El aislamiento produce y agudiza el deterioro de la salud mental

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos Estudios revelan de qué forma actúa el encierro sobre las personas y cómo el aislamiento provoca el resquebrajamiento de la salud mental. Alarma internacional.

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Por Rita Piris (gisepiris@gmail.com)

A casi un año del brote de COVID-19 en todo el mundo y tras 9 meses de aislamiento social preventivo obligatorio en Argentina, existe preocupación en torno a la salud mental de las personas y los trastornos generados por distintos factores como consecuencia de la pandemia. Hay varios estudios científicos realizados en diferentes países que concluyen en que la salud mental se deteriora, no sólo a causa del encierro sino también por las distintas preocupaciones derivadas de la crisis sanitaria.

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Según un informe de psiquiatría de la publicación científica The Lancet sobre las experiencias psicológicas en Inglaterra con datos recopilados semanalmente desde el inicio del aislamiento, de una base alrededor de 70 mil adultos, se subrayan los niveles de ansiedad y síntomas depresivos que se agudizan progresivamente.

Depresión y ansiedad en aumento

El estudio destaca además que «al comienzo del encierro, las mujeres, los adultos más jóvenes, las personas con los niveles más bajos de logro educativo, las personas de hogares de menores ingresos y las personas con condiciones preexistentes de salud mental reportan niveles más altos de ansiedad e indicios de depresión. Las personas que viven con niños tienen niveles más altos de ansiedad pero niveles más bajos de síntomas depresivos que las personas que viven solas. Mientras que las personas que viven solas tienen niveles más altos de síntomas depresivos y niveles similares de ansiedad que las personas que viven con otros adultos pero sin niños».

La investigación destaca además que «ser mujer o persona más joven, tener un nivel educativo más bajo, ingresos más bajos o condiciones de salud mental preexistentes, y vivir solo o con niños, han sido factores de riesgo para alcanzar niveles más altos de ansiedad y síntomas depresivos al inicio del aislamiento».

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La salud mental nunca ha sido prioridad

En Argentina, el tema de la salud mental y los trastornos provocados por esta crisis no tienen demasiado lugar en la agenda política. Desde la página del Ministerio de Salud sólo se han publicado una serie de recomendaciones al respecto. Sin embargo, los efectos psicológicos y sociales son investigados en diversas partes del mundo y los especialistas coinciden en la necesidad urgente de recopilar datos a fin de desarrollar políticas publicas para mitigar los efectos psicológicos de la pandemia, sobre todo de los grupos sociales más vulnerables.

Según la OMS, los servicios de salud mental se ven perturbados por el COVID-19 en la mayoría de los países. Indica además que antes de la pandemia el presupuesto que los países destinaban a la salud mental no superaba el 2%. Por otro lado, factores como el aumento en el consumo de alcohol, las drogas y el insomnio, son patrones comunes en este contexto.

«Buenos Aires me mata»

En Argentina, el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (OPSA), realizó una investigación cuantitativa basada en alrededor de 3.660 casos en grandes conglomerados del país, sobre los 180 primeros días de cuarentena. De este estudio se desprende que las expresiones con que más definen su estado emocional las personas consultadas son «hartazgo», «cansancio», «incertidumbre», «angustia», «ansiedad» y «tristeza», entre otras.

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Todas estas emociones son provocadas un poco por la situación de pandemia y la ausencia de certezas en materia económica. A su vez, la situación de encierro desemboca en síntomas claros de malestar emocional.

En el plano económico, el 72% de los consultados coinciden en que el confinamiento y el distanciamiento social tendrán efectos muy negativos cuando finalicen por completo. Mientras que el 76% además asegura que el COVID-19 no podrá controlarse hasta que todas las personas se puedan aplicar la vacuna, y que la pandemia va a dejar graves consecuencias a nivel social y económico. En cuanto a la percepción del bienestar general y los proyectos de vida, el 64% de los consultados coincide en que están «peor que antes», el 27% afirma estar igual y el 9% responde estar mejor que antes de la pandemia.

La palabra de un psiquiatra y especialista en la materia

Daniel Tarnovsky, médico psiquiatra, reflexiona en este sentido: «yo no hablaría de categorías psicológicas o psicopatologías particulares, sino de un estado general de gran malestar. Este trastocamiento global y de hábitos cotidianos, de repente se encuentra dislocado y así, con el paso del tiempo y la falta de una expectativa clara lo que se va confirmando también es la caída de la certeza. O por lo menos, de la ilusión de certeza, que puede ser peor».

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La redución de ingresos, el temor a perder el empleo, la escasez de trabajo en la profesión que se ejercía antes de la pandemia, la destrucción del poder adquisitivo y de las condiciones de vida, son las preocupaciones más presentes entre las personas. La expectativa de una recuperación económica para la mayoría fija un plazo de al menos dos años, lo que genera un alto nivel de ansiedad y angustia.

En este marco, Tarnovsky sostiene que «ya no sabemos nada de lo que vivimos ni de lo que va a venir, y esto se expresa claramente en los estados de ánimo de los pacientes y de la gente en general . Derivan en síntomas de angustia, estrés, agotamiento, trastornos de ansiedad, sensación de sinsentido y una carencia fundamental, que es la pérdida de los cuerpos, del encuentro con el cuerpo del otro. Estamos asistiendo a un colapso absoluto de las lógicas de la subjetividad contemporánea, tanto en lo singular como en lo grupal y lo colectivo».

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Para el psiquiatra «los cuadros clínicos que ya venían de antes, cuadros depresivos, trastornos de ansiedad, se pueden agudizar en esta situación. Esta incertidumbre acerca de la expectativa y la imposibilidad de planificar se potencian unas a otras y agravan estados de depresión y angustia montados sobre problemáticas personales, de pareja, familiares, etcétera. Me parece que esto es una señal de alarma, y que vamos a tener que, de alguna manera, encontrar nuevos lenguajes, nuevos modos de relación, nuevos modos de construcción y contención».

Daniel Tarnovsky puntualiza que «ciertas burbujas comunitarias se pueden ir reconstruyendo para neutralizar y catalizar esta situación que nos afecta a todos, aunque por supuesto considero que no habrá ningún regreso a ninguna normalidad posible. Esto marca una inflexión que ojalá pueda ser capitalizada para construir nuevos modos de relación, nuevas amorosidades, nuevas subjetividades globales».

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