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Ana Iliovich: «Busco encontrarle sentido a haber sobrevivido»

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos Ana Iliovich, sobreviviente del centro de detención ‘La Perla’ durante la dictadura. Su vida, entre el olvido y la memoria.

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Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Por Gabriel Túñez (lahorasinsombra@gmail.com)

En la vida de Ana Iliovich el olvido y la memoria parecen moverse como el péndulo de un reloj que lleva andando, por lo menos, 44 años. El tiempo que pasó desde el Golpe de Estado de 1976 hasta hoy, cuando un aislamiento sanitario la frena de salir de su casa de Bell Ville, en Córdoba.

Solo tenía 20 años cuando fue secuestrada pocos meses después del inicio de la última dictadura militar y arrastrada hasta el centro clandestino de detención La Perla, uno de los lugares emblemáticos de tortura, exterminio y muerte que funcionó durante el régimen.

Allí estuvo hasta 1978 y es, desde ese momento, una de las pocas que sobrevivieron en un sitio donde se estima que estuvieron en cautiverio entre 2.200 y 2.500 personas; la enorme mayoría continúan desaparecidas.

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Ana Iliovich en el Museo de la Memoria, en 2019.

El origen

A partir de mediados de 1977 los represores le permitieron que pudiera visitar a su familia cada dos semanas. Primero habían autorizado que les enviara cartas, hasta que más tarde llegó el momento del reencuentro periódico, aunque con la condición de regresar. De lo contrario, alguno de sus compañeras y compañeros de cautiverio podía ser asesinado.

En cada visita con su familia, Ana Iliovich movió ese péndulo entre el olvido y la memoria. “Cada 15 días, en mi pueblo, me encerraba en la pieza y escribía. Diez nombres que me llevaba en la memoria. Diez nombres cada 15 días. (En un) cuadernito Gloria color naranja, como en la escuela. Mis viejos, con cuidado, con amor, lo guardaron. Fue conmigo a Perú. Iba con los documentos y los pocos libros. Cuando volví, lo llevé a la CONADEP y allí lo dejé. Allí estaban los nombres que no pudieron borrar.

Más de dos décadas después, los nombres que Ana Iliovich no olvidó fueron incluidos por la Justicia entre las víctimas de la represión y resultaron un pilar fundamental para las condenas a los asesinos y torturadores de La Perla.

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El centro clandestino de detención ‘La Perla’.

El testimonio

Ana Iiovich escribió todo aquello en “El silencio. Postales de La Perla”, un libro que publicó en 2017 y que en la tapa tiene la fotografía de uno de los encuentros quincenales con su familia.

“De alguna forma siento que encontré un código para transmitir algo que es instransmitible, casi intransferible e indecible”, le dice a El Café Diario.

¿Cómo vive estos días de marzo a 44 años del Golpe de Estado? ¿Es un momento de repaso de su historia cuando se acerca esta fecha?

Este es un momento muy particular, donde la impronta del 24 de marzo ha quedado realmente en otro plano. En general, si me remito a los 24 de marzo anteriores, la existencia como Día de Memoria, Verdad y Justicia es un hecho político importantísimo que activa resortes que permiten llegar a las nuevas generaciones con un mensaje. Es un legado. Hace que, de alguna manera, todos reflexionemos sobre lo que pasó en aquellos años. Hoy, en un contexto de aislamiento por el coronavirus, eso ha quedado postergado y entre paréntesis.

¿De algún modo ‘El silencio’ es también un legado?

Yo no puedo decir que hice el libro con un propósito tan preciso y definido. Lo hice como una manera de poner afuera tanto dolor. Yo reflexiono mucho sobre el proceso por el que pasamos quienes hemos sido víctimas entonces. El haberme sentado a escribir, que no fue en un solo momento, sino en distintas instancias de mi vida y por etapas. Jamás había pensado que iba a ser editado y publicado, pero hubo un momento en el que me sentí más fuerte para hacerlo. No tuvo un propósito, sino que fue saliendo y una vez en la calle adquirió vida propia. Es muy mágico y valioso para mí, porque de alguna forma siento que encontré un código para transmitir algo que es instransmitible, casi intransferible e indecible. Pero le encontré una vuelta y eso es lo que funciona como transmisión.

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Ana Iliovich lee un fragmento de su libro.

La búsqueda incesante

En un tramo del libro usted escribe «se busca olvido ¿dónde se consigue? «. Sin embargo, imagino que el proceso de escritura tuvo, por el contrario, el ejercicio constante de recordar. ¿Cómo pudo combinar, entonces, ese búsqueda de olvidar en pleno recuerdo?

Es el nudo del libro. Busco olvido, pero no lo consigo. En esa búsqueda es insoportable vivir con la presencia del horror. Es una búsqueda muy dialéctica y en movimiento. En estas fechas, por ejemplo, está la memoria puesta en juego. Hay que hablar de lo que pasó, lo que viví y vivieron mis compañeros y compañeras. Pero después de eso viene un momento en el cual uno tiene que desenchufar y ponerse a cuidar las plantas, a leer novelas, a escuchar música clásica o cualquier otra.

En fin, hay cambiar de tema, como decimos nosotros los terapeutas. Yo, por lo menos, no puedo. Entonces buscar el olvido es una manera humana de seguir vivo y no volverse demasiado loco. Hay un libro hermoso que se llama “La escritura o la vida”, del español Jorge Semprún, que estuvo dos años prisionero en el campo de concentración nazi de Buchenwald hasta que fue liberado en 1945 por las tropas estadounidenses. Cuando salió de allí Semprún decidió que no iba poder escribir sobre eso porque necesitaba vivir para no volverse loco. Recién 30 años después escribió ese libro. Hay momentos en los que uno tiene que intentar el olvido para poder vivir y otros en los que necesita dar testimonio. Va y viene. Es algo profundamente humano, pero desde fuera a veces no se entiende. Es un clásico de los sobrevivientes.

También en ‘El silencio…’ asegura que “nunca se sale del todo de un campo de concentración”. ¿Todavía la acompaña esa sensación?

Sí, es una sensación que siempre me acompaña. En este momento el tema del encierro por el aislamiento es muy fuerte. Es distinto, por supuesto, pero la sensación de saber que no puedo salir de la puerta de mi casa es muy agobiante. Esto, como todo, tiene que ver con la subjetividad. Si hay algo que hace un campo de concentración es arrasar la subjetividad. Y si hay algo que trato de rescatar permanentemente es la subjetividad. Cada caso es diferente y cada uno lo vive distinto; en mi caso tiene resonancias en eso del límite, de la dificultad de hacer un proyecto a futuro. De alguna manera me resuena y la estoy peleando. Además, estoy rodeada de mucho amor y eso siempre nos salva.

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Dar testimonio la ha ayudado a Ana Iliovich a sobrevivir.

La huella del horror

Hay un tramo del libro que dice “El reclamo de justicia y sobre todo el fin de la impunidad no se discuten, solo que, aún lográndolos, el hueco, el infinito hueco seguirá siendo eso”. ¿A qué se refiere con el término “hueco”?

El hueco es lo innombrable, el horror. Haberlo sentido y padecido en el cuerpo. Tiene que ver con la capacidad humana de hacer mucho daño. Saberlo no tiene arreglo. Es muy triste lo que estoy diciendo, pero también está lo otro: somos capaces de dar mucho amor, de mucha solidaridad, que es lo mejor de la especie.

¿Qué sintió al finalizar el libro y ese ejercicio de combinar olvido con memoria?

Sentí un gran alivio. A partir de ahí, todo lo que surgió me fue devolviendo un armazón, un sentido de vida muy fuerte. Desde que salí del campo de concentración busqué encontrarle sentido a la sobrevida. Que sirva para algo estar viva. Pero escribir fue un plus: comunicarle a los demás eso que siempre es muy difícil de contar, inclusive a los propios hijos. Sacar un pedazo y ponerlo fuera. Ya no es parte de mí. Soy una persona que lo pasa mejor después de haberlo escrito.

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