier lugar. En la ciudad de Buenos Aires hubo un Camino de los Huesos, transitado por animales que, en busca del sacrificio en el matadero de los corrales, de Caseros y Monteagudo, dejaban su presencia testimonial. Esos animales en tránsito a la muerte, sin saberlo, hacían historia al abrir camino a la traza de la calle y del barrio.

Y así fue nomás que, por iniciativa de don Torcuato de Alvear, entonces presidente de la Corporación Municipal, la ciudad de Buenos Aires incorporó al catastro municipal el 6 de marzo de 1882 la calle Boedo.

Su nombre es un homenaje a Mariano Joaquín Boedo, abogado y diputado por la provincia de Salta, que participó como vicepresidente en el Congreso que declaró la independencia en Tucumán el 9 de julio de 1816.

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Un trío que rezuma tango: Horacio Ferrar, Cátulo Castillo y Raúl Garello.

Unos locos lindos llenos de cultura, de puro prepotentes, por medio de libros, esculturas e instituciones, habían hecho barrio a Boedo mucho antes que en 1968, cuando a través de la Ordenanza Municipal Nº 23.968 se lo confirmó oficialmente al establecer sus límites, aún vigentes: Avenida Independencia al norte, Avenida Caseros al sur, Sánchez de Loria al este, y Avenida La Plata al oeste.

Amor y anarquía

En esa época, en la que el presidente era Julio A. Roca, todo era manejado por una élite de familias, hijas de la Generación del 80 y no obstante la aparente prosperidad exterior, el modelo económico, con balanza comercial favorable y balanza de pagos negativa, compensada con empréstitos, generaba deuda externa y exclusión creciente en los sectores sociales.

José González Castillo, hombre polifacético de la cultura popular -dramaturgo, director de teatro, libretista de cine y letrista de tango-, de ideología anarquista, hacía oír los reclamos de los marginados excluidos, empleando otros medios además de las armas de la cultura.

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José González Castillo, un auténtico hombre de teatro.

Algunos de sus anhelos empezaban a concretarse, como la sanción de la Ley de Descanso Dominical en 1905. La letra fría de la ley señalaba: «Art. 1º – En la Capital de la Republica Argentina queda prohibido en domingo el trabajo material por cuenta ajena y el que se efectúe con publicidad por cuenta propia, en las fabricas, talleres, casas de comercio y demás establecimientos o sitios de trabajo, sin más excepciones que las expresadas en esta ley y en los reglamentos que se dictaren para cumplirla». Sin embargo, un año después, su implementación era escasa.

Visto y considerando que el cumplimiento de la ley estaba por verse, González Castillo, encontró una manera muy particular de celebrarla y el nacimiento de su hijo fue la excusa apropiada.

El propio Cátulo contaba: «… nací un 6 de agosto de 1906, a las cinco de la tarde. Caía una lluvia tremenda y hacía un frío de la madonna. Mi padre trabajaba, entonces, en los Tribunales. Edmundo Montagne, un amigo, que también era poeta, le avisó: ‘¡Pepe: ha nacido tu hijo Cátulo!’«. Lo que González Castillo no sabía es que Montagne tenía sus propios planes.

«Montagne ya tenía previsto el nombre. Mi padre corrió a casa. Me arrancó del lado de mi madre, me quitó los pañales, salió al patio, me puso bajo el agua que caía con fuerza y exclamó: ‘Hijo mío: que las aguas del cielo te bendigan’. A causa de tanto lirismo y ritual anarquista yo, recién nacido, me pesqué una pulmonía que me tuvo tres o cuatro meses entre la vida y la muerte. Sin los cuidados de mi madre, ahora no estaría contando esto«, relataba Cátulo.

José González Castillo, un anarquista de aquellos, en signo de victoria, sea por el nacimiento del pibe, sea por el primer aniversario de la conquista del Descanso Dominical, intentó lo imprevisible cuando fue con sus amigos a anotarlo al Registro Civil dos días después.

El empleado preguntó, según el relato del propio Cátulo, que publicó la revista La Maga en diciembre de 1995, cómo se iba a llamar el niño: «’Descanso Dominical González Castillo’, le respondió mi padre, rotundo y lleno de gozo. Y se armó el lío. Casi se van a las manos. Triunfaron los amigos y entonces me pusieron Ovidio Cátulo, como quería Montagne. Mi padre deseaba llamarme Descanso Dominical porque por ese tiempo habían promulgado la ley, que era una vieja aspiración libertaria, y quería llevar su fe anarquista hasta las últimas consecuencias«.

Así es cómo la negativa del jefe del Registro Civil dio origen al celebrado Cátulo Castillo, uno de los grandes poetas del tango.

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