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La angustia también puede ser una posibilidad

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos Aunque la sociedad no le de lugar, la angustia cada vez aparece más. Si bien se la padece, también es posible entenderla como una posibilidad.

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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Por la Lic. Gisela Értola (elcafediariopuntocom@gmail.com)

En la civilización contemporánea no hay lugar para la angustia. Las formas de negación se asocian al imperativo de no cuestionarse, a la exigencia de consumir, y la obligatoriedad impuesta al sujeto de sólo permitirse ser feliz. Solo «hay que brindar luz» y «pensar en positivo«.

Desde esta posición, la responsabilidad se ubica afuera: «Estoy mal por la energía del otro, yo sólo pienso en luz». También aumenta el sentimiento de culpa ni bien surge cualquier sentimiento no admitido por la cultura. Se potencia el aparato defensivo, lo cual lleva a un mayor malestar o angustia.

Miedo y angustia

La forma banalizada en que nuestra cultura ubica a la angustia no impide que aparezca cada vez de forma más visible. En el lenguaje psiquiátrico actual se la califica de ataque de pánico. Es una manera de confundirla con el miedo, algo que el psicoanálisis distingue desde Sigmund Freud.

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El miedo no es la angustia. El miedo se dirige a un objeto de la realidad mientras que el objeto que angustia es real. Real y realidad están diferenciados en la enseñanza de Jacques Lacan. La realidad es equivalente al fantasma, pero lo real escapa a toda simbolización, ya sea imaginaria o simbólica.  

Si bien la angustia puede llevar a un sujeto a la farmacia, también puede llevarlo al analista. La posición de no querer saber puede verse conmovida y empujar al sujeto a querer saber sobre ese padecer. Allí, el psicoanálisis propone no apelar al ideal, diciéndole al sujeto que debe superar ese estado y hacerse fuerte. Eso es ineficaz.

La angustia no se deja dominar por el ideal ni por el pensamiento, tampoco por la orden. No puede ser absorbida por el discurso. Además, se entiende a la angustia como compañera de la posibilidad. Negarla es desprenderla de sus referencias inconscientes.  

Dificultad para identificar las causas

La angustia es un afecto, en el sentido de que el sujeto se ve afectado por ella. No engaña, sino que supone la certeza de que aquello lo afecta. El sujeto sabe que se angustia, pero no sabe ante qué. No sabe nada de la génesis de ese afecto tan displacentero

Cuando se pregunta por sus causas, no es posible referir la angustia a ningún hecho concreto, ni a ninguna significación. No se reconoce si es interior, exterior, del cuerpo, o del otro. El afecto apunta a algo imposible de simbolizar: lo real. Sin embargo, no está completamente desprovista de sentido.

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En primer plano

Existen momentos de la vida en los que la angustia es convocada a un tiempo de soportarla. Cuando eso sucede, lo real se encuentra recubierto por representaciones simbólicas e imaginarias.

La narración que recubre al afecto es la defensa contra él, brinda un marco que le posibilita al sujeto convivir con lo real, sin angustiarse. Sin embargo, a veces ese repertorio vacila. Es un instante de corte asociativo, donde ese repertorio simbólico-imaginario que arma escena queda insuficiente.

No se trata de decir: «bueno, arranqué bien el año, me angustié un poco en las vacaciones, pero es esperable, puede pasar». Hay una implicancia subjetiva en lo que angustia. Toca algo de ese recurso o guión, del fantasma. El sujeto puede estar afectado, comprometido y por eso vacila, es algo que implica al sujeto. Nunca se trata de una situación de azar.

La angustia aparece ante un peligro inicialmente desconocido.  Con ella llega la sensación de sentir el horror y desamparo. No sobreviene ante un peligro que se puede nombrar, como se nombra a los objetos del mundo, concierne al ser en su relación con el mundo.

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Luego, todo es incertidumbre. Le abre opciones al sujeto: huir, quedarse quieto, afrontar. Lo que no se anuda en palabras queda puesto en acto. Actuar es arrancarle su certeza.

Pasar a la acción

A veces la angustia puede petrificar, y otras, empujar a un pasaje al acto, incluso al suicidio. También al acto de asociar libremente en el análisis. Mediante ese procedimiento, autorizado por el analista, una elaboración dada en ese ir y venir hace posible sustituirla por un síntoma.

El síntoma permite extraer de esa certeza dolorosa un saber sobre lo que le concierne, pues en este asunto el peso recae sobre el sujeto, no sobre el otro. Ayudar a un sujeto a separarse de su angustia no lo libra de encontrarse con su síntoma. Por el contrario, es al abordar y explorar ese síntoma como podrá conseguir separarse de su angustia.

No hay soluciones milagrosas y rápidas, sino la oportunidad de una experiencia que le permita al sujeto saber algo más de su funcionamiento y elegir si quiere o no ese modo de satisfacción. Quitarle la angustia no es quitarle la responsabilidad, pues no es víctima, es responsable de sus deseos y pasiones.

La angustia es la señal de la aproximación de deseo. Pero si bien el sujeto la padece, implica una posibilidad de que pueda conocer sobre lo que lo hace sufrir y su deseo inconsciente. Se trata de una verdad que lo implicará con su deseo, el acto, la satisfacción, su manera de gozar y estar en la vida. En suma, lo que lo determina en su condición de sujeto.

En palabras del psicoanalista Paul-Laurent Assoun, «si la angustia es un punto de detención e inmovilidad, también es lo que hace funcionar los trenes, del deseo entrelazado a la muerte».

La Lic. Gisela Értola es psicóloga graduada en la Universidad de Buenos Aires.
Matrícula Nacional 58.978

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