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¿A qué le temen quienes llaman a tenerle miedo a Alberto Fernández?

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos El triunfo del Frente de Todos en las PASO agitó, una vez más, el fantasma del temor. Pero, ¿a qué le temen quienes llaman a tenerle miedo a Alberto Fernández?

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

Por Sergio Levato (slevato@gmail.com)

¿Miedo? El proyecto liberal argentino funcionó hasta el crack del ’29. Simplificando, dos condiciones hicieron posible aquel proyecto: el precio internacional de los commodities y un mercado laboral local cercano al esclavismo, pero más barato (al esclavo hay que curarlo y darle de comer). Sin derechos laborales, con escaso o nulo acceso a salud, educación, vivienda digna, promoción social. Una clase alta con pretensión de patricia, una clase media incipiente a partir del irigoyenismo, y grandes -enormes- sectores postergados.

Irrumpe el peronismo. Incluye. Miles de escuelas, universidad gratuita, vivienda social, trabajo pleno, sindicatos y paritiarias, derechos para los trabajadores: promoción social. Se sientan las bases para el desarrollo posterior, que comienza su fin recién 20 años después del golpe del ’55 de la mano de Celestino Rodrigo, ministro de Economía de la República Argentina entre 2 de junio y el 17 de julio de 1975, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón.

La Argentina de esos años que van del primer peronismo hasta la megadevaluación y el ajuste salvaje del Rodrigazo, se distingue de toda latinoamérica por su gran clase media, su ilustrada clase media. Su educación normal y técnica, sus universidades públicas y gratuitas, su mano de obra altamente calificada. También por un desarrollo industrial significativo en el contexto latinoamericano. Pioneros en energía nuclear, con desarrollo en automotores, aviación, petroquímica, acero, y la lista sigue. Y se traduce: trabajo. De calidad. Para todos.

José Alfredo Martínez de Hoz llega al ministerio de Economía de la mano de Jorge Rafael Videla, presuidente de facto, en marzo de 1976 con una misión: desperonizar. ¿Dónde están los peronistas? Trabajando en las fábricas, afiliados a sindicatos, muchos de ellos combativos. ¿Y si destruimos la industria, se les caen los afiliados y así pierden fuerza? Y de paso los domesticamos también con esta herramienta (como si no hubiesen alcanzado la represión, la tortura y los asesinatos). Fracasa. Como todos los proyectos liberales desde 1955, fracasa.

¿Y ahora qué pasa?

Pasaron años y un sinfín de vaivenes. Aquí y en el mundo. Y llegamos hasta hoy. Con un gobierno de salida cuyos objetivos declamados eran devolvernos al mundo y a la senda del progreso. Y su objetivo mal ocultado era, otra vez, desperonizar. Ahora, con Mauricio Macri en el poder, fracasaron. Otra vez fracasaron.

Sin embargo, en ese largo derrotero del fracaso, se llevaron puesto todo: desde el calendario de vacunación hasta la educación pública; desde el trabajo calificado hasta las changas; desde las pymes hasta los pequeños comerciantes; desde la ciencia y el desarrollo propios hasta el mismo CONICET. Un país hipotecado (se gastaron todo el dinero -y era mucho- en la bicicleta financiera. Un amigo mío me suele decir “en putas y alcohol” cuando el gobierno recurre a la timba como gasto corriente.

Entonces, ¿a qué le temen tantos cuando llaman a temerle a Alberto Fernández?

La suma de todos los miedos

Al éxito. La suma de todos los miedos es el éxito. Alberto Fernández tiene algunas cualidades que hace años no vemos en un dirigente: formación; experiencia; años de militancia; coherencia discursiva; capacidad de sumar, integrar y dirigir. Y también, carece de algunas cosas: cuentas en Panamá, sociedades off shore, historia de negociados con familia y amigos, causas judiciales.

No es Cristina Fernández de Kirchner, pero la contiene. No es el sindicalismo, pero lo contiene. No es el establishment, pero puede dialogar con ellos y encontrar consensos y objetivos comunes. Un peronismo con rostro humano. Peronismo, en la mejor de sus acepciones.

La comunidad organizada. No hay concepto más peronista (y más lejano al madurismo triste que impera estos días en Venezuela). Con oportunidades para todos. Cuando hay, para todos. Cuando no, hay que poner el hombro entre todos.

¿Entonces, cuál es el temor, el pánico por un gobierno como el que puede resultar electo el 27 de octubre de 2019 si fuera en la primera vuelta, o el 24 de noviembre si hubiera que recurrir a un balotaje? Su éxito.

Porque la grieta existe y es, en esta y en cualquier instancia, el mulato o el mestizo educado contra el mulato o el mestizo domesticado. Ese mulato o mestizo con la cabeza gacha, con pocos derechos, sin la contención que le pueda brindar un sindicato, viviendo casi como un extranjero en su propio país. Sin molestar con sus quejas y reivindicaciones, con sus dialectos, en coquetos micros de Nordelta. O peor: mañana, con su presencia en directorios de empresas, en altos cargos públicos, en estratos dirigentes en las fuerzas armadas, la Iglesia, la UIA, AEA o la Cámara de la Construcción (¿o nunca notaron que no hay gente mulata ni mestiza en esos puestos, en un país con más de la mitad de la población mulata/mestiza?).

Cada elección es un salto al vacío. Sabemos, además, que vienen tiempos difíciles. Queda intacta la esperanza. Y el futuro se construye, eslóganes aparte, con todos.

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