El héroe de Malvinas que volvió a vivir

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos Las 48 horas en que un héroe de Malvinas volvió a vivir. Emociones encontradas, la conexión Giubileo y un desenlace insospechado.

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Por Gabriel Túnez (lahorasinsombra@gmail.com)

Durante dos días de agosto de 1996 Oscar Montegrosso volvió a vivir. Su padre almorzó con él, su madre lo acarició y su hermano lloró de emoción en Laguna Paiva, en la casa familiar de la que Oscar había salido, a los 19 años, rumbo a la guerra de Malvinas. En todo ese tiempo los Montegrosso habían mantenido la esperanza de un día hallarlo con vida. Revivir al hijo, al héroe, en 48 horas.

Tenían hace momento una constancia judicial que decía que su hijo había sido uno de los 323 fallecidos en el hundimiento del crucero General Belgrano, torpedeado por el submarino nuclear Conqueror británico el 2 de mayo de 1982 fuera del área de exclusión fijada para combatir en el Atlántico sur. Es esa foto que vio el país: el buque ladeándose hacia un lado mientras las balsas inflables de color naranja procuran alejarse entre las olas altas y heladas del mar.

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Conexión con el ‘Caso Giubileo’

El 13 de agosto de 1996, una noticia superó las paredes de la casa de los Montegrosso, los límites de Laguna Paiva y la propia provincia de Santa Fe: un hombre de unos 34 años, la edad de Oscar, había sido encontrado en la Colonia Montes de Oca, el instituto médico para la atención integral de personas con discapacidad intelectual y otras problemáticas en salud mental ubicado en Torres, muy cerca de Luján, en Buenos Aires. Allí lo vio Mirta Isabel, prima hermana, que lo reconoció mientras hacía una práctica como enfermera. «Su mamá y su abuela estaban seguras de que estaba vivo y nunca pararon de buscarlo», contó Mirta.

Hasta ese momento la historia de la Colonia Montes de Oca estaba atada, en el imaginario de los argentinos, a una tragedia. En la medianoche del domingo 16 de junio de 1985 Cecilia Enriqueta Giubileo, una médica psiquiatra, de 39 años, que trabajaba allí, desapareció después de haber dialogado con un colega y un paciente. En la habitación que tenía en el hospital estaban su cartera y sus zapatos; en el estacionamiento, su Renault 6.

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La investigación del llamado “Caso Giubileo” fue seguida casi en directo en la televisión y ocupó durante semanas las tapas de los diarios matutinos y vespertinos. Las cámaras ingresaron al predio, filmaron a cada paciente, persiguieron los rastros de los perros adiestrados en la búsqueda, se internaron en túneles secretos hasta ese momento y en pabellones clausurados por sus paredes y techos resquebrajados. Una escena de Stephen King en un otoño frío, gris y truculento.

Sin datos claros del paradero de la médica, trascendió a la prensa una presunta trama de tráfico de órganos de los pacientes, que también eran sometidos a experimentos de nuevas drogas. Además, miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que nadie registrara su alta o defunción. El Caso Giubileo, escribió años después en La Nación el escritor Álvaro Abós, “encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar”. Giubileo sigue desaparecida.

La historia

El recuerdo de aquel caso todavía estaba fresco en la Argentina cuando los Montegrosso aseguraron que ese hombre de 34 años internado en la Colonia Montes de Oca era su hijo, un ex combatiente de Malvinas. «Comí con él, nos miramos y me di cuenta de que era Oscar por una cicatriz que se hizo, cuando tenía nueve años, en el dedo… y por la sonrisa». Era imposible dudar de ese padre, también llamado Oscar, emocionado después del encuentro. Era difícil para el periodismo sostener la cautela en un título.

Apenas el director de la Montes de Oca, Alberto Desouches, intentaba una explicación mesurada: «para nosotros sigue siendo un NN”. Aquel paciente llevaba más de dos años alojado en la Colonia, pero nadie sabía cómo había llegado ni tampoco su nombre, aunque algunos le decían “Marcelo”. El paciente sufría un cuadro de retraso mental profundo, no hablaba y apenas emitía sonidos guturales, una combinación que los médicos adjudicaban “a problemas congénitos o a un trauma adquirido durante la vida por un shock emocional o inhalación de tóxicos». Esto último podía ser, entonces, una secuela de haber sobrevivido al hundimiento del crucero General Belgrano. Todo parecía cerrar. Argentina, y el mundo, tenían una gran historia delante de los ojos.

La dimensión del caso derivó en la intervención de la Justicia. El juez Guillermo Luis Esteguy, del Juzgado en lo Civil y Comercial 14 de San Isidro, le pidió a la policía que tomara las huellas dactilares del paciente para identificarlo. Mientras tanto, llegaban hasta el neuropsiquiátrico otros familiares de combatientes de Malvinas buscando el milagro de los Montegrosso. Llevaban fotos viejas e ilusiones.

A la espera del cotejo de las huellas dactilares con los datos en el Registro Nacional de las Personas, Esteguy consideraba ante la prensa que era “muy probable” que el paciente de la Colonia Montes de Oca fuera Montegrosso. “No es común que otras personas que no sean sus familiares se preocupen por la salud de los insanos. Muchas veces nos vemos con el inconveniente de que los propios familiares no quieren aparecer ante un caso de insania», indicaba.

En la Armada, sin embargo, la opinión era diferente. El capitán de navío (R) Pedro Luis Galazi, segundo comandante del crucero General Belgrano, declaró en aquellos días: “vamos a suponer que hubo una falla en cada verificación que se le hizo a la gente rescatada. Pero cuando se elaboró la lista de desaparecidos, alguno de los 306 conscriptos que sobrevivieron (al hundimiento) pudo haber dicho que lo vio con vida. Incluso hoy, estoy esperando que alguno de los que fueron sus compañeros diga que lo vio vivo; entre los conscriptos se conocían todos. A mi entender es imposible que haya ocurrido algo así. A este conscripto nadie lo vio en las balsas, ni en los buques de rescate, ni en Ushuaia (el primer puerto en arribar), ni en Puerto Belgrano». «El destino», agregó.

Según Galazi, a medida que los marinos eran rescatados “se iba verificando el grado, el nombre y el apellido: esos datos se transmitían inmediatamente. También fueron subidos heridos y muertos que estaban en las balsas, pero que nunca se abandonaron (…) Permanecimos más de 30 horas en las balsas y ese contacto tan especial posibilitó que luego cada uno pudiera decir con certeza con quién había estado», culminó.

https://www.youtube.com/watch?v=RjueI8Ju7HU

Para la Armada, la única posibilidad de que aquel hombre fuera Montegrosso era que hubiera sobrevivido en el agua helada del Atlántico, llegado nadando al continente y pasar desapercibido durante 12 años. El tiempo que pasó desde la Guerra hasta que el paciente fue ingresado al hospital después de haber sido encontrado por la policía caminando en un barrio de San Isidro.

Montegrosso, además, había sido declarado muerto en combate por la Armada. Su apellido figuraba en el cenotafio situado en la Plaza San Martín, en el barrio porteño de Retiro, junto a los nombres de todos los caídos en la guerra de Malvinas.

Pese a la opinión de la fuerza militar, el caso parecía cerrarse en un conmovedor encuentro de una familia con su hijo, sobreviviente del hundimiento del crucero General Belgrano, catorce años después.

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Dos familias, una disputa

Pero mientras se demoraba la identificación de Oscar Montegrosso apareció otra familia, de apellido, Fuhrken, que se atribuyó un vínculo sanguíneo con el paciente. Algunos miembros de la familia se presentaron en la comisaría de Luján para decir que ese hombre no había evitado la muerte en un crucero militar hundido en alta mar sino que se llamaba Osvaldo Roberto. «Presentaron el documento de identidad del internado, y además diferentes constancias identificatorias, como fotos, rasgos y fichas técnicas», informó la Policía.

Inclusive, Carlos Fuhrken, que decía ser hermano del hombre internado, expresó: «hace varios años que estamos en la búsqueda de mi hermano, pero por diferentes motivos nunca pudimos encontrarlo. Esta vez estamos seguros de que se trata de Osvaldo». Los Fuhrken, oriundos de Ezeiza, también llevaban años buscando a a Osvaldo. “Cada vez que aparecía un cadáver nos informaban que era mi hermano, pero cuando lo íbamos a identificar comprobábamos que no era”, resumió Carlos.

Entonces los guionistas de cine pararon por un momento de escribir aquella historia, dejaron de imaginarse el éxito seguro de aquel film y subieron el volumen a la televisión, acaso incrédulos ante lo que veían y escuchaban. Así, es de imaginar, estuvieron hasta que el juez Esteguy recibió el informe del cotejo de las huellas dactilares de Montegrosso con las tomadas a ese hombre. El 15 de agosto de 1996, Esteguy dictaminó que el paciente NN alojado en la Colonia Montes de Oca no tenía 34 años sino 31, y que no se llamaba Oscar Montegrosso sino Osvaldo Roberto Fuhrken, que había desaparecido de su casa en febrero de 1994 y nunca había estado en una guerra. «No es el soldado Oscar Montegrosso el joven identificado», completó.

«Es mi hermano, no hay dudas, además está confirmado por la policía. Le hablé como siempre lo hacía, le mostré fotos de papá y mamá y él me escuchaba», dijo emocionada Clara Fuhkren, la hermana del paciente.

La noticia terminó con las esperanzas de los Montegrosso, una familia que durante dos días creyó haber recuperado a su hijo perdido 14 años durante la guerra de Malvinas, y de buena parte de los argentinos, que vieron esfumarse la posibilidad de ser testigos de un reencuentro anhelado.

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